Nietzsche no entiende de crisis

 

Por Carlos Javier González Serrano.

 

La vida no puede no interpretar. «No hay hechos, sino interpretaciones». La interpretación posee en Nietzsche un carácter ontológico básico, orgánico. En el fragmento 14 [152] de sus Fragmentos póstumos (podéis encontrarlos en Tecnos: Madrid, 2007, traduc. de J.L. Vermal y J.B. Llinares), escribe el alemán:«la voluntad de poder como conocimiento […], no “conocer”, sino esquematizar, imponer al caos regularidad y formas suficientes de manera que satisfaga nuestra necesidad práctica». ¿Es Nietzsche acaso un hermeneuta? ¿Por qué se dice en diversos contextos que fue él quien instauró las bases de la hermenéutica? Si ponemos el pie en Gadamer y Heidegger, observamos cómo parten siempre de una estructura de precomprensión, de un “estar previo” en el mundo, lo que supone ya una trama de significatividad que se sitúa como condición de posibilidad de la interpretación.

 

En Nietzsche, la voluntad de poder introduce sentido de manera radical: lo orgánico es ya interpretativo e interpretación. Si queremos, por así decir, “nietzscheanizar” la hermenéutica de Heidegger y Gadamer, afirmaremos que aquella estructura de precomprensión es puesta ya por la voluntad de poder, pero a mi juicio, tal visión no es la más correcta: la interpretación orgánica de Nietzsche, así como la introducción de sentido por parte de la voluntad de poder, son momentos previos a la precomprensión de la que hablan Heidegger y Gadamer. Así, para no engañar a nadie, Nietzsche redacta en el fragmento 2 [151]: «No se debe preguntar: ¿entonces quién interpreta?”, sino que el interpretar mismo, en cuanto una forma de voluntad de poder, tiene existencia (pero no como un “ser”, sino como un proceso, un devenir) como un afecto».

 

En este sentido, podemos distinguir dos niveles en la “hermenéutica” nietzscheana: 1) una introducción de sentido absoluta –radical, decíamos-, en la que se introduce regularidad en el caos, y 2) una oposición de unos sentidos y otros, que no es ya un poner originario, sino hecho “a partir de”. Y este desenvolvimiento de la voluntad de poder en tanto que instancia interpretativa es la razón de que en Nietzsche no existe un sentido en sí: el sentido se da sólo en relación a la interpretación de quien lo pone. Un sentido en sí es un contrasentido. La vida no puede no interpretar, explicábamos al comenzar. El hombre ha de reconocer que todo cuanto realiza, cuanto hace, es ya una creación, es decir, interpretación y no una mera constatación. El ser ya no es el paradigma de lo fijo, de lo permanente, porque… la vida no puede dejar de interpretar, y en este contexto, afirmamos que no hay supremacía de unas interpretaciones sobre otras, sino un constante conflicto. El problema capital al que se enfrenta Nietzsche en esos textos es que el mundo del ser ha devenido en lo válido, en –valga la redundancia- lo que es (en palabras del filósofo: «el auténtico primum mobile es la no creencia en lo que deviene, la desconfianza ante lo que deviene, el menosprecio de todo devenir…»). El mundo del ser, para Nietzsche, es el mundo del devenir, que ha acabado soterrado bajo el mundo que debería ser. Pues (fragmento 9 [60]) «el hombre busca “la verdad”: un mundo que no se contradiga, no engañe, no cambie, un mundo verdadero. […] No duda de que haya un mundo como debe ser; quisiera buscar el camino que conduce a él». El giro que propone Nietzsche consistirá en demoler la relación entre un “mundo aparente” y un “mundo verdadero”, reconduciéndola a estimaciones de valor, que expresan, según el autor, «condiciones de conservación y crecimiento» (fragmento 9 [38]). Una vida que no deja de interpretar… Y de luchar.

 

¿Qué defiende Nietzsche aquí? El carácter interpretativo de todo acontecer

 

En este sentido, la estética no es más que una fisiología aplicada: una exploración de los estados y motivos del ser humano. Su auténtico sentido se sitúa en una fisiología de la creatividad, cuya condición previa es la ebriedad, que ha de ser entendida como una plenitud e intensificación de las propias fuerzas: la indiferencia no crea, la apatía genera inactividad. El cuerpo es un cuerpo que se siente, que se vive: el arte es sentido desde una fisiología (para que haya arte o exista contemplación artística es indispensable esta embriaguez). Por otro lado, observamos en esta tensión de la ebriedad lo revelado en el conflicto de lo apolíneo y lo dionisíaco: una tensión, pues, entre la permanencia y la disolución. Digámoslo de una vez: ser artista sólo se consigue mediante un continuo estado de embriaguez, que constituye la tonalidad afectiva del propio arte, y tal experiencia habrá de ser vivida desde el cuerpo.

 

Así, para terminar, el sujeto-artista no sanciona la realidad, sino que la transfigura: crea vida. El arte y la vida, desde la voluntad de poder, quedan convertidos en las únicas fuentes de toda jerarquización de valores. El artista doblega el caos y hace aparecer una configuración nueva que devora al nihilismo. Así, desde la perspectiva de la voluntad de poder se dan dos nociones de arte (que en absoluto son contradictorias en el esquema nietzscheano, sino compatibles si son contempladas, como decimos, desde la perspectiva de la vida como manifestación de la voluntad de poder): 1) el arte como objeto de la fisiología, de un cuerpo viviente, y 2) como una fuente instauradora de valores.

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