Blockbuster

Por Rubén Sánchez Trigos.

 

En España, la cadena de videoclubs Blockbuster, la más grande del mundo, desapareció hace años. En EEUU ya ha pedido la protección por bancarrota a su gobierno. Más allá de que la descarga de películas por Internet –legal o no, para el caso es lo mismo- haya relegado el clásico concepto de videoclub a la categoría de prehistórico, esta debacle se antoja de lo de más significativa. En la jerga de los grandes estudios, blockbuster es todo aquel producto audiovisual al que se le presupone un éxito económico de antemano, no tanto por su calidad –signifique lo que signifique el término- sino por la forma en que ha sido concebido: a golpe de ingredientes de eficacia probada. Blockbuster es al cine lo que el Best-seller a la literatura, eso está claro. Un género en sí mismo, aunque en la práctica recurra a los géneros canónicos para venderse. El Blockbuster no es, como tal, ni una buena ni una mala película, pero para ganarse el título debe ser indefectiblemente un buen negocio.

 

Lo digo ya: me confieso defensor del Blockbuster, del mismo modo que lo soy de determinados Best-sellers. No solo me ha proporcionado algunos de los mejores momentos de mi vida como espectador –es decir, de mi vida-, sino que, como buen producto capitalista, lo han sabido rodear de toda una serie de añadidos que preceden al fin de semana del estreno y que dotan a éste de una aureola mítica, como de rito de paso. No me refiero al nada sutil arte del merchandising, sino al hecho mismo de la espera, a la expectación propiciada por la (buena) campaña de marketing, por la dosificación inteligente del argumento o las imágenes más impactantes en los medios de comunicación. Hay algo romántico (o incluso sexual) en la forma en que se aproxima el estreno de un Blockbuster, algo así como las horas que el amante pasa esperando la que presupone será la cita definitiva con la chica. Uno espera que al final de todo, cuando las luces de la sala se apaguen, se le recompense con dos horas orgiásticas de espectáculo, suspense, aventura y al menos un par de personajes inolvidables que añadir al imaginario cinéfilo. Esto es lo que, a grandes rasgos, nos han dado los Star Wars, los Indiana Jones o, más recientemente, los señores de los anillos. Cena y un buen revolcón.

 

Hacer la lista de los Blockbusters del verano es todo un ritual, pero este año la lívido se me ha venido abajo con la misma rapidez con que un guionista finiquita el libreto de cualquiera de ellos: Transformers 3. El lado oscuro de la luna, Súper 8, Linterna verde, Harry Potter y las reliquias de la muerte, parte 2, Conan 3D, Capitán América, El origen del planeta de los simios, y alguna más que me dejaré. Lo siento por los fans del mago de Hogwarts, pero la saga de Harry Potter la abandoné en cuanto decidieron confiar sus últimas partes al mismo director, un realizador impersonal, sin nervio, el más mediocre de cuantos han pasado por la franquicia –imposible superar al Cuarón de la tercera entrega-. Con este panorama, no es casualidad que el título más interesante a priori, sea, precisamente, Súper 8, experimento nostálgico que recupera los modos y maneras del cine comercial adolescente –o sea, del cine comercial- de la década de los ochenta.

 

¿Ha muerto el Blockbuster, del mismo modo que lo ha hecho la cadena de videoclubs con su nombre en casi todo el planeta? No lo sé, y no seré yo quien defienda eso tan arcaico de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Lo que sí parece evidente es que la calidad del invento ha descendido alarmantemente en la última década. Compárese este 2011 con 1984, con probabilidad el año dorado de este (sub)género. Entonces se estrenaron Los cazafantasmas, Gremlins, Indiana Jones y el templo maldito, Súperdetective en Hollywood, La historia interminable, Loca academia de policía, Karate Kid. Algunas de ellas han envejecido con verdadera alevosía –prueben a revisar ahora la adaptación del libro de Ende-, pero todas, en el momento de su estreno, supieron ofrecer a la platea un momento irrepetible de dionisíaco disfrute.

 

No parece lícito pedirle a un Blockbuster una trama excesivamente elaborada, ni unos personajes complejamente trazados, pero sí algo de épica en sus imágenes, un ritmo sólido, personajes carismáticos, fotogramas de indeleble fuerza visual. No parece mucho. El cine lleva dándonoslo desde que se inventó el término en los años setenta, entre Tiburón y La guerra de las galaxias. Un Blockbuster debería ser cualquier cosa menos ruido, confusión. Cualquier cosa menos tiempos muertos. Cualquier cosa menos tedio. Pagar por un Blockbuster y aburrirse soberanamente debería ser como subir a la montaña rusa y acabar con el estómago entero. Debería acarrear la devolución del dinero de la entrada. Y eso es justo lo que lleva ocurriéndome los últimos años, con contadas excepciones. Uno ya no percibe detrás de las cámaras el mismo amor por el pulp, los cómics de terror o los seriales de aventuras que destilaban Spielberg, Joe Dante o el Chris Columbus guionista. Cierto que aquellas películas se hacían con la calculadora, del mismo modo que se facturan las de hoy, pero al menos había convicción, pasión y verdaderas ganas de pasarlo bien por parte de quienes las escribían y las dirigían. Hoy los efectos visuales –que por repetitivos pierden su poder de asombro- han devorado el resto del pastel. De Indiana Jones nos gustaba la persecución por las minas, pero nos gustaba, sobre todo, porque la protagonizaba un tipo carismático que además se enfrentaba a villanos carismáticos llenos de fuerza. Nos conformábamos con eso.

 

Me gusta ir a los Renoir y sentarme en la última fila, y me gusta revisar en DVD una película de Cronenberg o de Win Wenders, pero también me gusta ir a la sala 25 de Kinépolis con un bol de palomitas y que me lo hagan pasar en grande. No me importa que me den roboces de diez metros de altura, pero sí les pido, al menos, que a los roboces les ocurran peripecias emocionantes. Menos píxel y más épica.

 

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