Un iluminado, 77 muertos: Cuando no es cine

Por Luis Muñoz Díez.
 

Anders Behring Breivik

Ningún creador hubiera blandido un argumento tan endeble para justificar tanta muerte como el que ha declarado Anders Behring Breivik a la policía. Vivía en una granja idílica y sus modales eran exquisitos: un ciudadano ejemplar. Las historias de ficción necesitan justificaciones que la vida misma no precisa.

 

Ha sido un desgarrón para los nórdicos, tan nada acostumbrado a estos reveses con que nos maltrata la vida. Mario Benedetti, proclamaba que “el sur también existe” y en ese sur caliente “existe” el narcotráfico, las mujeres muertas de ciudad Juárez, los niños soldados, la violencia en Guatemala, los pistoleros pagados que asesinan niños en Brasil… Hechos que se repiten volviéndose un macabro cotidiano que demuestra, con su convincente argumento, lo poco, o nada, que se valora la vida ajena.

 

En África, donde la gente muere no ya de hambre si no de sed, se viola, se veja y se pisotea a mujeres y se siguen alzando cabezas como trofeos de guerra. El yugo de las colonias ha dado una vuelta más de tuerca sobre la carne herida y desnutrida de los habitantes del continente negro, ahora en manos de dirigentes locales, meras tapaderas de intereses privados y extranjero. En La ONU o en  Bruselas la injusticia se muda en meros informes pulcramente encuadernados.

 
 

Dogville (2003) de Lars Von Trier

El cine, para armar una historia con cualquiera de estos argumentos, ha de poner el pié en tierra y buscar razones: luchas de narcotraficantes, nefastos dictadores que quieren oprimir al pueblo, una fe equivocada y fanática defendida por manos de mercenarios, encendidas historias de sexo o lucha por la tierra. Todo candente y caliente, pero la vida no parece necesitar apasionarse tanto para ensañarse y exterminar.

 

Es triste la historia de la explosión de Oslo y la cacería con oteo y disparo en Isla de Utoya donde Behring, él solito, sesgó sesenta y nueve vidas. Un ser con una pequeña cantidad de fertilizante, un puñado de aspirinas y su fanatismo de cocción lenta, sazonado con la información mamada en Internet, se ha llevado a un centenar de personas por delante. Con el paradójico fin de parar una “invasión musulmana” ha matado a niños y jóvenes, un sinsentido y la mejor forma de amputar el futuro.

 

En el cine, el guionista de semejante drama hubiera puesto basamentos al hecho: la conexión del asesino con células nazis o alguna experiencia traumática estimulada por  algún familiar relacionado con el fascismo, que hubiera marcado con fuerza su infancia y que el diván del psiquiatra no hubiera resuelto. Existirían unas secuencias en que el investigador interrogaría al terapeuta que ha tratado al psicópata y éste, con rapidez y precisión, aportaría razones al disparate. Otra secuencia sería la del pariente neonazi recibiendo escopeta en mano a la policía que lo quiere interrogar.

 

Paul Bettany en Dogville (2003)

Se podrá hacer una película ahora sobre este cruel sin sentido y con la incontestable credibilidad de los hechos consumados, pero dudo que ningún guionista hubiera podido convencer a un productor para rodar una historia tan siniestra, tan carente de sentimiento, tan gélida y macabra.

 

Y esa quizá es la diferencia entre la vida y el cine, en donde la mayor atrocidad necesita ser justifica con un por qué que tanto nos tranquiliza. Mientras la cotidianidad nos vapulea, nos hiere e incluso nos mata, sinrazones, ni focos, ni grandeza alguna, como todas esas muertes estremecedoras e inútiles, al margen de cualquier imagen de guerra oficial y legalizada con las que nos informa la televisión, con tanto detalle, a diario: ladrones que no se conforman con llevarse el botín si no que apalean ancianos, matones de discoteca que golpean con saña a personas que un minuto antes no conocían o muertes dantescas e inconcebibles cometidas dentro de la misma institución familiar.

 

Imagen de Dogville (2003)

El cine ordena, coloca a buenos de una parte, a los malos de otra, y en un ochenta por ciento al villano se le hace masticar polvo. Se restituye el orden, aunque en el aseo y limpieza haya de morir hasta el tato. Acabada la proyección, el rodillo de los títulos de crédito hace de coherente escoba, que va alejando y amortiguando toda la atrocidad expuesta.

 

La realidad está más deshilachada y con más aristas, los hechos se suceden sin previo anuncio, sin ninguna lógica ni posterior consuelo. Todo ocurre de un modo más contundente, silencioso y sencillo. Ni la injusticia es denunciada, ni la policía conduce de una forma temeraria para evitar un asesinato.

 

El minuto de silencio en la escalinata de la Universidad de Oslo, encabezada por la familia real noruega y el primer ministro Jens Stloltenberg, era un exponente de impotencia civilizada, sólo en eso se diferencia el norte del sur. En el sur la sangre se mezcla con el polvo, el sudor y el llanto, pero su espectáculo es igual de cruel y su resultado deja idéntico vacío y pérdida.

 

Lástima que al final del 22 de julio no figuraba en los títulos de crédito el nombre de un actor seguido de: Anders Behring Breivik. Ni el rodillo de los créditos alejó ni amortiguó la atrocidad cometida. Es una realidad y un vacío que miles de personas tendrán que soportar como real cada vez que despierten.

 

Anders Behring Breivik se interpretaba a si mismo y es una pena porque dado el caso hasta la ficción más estremecedora es hermosa, sólo por el hecho de ser ficción.

 

Anders Behring Breivik


 
 
 

“Me trastorna completamente pensar que Dogville (2003) –para mí mi mejor película– haya podido servirle de guión”

Lars Von Trier.
 

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