Entrevista a Roger Wolfe

 

Por Juan Carlos Vicente. Fotografías de Luna Miguel y Vicente LLorente.

 

Cuando leí Arde Babilonia (colección Visor de poesía, 1994) lo primero que hice fue mirar la nacionalidad de Roger Wolfe. Me sorprendió que no fuese americano, es más, casi podría decirse que era nativo dada la cantidad de años que llevaba viviendo en España. Lo segundo que miré fue si estaba vivo (acostumbrado a que los autores que me entusiasman estén ya fallecidos), y comprobé que no sólo lo estaba, sino que además era un escritor bastante activo y que no se limitaba a la disciplina de la poesía, también escribía novelas (El índice de Dios), relatos (Mi corazón es una casa helada en el fondo del infierno), ensayo-ficción (Oigo girar los motores de la muerte), e incluso diario (Que te follen Nostradamus).

En sus textos se puede apreciar un notable conocimiento de la literatura en general, y aunque estéticamente pudiera tener bastantes similitudes con los autores englobados en el realismo sucio norteamericano, lo cierto es que es capaz de evocar figuras tan dispares como Cioran, sobre todo cuando lanza aforismos o sentencias lapidarias, o Baudelaire, en poemas como «A propósito del mar». Tampoco le cuesta aceptar influencias tanto de Bukowski como de Baroja, escritores a los que no nos resulta extraño imaginar entre sus lecturas de cabecera, y que junto con otros muchos están presentes en sus reflexiones sobre lo difícil que es el funcionamiento del mundo y sus mecanismos.

Todo ello va pasando por el filtro de la literatura, por la que Wolfe demuestra verdadera pasión, entendiendo que es, en cierto modo, algo parecido a la salvación, y a la vez una condena que nos atrapa, que nos obliga a tener una deuda con la página en blanco como último eslabón con la cordura frente a la guerra diaria que nos asola.

 

En definitiva un escritor total, un autor imprescindible.

 

La vida es un mero parpadeo.
Abre los ojos
y ciérralos.

Roger Wolfe

 

– ¿A qué edad comenzaste a escribir y por qué?

Recuerdo empezar un día a traducir mentalmente al español alguna canción de los Beatles, cuando tenía doce o trece años. Cuando quise darme cuenta estaba haciéndolo en un papel, y de ahí pasé a añadir elementos de mi propia cosecha. Luego empecé a escribir otras cosas, en inglés primero, y más tarde en español. Eran garabatos que anotaba en tiempos muertos durante períodos de estudio en el colegio, pero en seguida me di cuenta de que aquello era lo que quería hacer, y diría más: creo que me di cuenta de que ése era mi cometido en la vida, si es que alguno tenía. Escribir me sacaba fuera de la realidad y me sintonizaba con otra realidad personal e interior mía que siempre había vivido como algo especial. La escritura conecta al artista con su propia condición especial. Me sabía distinto desde muy niño. Cuando llegó la escritura fue como si constatara que eso es lo que había estado esperando. La escritura, la creación, eran mi verdadero yo. A partir de ese momento las cosas fluyeron con una inercia natural que parecía confirmar un hecho determinado mucho antes, por misteriosas fuerzas casi ajenas a mí.

 

– Desde Diecisiete poemas hasta Afuera canta un mirlo ha llovido mucho. ¿Qué diferencias hay entre el joven poeta y el escritor de la actualidad? ¿Podría decirse que ahora consigues decir exactamente lo que quieres decir, o por el contrario, aún estás buscando la obra perfecta?

Lo cierto es que entre esos dos libros ha llovido mucho, pero curiosamente Afuera canta un mirlo representa en ciertos sentidos una vuelta a mis inicios, e incluye poemas que se aproximan bastante en visión y en tono a las mejores piezas de Diecisiete poemas, sólo que con treinta años de por medio, y todo el bagaje de matiz y profundidad que eso lleva consigo en términos de madurez discursiva.
Yo en realidad sigo siendo ese «joven poeta», porque cuando empecé a escribir, mi visión de mundo ya estaba bastante hecha. Lo que se ha añadido, básicamente, han sido muchísimas lecturas, gran parte de ellas fundamentales en mi proceso de desarrollo, que han ido sumándose a la «solera» inicial. La lectura es sin duda el combustible de la escritura, y el alimento esencial de un escritor. Aunque lo que ocurre es que vas confirmando, más que descubrir; los mayores deslumbramientos en el contacto con la obra de otros autores son los que refulgen con el fuego de lo que yo llamo «confluencia»: darte cuenta de que otros han llegado a similares conclusiones que las tuyas por otros caminos que al final desembocan siempre en el mismo. Las grandes verdades ya están enunciadas; se trata de repetirlas desde los ángulos perpetuamente cambiantes de un mundo y una realidad que no dejan de girar. Nada termina nunca, y nunca se acaba de decir la última palabra, a pesar de que en realidad todas o casi todas las palabras hayan sido dichas.
En cuanto a la obra perfecta…, a los dioses, como dijo alguien, no se les debe insultar con la perfección. El mundo es maravillosamente imperfecto, y el mejor arte también lo es (en ese sentido yo siempre me acuerdo, con una sonrisa, de los cuernos del Moisés, de Miguel Ángel, o de todas esas bellísimas estatuas de la antigüedad clásica que el tiempo se encargó luego de poner en su justo sitio rompiéndoles un brazo o una pierna).

 

– Eres un autor que ha publicado novela, relato, ensayo, diario y poesía; de hecho tu página web lleva el nombre o título de Escritura total. ¿Que género te resulta más complicado a la hora de dar el paso a la hoja en blanco?

Todo es fundamentalmente lo mismo. Lo que varía es la óptica, y el abordaje. El sostén principal de todo discurso escrito, para mí, es el ritmo; en ese sentido, escribo con el oído. Ser escritor es vivir con la vista puesta en las cosas y sus detalles, pero también con el oído siempre atento. Los escritores somos una especie de mirones y de “eavesdroppers” (en inglés, los que escuchan conversaciones ajenas) de altos vuelos. Vivir en literario es vivir la vida del espía. Yo incluso he llegado a decir que la literatura es una forma de glorificada crónica de cotilleos; claro que estamos hablando de cuestiones que literalmente tienen que ver con la vida y con la muerte.
Las diferencias entre géneros a la hora de sentarse a escribir son más bien técnicas. La narrativa pura y dura, por ejemplo, es un verdadero trabajo, que exige dedicación y sobre todo la posibilidad de poder concentrarse y meterse en harina durante períodos relativamente largos de tiempo, sin demasiadas distracciones. De ahí que cuando no puedas permitirte el lujo de trabajar en ella a jornada completa, pero sin embargo tengas dentro una serie de historias exigiendo ser escritas, corras el riesgo de acabar medio desquiciado, y termines un poco como Jack Nicholson en El resplandor: echando espumarajos por la boca y amenazando con matar a quien se te ponga por delante. Ese tipo de sufrimiento, que ha sido a menudo caricaturizado, es muy real, y uno de los mayores obstáculos que puede tener que verse obligado a superar el escritor. El profesional lo vive de otro modo, pero no es ajeno al problema, puesto que cuando tu arte es lo que también te da de comer se crea una esquizofrenia, y un perpetuo tira y afloja entre lo que se supone que se espera de ti y lo que tú realmente quieres hacer, que no siempre coincide.
De todos modos, no se me ocurre tarea más gozosa que la escritura; quizá sólo la supere la lectura (y el arte exquisito de beber tazas de té, fumar y mirar por la ventana…, ja ja ja).
El poema y el fragmento son diferentes, en cuanto que no exigen tiempos de atención tan continuada, ni tanto trabajo de una sentada. Puedes ir anotando imágenes, ideas, retazos o vislumbres entrevistos, en un papel (que hasta puede ser la casi proverbial servilleta en un bar o en una cafetería), y luego ir desarrollando poco a poco, en unas cuantas sesiones, el texto en cuestión. A veces, sobre todo cuando se trata de un poema más o menos breve, lo echas fuera de golpe y porrazo, y queda escrito en cuestión de minutos; después puedes ir volviendo sobre él más pausadamente, en ratos sueltos. En ocasiones incluso no hace falta ni eso; hay epifanías que descienden sobre ti casi por arte de magia, y quedan fijadas en la pantalla o el papel como una especie de milagro que ni tú mismo sabes muy bien cómo se ha producido.
El ensayo largo puede ser también complicado; tanto como la narrativa o incluso más, porque exige dedicación y continuidad, y una gran claridad mental, que la vida que llevamos hoy en día, con sus delirantes estados de dispersión y su cada vez mayor velocidad, hace muy difícil conseguir. No obstante, esa misma velocidad, ese delirio en que vivimos inmersos, puede ser también un acicate, que afile la percepción y actúe a modo de espuela creativa, y a mí personalmente me ha interesado mucho ese aspecto de la realidad actual. Me encanta subirme a veces en esa ola de vertiginosa velocidad casi mortal y ver dónde me lleva, aunque luego practique muy a menudo la contemplación, y sea también un hombre de tiempos muertos (que son muy productivos, e indispensables para el proceso creador).
La creación de ese género mestizo que yo mismo inventé (aunque como muchos inventos no fuera nada tan estrictamente nuevo), dándole el nombre de «ensayo-ficción» más que nada por eufónica simpatía con el término «ciencia-ficción», lo que precisamente intenta hacer es aunar todo ese caos de retazos y fragmentos mentales y vitales encontrados, y pergeñar un potente, sabroso y nutritivo caldo mixto, rabiosamente moderno en el sentido rimbaldiano de la palabra, que lo funde todo: prosa, poesía, apunte, confesión, aforismo, entrada de diario o de cuaderno de bitácora, microrrelato, autoentrevista, grito, susurro, jadeo, exabrupto, brillante comentario pillado al vuelo o sereno y reflexivo momento de contemplación. En cierto modo es el «arte total» de Wagner, pero en la página; es la escritura total.

 

– Hoy en día, gracias a las nuevas tecnologías, la difusión de la obra de un autor puede realizarse casi de manera impune y sin el permiso de éste; de hecho tú mismo te encontraste hace poco en la tesitura de que varios de tus poemas habían aparecido publicados sin tu consentimiento. ¿Crees que tal vez la literatura como producto de consumo se está enfrentando a un proceso de devaluación?

El problema que tuve no fue que varios de mis poemas se hubieran publicado sin mi permiso, sino que se estaban publicando decenas de ellos; si no intentaba hacer algo al respecto, mi obra completa iba a aparecer volcada ilegalmente en internet, sin ningún tipo de control por mi parte. Una cosa es que se reproduzcan textos sueltos, y otra cosa es que alguien se ponga a publicar alegremente amplísimas porciones de la obra de un autor, que además de no haberlo autorizado puede no querer que determinados textos se vuelvan a reproducir, en ningún formato. Lo importante aquí es darse cuenta de que no se trata simplemente ni únicamente de un problema de volumen de textos reproducidos, sino de que el autor debe tener en todo momento autoridad moral sobre su obra, y poder permitir o no permitir la reproducción de los textos que considere oportuno. No es ni mucho menos una cuestión meramente económica, sino una cuestión moral. Lo que la gente a veces no entiende es que no se puede hacer y deshacer impunemente con lo que a uno no le pertenece; si creen que la propiedad es un robo, podrían dejarme a mí que les quitase la cartera, o que me pasara por su casa y me llevara en una furgoneta todos sus muebles, o me llevara su ordenador. El derecho moral de un artista sobre su obra es sagrado, y absolutamente incuestionable; no hay peros ni esques ni porqués que valgan. Es el mismo derecho que tiene uno sobre su propio cuerpo. No admite discusión.
En cuanto a la posible devaluación de la literatura y su transformación en commodity o producto de consumo masivo, eso en realidad ya empezó a ocurrir hace mucho tiempo. Pero el problema hoy se ha agudizado; es el mismo que afecta a muchos otros campos y esferas de la vida: el proceso de entropía, por un lado, y de sistematización (de macdonalización), por otro, se han acelerado hasta límites vertiginosos. Dicho de otro modo: estamos cavando cada vez más rápidamente nuestra propia tumba, o perfeccionando con cada vez más perversa sofisticación nuestro propio infierno. Pero en el fondo da igual. El arte de verdad es y ha sido siempre para minorías; yo en ese sentido soy declaradamente elitista. La experiencia íntima de la belleza y de lo sublime es algo que sólo nos pueden quitar si nosotros lo permitimos. Hoy más que nunca hay que basar la vida en una ética de lo que Aleixandre llamaba, en un contexto muy distinto y por motivos diferentes, el «exilio interior». Yo soy un exiliado interior, que interactúa con el mundo, pero haciéndole por dentro un enérgico corte de mangas, y quitándole en último término importancia a todo aquello que no sea mi íntima experiencia creativa y espiritual. Afortunadamente, no me faltan «compañeros de viaje» para este fascinante periplo de perpetua autorrevelación que es la vida. Mi último descubrimiento en ese sentido ha sido Nicolás Gómez Dávila.

 

– El mito del escritor que en vida no alcanza un éxito que le permita vivir de lo que crea es algo que posiblemente sea inevitable. ¿Podría achacarse parte de esa situación a la gestión editorial?

Por suerte o por desgracia no es un mito, ¡sino pura y dura realidad! Aquí podríamos volver a lo que decía en mi respuesta anterior. Hay determinado tipo de arte que es minoritario, y no puede llegar a las masas, aunque no estaría nada mal que lo hiciera; pero las cosas son como son, y lo que son. Es posible que la gestión editorial pueda tener en ciertos momentos su influencia, pero no es lo fundamental. Lo fundamental es que el gran arte se destila con cuentagotas. Y que es difícil llegar a públicos amplios cuando haces cierto tipo de literatura dolorosamente auténtica y verdadera (y al mismo tiempo tremendamente exigente consigo misma, y ambiciosa). Pero eso no debe importarnos. Hasta cierto punto es casi mejor: no vivir de la literatura —cosa que a pesar de todo a mí me encantaría, lo reconozco abiertamente— te da más autonomía. Y todo autor y toda obra acaban llegando a su público; todo libro tiene su destino y sus destinos. Ahí está el ejemplo de Cioran.

 

– No eres un autor que se prodigue demasiado en televisión; incluso tus colaboraciones en otras disciplinas (como en la música con Diego vasallo) son con autores en cierto grado minoritarios. ¿Crees que si te hubieras prodigado más en medios como la televisión, tu carrera literaria habría tenido una mayor proyección?

Sin duda. No se puede negar que cinco minutos en televisión pueden valer más que cinco años de duro trabajo en la sombra, y eso es aplicable no ya a la literatura, sino a todo. Pero la televisión también quema. La exposición excesiva siempre acaba quemando; pasa literalmente lo mismo que le ocurre a una fotografía sobreexpuesta. De vez en cuando se puede hacer alguna dosificada aparición, pero lo mejor es mantener la distancia.

 

– A un lector que se acerca por primera vez a tu obra, ¿qué le recomendarías como comienzo?

Puede empezar en realidad por donde quiera. Cada una de las partes de mi obra refleja el todo.

 

– ¿Hay algún autor al que creas que habría que revindicar hoy en día?

No. Las únicas reivindicaciones en las que creo son las íntimas, las privadas. «Reivindicar» debe de ser uno de los verbos más gastados por el uso, y en última instancia vacíos de contenido, de la lengua.

 

– ¿Qué proyectos tiene Roger Wolfe? ¿Alguno de próxima aparición?

Acabo de sacar un libro de ensayo-ficción titulado Siéntate y escribe que recoge textos y fragmentos redactados entre 2002 y 2008. Ha salido, como toda mi obra más reciente, en la editorial Huacanamo, de Barcelona.
También he terminado hace poco el primer volumen de una gran obra biográfica novelada (al menos pretende ser grande en extensión) que lleva el título general de «Las cosas que un hombre ha hecho». El primer tomo, «Estos días azules», narra mi infancia, entre los cuatro y los doce/catorce años, aproximadamente. Estoy muy contento con los resultados, que de momento dormirán hasta el año que viene. El libro se publicará probablemente en el transcurso de 2012.
Otro libro que saldrá a finales de este año es un poemario nuevo: «Gran esperanza un tiempo». Recoge unos cincuenta poemas nuevos escritos poco a poco durante los últimos tiempos.
Aparte de todo esto, está lo de siempre: la «escritura total». En el blog de mi página web, la bitácora del Hombre Solitario, publico todos los sábados sin falta jugosos textos nuevos, disponibles gratuitamente para todo aquel que quiera disfrutar de ellos.

 

A MODO DE APÉNDICE

El último libro de Roger Wolfe no es una novela, no es un diario, no es un libro corriente. Es un ensayo-ficción, término que el propio autor acuñó hace ya unos cuantos años. Siéntate y escribe recoge muchas y variadas reflexiones comprendidas entre el 2002-2008, tanto en párrafos cortos y aforismos como en textos de una y dos páginas. Aunque es un libro escrito con un dominio del lenguaje que ya muchos autores de renombre quisieran poseer, en el que la sencillez y la exactitud de las frases demuestra que, para pensar, analizar y escribir, no hace falta caer en la pedantería, no es un libro fácil; posiblemente más de un lector despistado, que busque una lectura con la que pasar el rato, se encuentre con más de lo que pueda tragar. Es imposible leer el libro sin tener en muchos momentos la sensación de que uno está encajando golpes, esquivando, fintando y protegiendo ciertas partes del cerebro que no usa habitualmente. Nada ni nadie escapa indemne de Siéntate y escribe: ni los sistemas políticos, ni los sociales, ni las minorías, ni el mundo literario, ni la mujer, ni por supuesto el propio autor, el cual hace un ejercicio de desnudez tan peligroso como interesante, que se presenta como un revulsivo a la época que vivimos, o mejor dicho, que nos vive.

 

– Roger Wolfe en estado puro, pensando lo que quiere y diciéndolo como quiere, sin tapujos y sin concesiones de ningún tipo. ¿Crees que el libro va a ser entendido como un ejercicio de pensamiento en múltiples direcciones, o por el contrario habrá cierto sector de la crítica que, una vez más, intente demonizarte por sus opiniones?

Realmente hace mucho tiempo que dejó de importarme eso, si es que alguna vez me importó. Una de las muchas cosas buenas que tiene ir haciéndose mayor es que te vas metiendo cada vez más en lo que importa, o al menos en lo que tú mismo consideras que importa, y que te importa. En definitiva, no está uno ya para andar perdiendo el tiempo con tonterías. Sospecho que no sólo será «cierto sector de la crítica» (¿existe todavía algo que se pueda llamar «crítica», como manda Dios?), sino también mucho lector u «hojeador» común, quienes no sé si me demonizarán, pero sí quizá echen pestes de mí. Me da absolutamente igual. Escribo para gente que ha comprendido. Gente inteligente, que lee, asiente (con reservas o sin ellas), disfruta, y luego sigue con sus asuntos; y la idea es que siga con sus asuntos con un poco más de luz interior, después de leer mis libros.

 

– El espíritu de Cioran respira en muchas de las páginas; la visión del mundo como máquina global que despersonaliza a través de los colectivos, la sensación de ser extranjero en cualquier parte, la muerte como fin del viaje, como descanso obligado y como resultado impuesto o broma final. ¿Resulta duro saber que no hay solución posible para el género humano? ¿No te gustaría a veces ser capaz de cerrar los ojos y olvidar?

Yo gozo inmensamente de la vida. Lo cierto es que no soy ni he sido nunca exactamente un depresivo. Soy vitalmente bipolar; tengo hundimientos, tremendísimos hundimientos, pero me recupero en seguida, una y otra vez, y me levanto de nuevo de la lona. ¡Soy un boxeador! La vida es tan bella que me duele, como decía Unamuno de España, cuando afirmaba que la amaba tanto que le dolía. Me duele el mundo, me duele el hombre, me duelen los animales, y me duelen hasta el cielo y las estrellas, y me duele por supuesto Dios; pero es porque estoy VIVO.
Sólo dos cosas me importan: la pasión y la belleza. Y una tercera: las obras bien hechas. No puedo hacer otra cosa que citarte aquí un pasaje clave de un ensayo-ficción mío del año 1997, titulado Hay una guerra, que resume en un solo párrafo ininterrumpido la esencia misma, pura y dura, de lo que soy:

Cada obra, cada página, cada párrafo, cada línea que he escrito, que escribo, que escribiré, es un jirón arrancado de la carne de mi vida, el reflejo de toda esta basura en movimiento, mi particular process of breaking down, es lo que soy, es lo que he sido, son las botas puestas, los cojones en la pista, saliva, enjuagaduras, blood, sweat and tears and the innermost dregs of my tortured heart, el canto y el silencio, el grito y el espasmo, la vida, Dios mío, la vida, hay que meterlo todo, lo bueno y lo malo, el llanto y el suplicio, la carcajada y la cagada y el vómito y el orgasmo, pajas mentales, masturbación emocional, la escoria y los detritos, los raros instantes de beatitud mental, la prisa y la pausa, grano y paja, la tinta fresca y los borrones, el asco, la desidia, el movimiento, sobre todo el movimiento, cómo atraparlo, cómo asirlo, todo este maldito flujo de mierda viva que se va, todo este sublime desaguisado, toda esta guerra, toda esta paz, toda esta jodida belleza, todo este odio, toda esta verborrea vacía en medio del mutismo intergaláctico, día y noche, sístole y diástole, inhalación, exhalación, el tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan, si cuando todo se haya dicho y se haya hecho y consumado ni la muerte que nos come el culo y los talones quedará en pie.

Dicho esto, añado a modo de comentario final que yo «cierro los ojos y olvido» continuamente; soy también un ser muy contemplativo. Una de mis pasatiempos favoritos es sentarme a mirar por la ventana (¡para eso sí abro los ojos, sin embargo!).

 

– Aunque hay una visión pesimista y realista generalizada, también hay bastante ironía, sobre todo en lo que a ciertos pasajes personales se refiere. ¿Para llegar al fondo, a la conclusión, hay que quitarse importancia a uno mismo para tomar distancia?

La ironía es otro concepto clave en la vida, sobre el que he escrito mucho. Hace algún tiempo el crítico norteamericano Matthew J. Marr me comparó con lo que en inglés llaman un stand-up comedian; es decir, un cómico de ésos que salen al escenario y monologan a palo seco frente al público, haciendo partirse de risa al personal, pero haciéndole al mismo tiempo pensar. Yo creo que los buenos cómicos son una de las expresiones más perfectas y profundas de la figura del artista, y podríamos decir que hasta del artista total. Que me comparen con un comediante no sólo no me molesta ni me causa vergüenza, sino que me llena de orgullo hasta desbordarme; es el piropo intelectual más absolutamente cierto, exacto y sabroso que me podría echar nadie. La vida, ya lo decía mi padre, es una comedia. O una tragicomedia. Mi padre no era el único que lo sabía, por supuesto. Hay que reírse para no llorar; y llorar, también, cuando el cuerpo nos lo pida.

 

– Hacia el final del libro, tus opiniones sobre el género femenino se recrudecen y, aunque en algunas se puede ver cierta provocación de fondo cuasi amable, en otras no hay dobles lecturas posibles. ¿Es una forma de equilibrar la balanza respecto a todo lo que también has dicho sobre el hombre en las últimas décadas?

A las mujeres las adoro por encima de todas (o casi todas) las cosas, y las entiendo mejor de lo que ellas se entienden a sí mismas. Lo que a las mujeres les falta son hombres de verdad, en el sentido más amplio, pleno y profundo de la palabra. Por eso están desesperadas; por eso dicen, medio en broma medio en serio, que «los hombres son como los pisos; todos los buenos están siempre cogidos». ¡Ja ja ja!
Puedo hablar, con gran conocimiento de causa, de las mujeres. Yo mismo, como todos nosotros, tengo una parte de mujer; todos somos masculinos y femeninos a la vez. Las mejores mujeres que conozco se caracterizan por tener sumamente desarrollado su lado masculino. ¡Sin dejar de ser por ello auténticas bellezas, exteriores e interiores!
Amo a las mujeres hasta la muerte. El resto…; el resto es política y tonterías, en las que obviamente no me voy a meter, porque me daría para escribir un libro de unas quinientas páginas, y no es éste el momento ni el lugar.

 

– Finalmente, ¿podríamos concluir con que escribir nos salva de nosotros mismos y a la vez es una guerra interior que nunca acaba?

Sí.

 

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2 respuestas a Entrevista a Roger Wolfe

  1. ¿Cómo se pronuncia el nombre de Wolfe? como en español Ro-jer Wol-fe o como en inglés Roger Wolf

    מרוקאי תורן
    23 octubre 2011 at 8:45 am

  2. en el libro no dice que adora a las mujeres sino que las detesta. Sus comentarios en Siéntate y escribe no tienen ninguna gracia, pero ninguna. Son vejatorios, desalmados y crueles.

    esmeralda
    26 enero 2012 at 19:07 pm

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