Pasaporte al Olimpo

Por Rubén Sánchez Trigos.

 

Dice mi buen amigo Andrés Peláez, compañero de departamento en la universidad y compinche en el bello arte de la pinta de cerveza –no con la frecuencia que a mí me gustaría, es cierto-, que a las personas hay que valorarlas y recordarlas por lo mejor que hicieron… y a los artistas, desde luego, también. Todo esto viene a cuento de Coppola, que se prepara para estrenar entre nosotros su última película, distribuidores mediante: Twixt, en glorioso 3-D; su regreso, dicen, al cine de terror –me pregunto a qué cine de terror, al que rodaba con Roger Corman en los sesenta o a su versión de Drácula de 1992-. Todavía no ha visto nadie –o casi nadie- la tal Twixt y ya he leído por Internet comentarios tan elaborados como “Retírate carcamal”, “El viejo está acabado” o “Que algún juez le prohíba volver a hacer cine”. Supongo, quiero creer, que la reacción de estos cinéfilos viene motivada por la decepción que ha causado en ellos los últimos títulos del director de Llueve sobre mi corazón, sobre todo Tetro y Youth without Youth. Es decir, que disparan sus dardos no contra su obra en conjunto, sino contra lo que a todas luces supone el último tramo de esta.

 

En el fondo da lo mismo, porque la práctica de repudiar a un artista –ocurre con más frecuencia con músicos y directores de cine- por su avanzada edad y sus últimas creaciones se ha convertido en el sino de estos tiempos. No tengo nada en contra de los que creen que las últimas películas de Coppola, o de Woody Allen, o de Peter Weir son malas –probablemente estemos más de acuerdo de lo que ellos creen-, pero sí me sorprende la facilidad con que se les quiere quitar de en medio y, sobre todo, el poco respeto que parece infundir, a veces, una obra sólida y coherente, construida con el trabajo de años. Como si fuera verdad ese viejo dicho de Hollywood según el cual vales lo que vale tu última película. Entonces, ¿en qué quedamos? ¿Coppola vale lo que vale El Padrino, Apocalypse Now o Tetro? La sorpresa se convierte en estupefacción cuando descubro que detrás de estos comentarios se esconden muchos aspirantes a directores de cine, estudiantes incapaces, por ejemplo, de degustar la impecable planificación de la secuencia de apertura de El Padrino, o la tenebrosa fuerza con que Gene Hackman culmina La conversación.

 

Pero hay algo más. Más importante incluso, creo yo. La actitud. Siempre defenderé a los artistas que se juegan su credibilidad, su prestigio, que arriesgan todo cuanto han conseguido, aunque fallen, aunque caigan, frente a los que se acomodan en modas y formulas seguras o diluyen su personalidad en las apacibles aguas de la industria. Decía Quique González que lo que más le influyó de mi añorado Enrique Urquijo no fue exactamente su concepción musical, sino su actitud en el escenario. Era alguien, asegura, capaz de montarse un grupo alternativo, de plantarse ante, dos, tres, doscientas personas cada noche armado con sólo una guitarra y jugarse su nombre. Francis Ford Coppola se ha pasado la mitad de su vida luchando contra molinos de viento. Podía haberlo hecho fácil, haber agachado la cabeza, pero no quiso. Empezó sacando adelante producciones con cuatro dólares en la factoría Corman, rodó esa obra monumental que es El padrino bajo la amenaza constante de que Robert Evans iba a despedirlo, se dejó la salud, la piel y hasta los huesos por levantar Apocalypse Now –miren, miren el documental El corazón en las tinieblas, y díganme si eso no es colosal-, y se arruinó filmando una película –Corazonada– que sólo hoy sabemos valorar. Y nunca se arrugó. Vaya con el carcamal.

 

Yo me acojo a la máxima de mi amigo Andrés. Personalmente, siempre valoraré a Woody Allen por Manhattan, no por Vicky Cristina Barcelona, a John Carpenter por La cosa, no por Fantasmas de Marte, a Polanski por Chinatown, no por Oliver Twist, y a Coppola por La conversación, mi película favorita suya, no por Youth without Youth. Ellos ya se han ganado su pasaporte al Olimpo a fuerza de caminar durante años por la cuerda floja. Los demás, me temo, aún tenemos que trabajárnoslo.

 

Rubén Sánchez Trigos es profesor e investigador en la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Rey Juan Carlos. Especializado en cine y literatura fantástica, en 2009 apareció su primera novela, Los huéspedes (Finalista Premio Drakul), un thriller de terror en un ambiente urbano.

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