“La soledad del deseo”, de J. S. de Montfort

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Para Tony Ponsford,

que me habló una noche de la traición de los rayos

 

1.

La exuberancia de este verde inmenso es total.

A la izquierda y a la derecha, todo es vida provechosa, como si la tierra se hubiese afanado especialmente en demostrar su poder en este lugar, aquí, en el Club Campestre de Pereira, justamente.

Porque parece que hasta las cosas más evidentes necesiten de constatación.
Y allí estoy yo, sobre la hierba recién cortada de sábado por la mañana, levantando mi palo plateado y nuevo. Un hierro 7, perteneciente a un juego de palos que comparto con Hannie.

Hannie es amiga de tía Berta. Estudiaron juntas en la universidad, en Ithaca, New York. Hannie es de procedencia holandesa y toda su familia vive en la zona de New York. Menos ella, que ahora vive en Michigan, ese lugar costero con “una colección inigualable de 115 faros” y que es la tierra de su último marido, Rufus, un gordo rico heredero de la industria del  metal.

Al parecer el hecho de que hayan contactado con tía Berta es debido a lo que Rufus llama su “tour sudamericano”. Vienen de San José de Costa Rica y van camino de Sao Paulo, después tal vez Buenos Aires. Hace unos diez años que Hannie y tía Berta no se veían, según me acaba de contar Hannie. Dice, además, que está muy contenta de estar aquí, que lo vamos a pasar muy bien. Pero lo dice con esa expresión suya, holandesa, y esa cabellera suya pelirroja, que brilla más que el sol de la mañana, con lo que su entusiasmo es el mismo que despide la belleza ausente de una estatua.

Al verla quieta y como hablándole a la naturaleza misma (su cara no demuestra la menor emoción), y ello a pesar de notar cómo de su boca salen palabras dirigidas a mí (se refiere a mí por mi nombre, que repite cada pocas palabras); será por ello pues que me acuerdo de mi madre, bueno, de lo poco que sé de mi madre, mi pobre madre de cuya boca nunca vi salir mi nombre, pues ella murió cuando yo tenía un año. O sea que me acuerdo en realidad de algo inventado. Esto es muy mío, claro, como aquel amigo imaginario que tenía hasta bien entrada la adolescencia: Lucas. Tía Berta cree que ya se me ha pasado. Así que me lo callo. Lo siento, Lucas.

Pues bien, tenía el cabello a mechas rubias, mi mamá, eso sí lo sé, y los ojos muy verdes (Hannie los tiene de un color marrón caramelo). Lo he visto en un par de fotografías que guardo de ella, de mi madre. Esto no me lo he inventado.

Y es que era hermosa, mi mamá (esto es de puro objetivo). Hannie también, claro, pero de otro modo… menos fraternal, diríamos. Concederé que tiene unos treinta y seis años, Hannie, aunque me parece más mayor. Quizá por su altiva seriedad.

Me contó tía Berta que murió de súbito: un derrame cerebral. Mi madre. A los veintiocho años. Sucedió de la noche a la mañana, la muerte de mi madre.

Tengo una de las fotos de mamá de wallpaper en el portátil (es una que le hizo un fotógrafo en Vaasa, que era la ciudad natal de la abuela, en el golfo de Botnia; yo no he estado nunca allá, ni pienso estar, pero mamá y tía Berta vivieron allí hasta que mamá cumplió los quince y tía Berta era todavía una niña). Se ve claramente que es ella –mi madre- en la foto, y, sin embargo, cada vez que la miro, no sé muy bien a quién estoy mirando, aunque puedo sentir como si de un momento a otro se fuese a hacer real, fuese a decir una palabra, esa imagen, ese rostro. A veces, por la noche, cuando dejo el ordenador encendido y miro el brillo nocturno desde la cama pienso que de un momento a otro mamá va a decir: hola, estas aquí.::!

Los muertos, en verdad, no están muertos del todo si pensamos en ellos. Es lo que dice Lucas.

Así, al ver a Hannie ahora, sobre el césped del campo de golf, gritándole al caddy “Stand 56”, y a pesar de sus diferencias con mamá, me produce algo parecido a una indolente nostalgia, pero… cómo se va a tener nostalgia de lo no vivido, me pregunta Lucas. Y, sin embargo, no puedo dejar de pensar en mi madre, en esa imagen en blanco y negro de las fotografías, cuando veo a Hannie distraída con su lanzamiento.

Mi madre parece distraída también en las fotos, como si ni siquiera se diese cuenta de que la estuvieran fotografiando (o esa fuera su intención, la de parecer casual y descuidada, no lo sé).

A veces pienso que eso lo he heredado de ella: ese atolondrado enfrentamiento con la vida. A tía Berta esto no le gusta nada este comportamiento descuidado y siempre me lo está censurando. Ella, por el contrario, es un torbellino de orden, tía Berta, una maquina de actividad y esmero y pragmatismo. Por eso me ha caído tan bien Hannie, por su indolencia, y además me gusta mucho ese pañuelo hermoso que lleva sobre el cuello que ahora le ondea gracioso, pues acabo de ver cómo se ha tropezado con una rama suelta de los árboles y al perder el equilibrio por culpa del palo casi se cae.

Me quedo mirándola y le pregunto si no le ha parecido un buen tiro. El mío. Hannie levanta la cara, ajustándose las gafas, confusa y atolondrada, se le nota la boca turbada y pastosa, mientras dice:

-That´s right, darling.

Rufus se lleva la mano a la cara y se frota los ojos. Carraspea. Le dice algo a Hannie que no entiendo, creo que en holandés. Y ella debe de haberle mandado a algún lugar feo, lo imagino por el tono que ha usado

Yo sonrío, con divertimento, o hago como que sonrío mientras descubro de reojo, en la lejanía, la luminosa silueta de lo que, en efecto, en apenas nada se vuelve estruendo y electricidad: un fastuoso relámpago.

Les digo a Hannie y a Rufus que va a desatarse una de esas caprichosas tormentas de Pereira. Les digo que la crueldad del clima aquí es terrible…

Señalo preocupado al horizonte con un dedo que titubea. Hannie despacha mi insinuación con un gruñido que me parece reprobable y asquerosamente inglés. Rufus le pide a Hannie que lance. Ella dice que ya va.

 

2.

 

-Twenty seven –le contesto a Hannie, y miro confiado la copa de los árboles, tal que cupiese la posibilidad de que la bola hubiese quedado atrapada en alguna rama.

Estamos tratando de encontrar mi bola perdida en uno de los laterales del hoyo tres.

Rufus me observa expectante. Y me cuestiona cómo es posible que no haya terminado la universidad, con veintisiete años, dice enojado, a lo que Hannie le ruega que no se entrometa, y éste hace como un gesto raro de despachar con la mano, gracias  a lo que constato con toda claridad su guante, en la mano derecha. El cuero marrón del guante y los agujeritos sobre el dorso que alberga una mano enorme, la de Rufus, manaza de hombre viejo, con dedos gordos que han debido tocar ya multitud de cosas.

Me fijo asombrado en el contorno que su barriga le dibuja en el Lacoste y no sé cómo pero esta idea se me enlaza con lo que me contó tía Berta de Hannie, de cuando estaba dando clases en el College of Literature, Science, and the Arts de la Universidad de Michigan, tres años atrás. Hannie. Ahí fue donde se conocieron. Hannie y Rufus. En las clases vespertinas de creación literaria que ella impartía. Al parecer no se necesitaba titulación universitaria para que te admitiesen en esas clases (esto me lo contó maliciosamente tía Berta). No me imagino su encuentro, de veras que no.

No me imagino a Rufus escribiendo relatos cortos (¿poemas?). No, no qué va. Con esas manazas… pienso. Construyendo buques sí, o arreglando el cercado de un jardín sí, o vaya, cualquier otra actividad de pura fuerza y maña varonil, pero literatura no, qué va. Lucas está de acuerdo en esto. Ambos lo podemos imaginar fácilmente bebiendo ron y evocando a Hemingway en una taberna marinera de Michigan, eso sí, incluso a Joseph Conrad, con un faro que destella a lo lejos, uno de los 115 que tiene la costa de Michigan, pero…

Y es que me contó tía Berta sobre Hannie que antes de mudarse a Michigan hubo de trabajar en New York –coincidiendo con el boom de las puntocom- en la empresa de algún amigo de su padre, no sé, un asunto de palanca, me parece, trabajaba un poco de chica para todo. Les iba bien su cultura general, sus dotes para la corrección y sus elegantes maneras para las relaciones públicas (eso dijo tía Berta que le había dicho Hannie, textualmente).

Al pincharse la burbuja parece ser que en ella se desinfló la ilusión (esto ya es idea de tía Berta). Y se quedó un poco a verlas venir, Hannie, volando de fiesta en fiesta, por decirlo de algún modo. Es una expresión que sé que a tía Berta le gusta especialmente “volando de fiesta en fiesta”. Quizá porque a ella, a tía Berta, por mi culpa (esto ya lo adivino yo solito), por tener que cuidar de mí tras la muerte de mamá (y por detestar además Pereira en particular y Colombia en general), se le haya negado dicha frívola satisfacción, y entonces el mero hecho de evocarla en los labios será que le produce algo parecido a su goce. Imagino.

-Te fuiste al out, ahora te toca droppear –me grita Rufus, inquieto porque no he hecho ningún intento serio por encontrar mi bola.

No han pasado los cinco minutos reglamentarios para que la encontrase, mi bola, lo sé; lo sé, pero no digo nada. No pelearé por esto.

Rufus se prepara para lanzar. Y le hace un gesto al caddy para que me dé una nueva bola. Por fastidiar me voy donde queda el buggy, en el carril de piedritas, y comienzo a hacer ruido con mi palo contra la blanca chapa metálica del lateral.

Hannie, que ha venido donde el buggy, contra la opinión de Rufus, admite con una caída censurante de la cabeza que debería aplicarme más. En la universidad, se refiere, que tengo que hacerme un hombre, y bueno, todas esas cosas “idealizadas” sobre la conducta de un adolescente que suelen decir las mujeres que no tienen hijos. Esto lo dice mucho la señora Caicedo, también, una señora vieja, amiga de la abuela. Y la señora Marshall, que tiene una hija que va para edecán, Delia. O eso dicen ambas.

Rufus, mientras ajusta los pies y balancea ligeramente la cadera, opina a gritos que debo dejar de una maldita vez los estudios. Que me dedique a hacer plata “immediately!”, grita.

Yo en lo único que pienso, mientras golpeo la chapa del buggy con más fuerza, es en mi plena confianza en que muera la abuela pronto y pueda heredar. Entonces ya veremos.

Pero les digo que sí a los dos. A Hannie y Rufus. Que sí, que haré algo al respecto. Que muchas gracias por su interés, etc. “Uhmmm, great”, dice Hannie, y añade “that´s  a good thing, indeed”, pero tengo la sensación de que habla para sí misma. Discutir sobre tu propia vida con alguien que acabas de conocer, y aún más si es americano, es una soberana estupidez. Es como clavarte agujas en tu propio vientre (La metáfora es de Lucas. Gracias Lucas).

Rufus no hace más que gruñir y mover la cadera. Pero no lanza. Vuelve atrás un par de pasos y se sitúa de nuevo con los pies frente a la bola, sigue balanceando la cadera y cuando por fin arranca un tiro, un pedazo de tierra verde y mojada sale disparada al frente siguiendo la estela de la bola.

En tanto que me he venido distrayendo con la morosidad de Rufus, he descubierto cómo el viento levantaba la minifalda de Hannie y ella sacudía el cuerpo como en un temblor, como en un escalofrío de gozo. He de decir que ha sido una contemplación provechosa.

Deberíamos marcharnos, digo, preocupado porque se ha vuelto a escuchar un suave trueno en la lejanía, precedido de una iluminación parcial de las montañas, pero ni uno ni el otro me hace caso. Y a los caddies les pagan para estar callados. Así que nada, continuamos.

No tengo ganas de morir hoy, pienso mirando al cielo negro. Lucas dice que un día es tan bueno como cualquier otro para morir, o para lo que sea.

Calla Lucas, joder, le reprocho.

-What? –replica Rufus.

Le digo que nada, que bien, que continuemos. Debe pensar que soy idiota.

 

 

3.

 

Apenas acabamos de superar el hoyo número seis, y no hemos podido pasar por el puente con el carro de golf, pues todavía está en obras. Así que aprovechando la obligada vuelta por el verdor del campo, Hannie y yo nos hemos quedado solos, rezagados, en el buggy, mientras Rufus y los dos caddies se hacen a pie el trayecto.

Tenemos que dar un rodeo para poder alcanzar el hoyo seis.

A una decena de metros está el threesome de tía Berta, su amiga la señora Marshall y Delia, la hija de ésta, que van camino de nuestro mismo hoyo, del siete. Tía Berta saluda con la mano.

Hannie lleva unas gafas de sol enormes, redondas. Y nada más que se mira sus propios pies. Al alertarla de que tía Berta nos saluda, dice “ok”, pero no se gira a la izquierda para devolver el gesto sino que por sobre la cabeza estira el brazo y mueve la mano no haciéndola girar con la muñeca sino en paralelo al cuerpo. Y grita “Hi, sweety!”

Hannie lleva un jersey sin mangas y, a pesar de su edad, no le cuelga la carne fofa bajo el brazo como le ocurre a tía Berta, sino que se le ven los músculos en forma. Ese detalle me llama la atención.  Porque además pienso en cómo serán sus pechos, si firmes también o ya venciéndose a la gravedad.

Entonces, como en un arrrebato (como si me hubiese adivinado el pensamiento), Hannie se lleva las manos contra los muslos, sobre la minifalda blanca, y desvía la mirada hacia la derecha, altiva, hacia el verdor del campo y luego mira con detenimiento el cielo negro a lo lejos, que amenaza con venírsenos encima. Señala con descaro al cielo encapotado.

Le digo que deberíamos acabar la partida, pero no me responde.

En tanto que me fijo en Hannie (y sé que ella puede notar mis ojos encima suyo) se me descuida el manejo del carro y se desvían un poco las ruedas y nos clavamos en un socavón. La ínfima estabilidad del carro nos hace botar y a Hannie se le caen las gafas. Las recoge de la falda y ya no se las pone, y el estrabismo de sus ojos color caramelo me corta el cuerpo en dos como si fueran las hojas de una espada.

Se escucha un rayo en la lejanía, propulsando sus doscientos mil amperios a trescientos mil metros por segundo…Y, después, todo queda en un silencio atroz.

Hannie murmura algo en holandés y pronto agrega: “ain´t it funny?”

Y le pregunto el qué, pero ya una voz impide la respuesta de Hannie.

-Duncan, eh, Duncan… ¡my friend! –me grita Rufus.

Su grito me saca de mi aturdimiento.

Lo veo detrás de unos árboles.

Rufus y los caddies ya han superado al threesome de tía Berta. Andan todos reunidos en torno a Rufus, formando un pequeño círculo, bajo el cobijo de uno de los árboles. Diría que debaten algo.

-Deberíamos suspender el juego –dice tía Berta.

Rufus niega con la cabeza.

La señora Marshall es de la misma opinión que tía Berta. Delia, con su actitud propia de edecán en potencia, sonríe. Pero las tres saben que es de mala educación llevar la contraria a un invitado. Así que piden la opinión de Hannie.

(Lucas me dice que deberíamos irnos)

Hannie se pone las gafas de sol y concluye que lo que quiera Rufus estará bien. Y éste, ya justificado del todo, arguye que no ha venido desde Michigan para arredrarse por una “tormentita”.

-Come on…! –le dice Rufus a los caddies y, por extensión, a todo el grupo.

Tía Berta dice con voz cauta que “ok, continuemos un poquito más”, pero que “si se pone feo”, ella y Duncan (y me señala a mí) se marchan –nos marchamos- y señala las montañas, a las que cubre un sombrero negro de nubes panzurrosas y brutales.

 

4.

 

Aprovechándose del privilegio de golpear la bola que tiene el grupo que supera a otro, Rufus mismo se pone la bola en la grama para acometer con el hoyo siete, y lo hace lo más rápido que puede, evitando que nadie le contradiga, pues el hecho es que me toca golpear a mí, y él lo sabe perfectamente.

Me pongo hábilmente al lado de Hannie, que tiene la mano sobre el cogote, sujetando un sombrero que le acaba de prestar tía Berta, pues se ha levantado una pequeña ventolera.

Entonces, justo antes de que Rufus golpee, Hannie me regala una sonrisa.

El plak del palo de Rufus contra la bola es estruendoso; se diría que puro desquite. O así me lo parece, pues Rufus ha golpeado mal, como si le doliese la espalda y el swing es casi el de alguien corcovado, con una malísima posición de los talones. Pero el caso es que la bola de Rufus vuela lejana. Vuela torcida y parece que la bola se vaya al out pero con tal slice que se devuelve, el capricho del viento la acompaña hacia adentro y cae va a caer, cae y sí, cae apenas a unos metros del green.

Hannie le alienta, dice:

-Wow, darling!

Entonces me fijo en cómo Rufus camina torcido, así como caminan aquellos viejos aquejados de dolor de huesos y rodillas cuando la humedad se vuelve muy alta, justo cuando la presión de la tormenta es más fuerte.

Lucas piensa que es la justa venganza de Zeus.

Rufus carraspea y dice.

-Hannie, your turn – y va a sentarse al buggy.

El caddy nuestro –mío y de Hannie- aparece presto y le da un palo seis.

Hannie niega y dice:

-Three, please.

Va a intentar pasar el bunker y emular a Rufus, al cual echa una mirada de desafío. Rufus se agarra al volante, el pecho caído. Hannie le cabecea a su marido.

Espeta:

-Wait and see!

Y me dice, de súbito, en español, de espaldas a mí: “Aprende, Duncan”.

(esto último dice Lucas que es imaginación mía, no sé)

Hannie se saca las gafas al tiempo que lanza al suelo el sombrero panamá de tía Berta. Se pone las gafas sobre el cogote. El cabello lacio le revolotea tras la nuca, varias ráfagas de viento súbito la desestabilizan.

Entonces ella ríe con un imprudente gritito y le dice al viento:

-Oops, stop, hold on … –y se queda mirando a las montañas, confiando en que vayan a hacerle caso, censurando a las ventoleras de Pereira.

Se concentra, muy seria mira al infinito, clava bien los zapatos a la tierra y ensaya unos cuantos balanceos de cadera y hombros.

En la lejanía se escucha un rumor que es un relámpago que vuelve el mediodía una explosión de luz y pronto el estruendo el trueno el palo de Hannie apuntando al cielo, como desafiando firme a la tormenta; y el rayo severo.

 

5.

 

Uno no se cree estas cosas.

Aunque esté harto de verlas en el cine, en la televisión, aunque esté harto de haberlas oído nombrar, es simplemente que estas cosas les pasan a otros, siempre. O bueno, puede que le pasen a uno en los sueños (en la imaginación sí pasan estas cosas, ¿verdad Lucas?); pero eso no cuenta.

Por ello es casi festiva la algarabía general, el desparramarse de cuerpos aquí y allá al albor del aire calentado por la corriente eléctrica, que se expande bruscamente entre nosotros y de repente el sonido tardío del trueno cuando ya brazos, piernas, tórax se confunden, se juntan, se retraen, se separan.

Abrir los ojos, mirarse las manos en un silencio absurdo a pesar del griterío que confunde en derredor y ver que siguen blancas –las manos- y entonces pensar que o no estás muerto o estás en un sueño.

A partir de ahí más gritos, carreras, llamadas de teléfono, sirenas de ambulancia, hospitales, y un cuerpo que sigue sin levantarse del suelo.

Todo tan mecánico y rápido como irreal.

Una vida puede durar años y años, según el tesón y la buena suerte, pero una muerte siempre es igual, es un clic: sucede con una rapidez inusitada. El problema, justamente, es que sucede en menos tiempo del que podemos calibrar y eso desestabiliza nuestra percepción, es como si abriera un hueco, como si los hechos naturales de la vida irónicamente fuesen más rápido de lo que pudiera tolerar nuestra comprensión de los mismos. Supongo.

De ahí la muerte, que sucede súbita. De ahí que no nos consigamos adaptar a ella. Por eso nos es sencillamente ajena. El problema de las muertes súbitas es que ponen en tela de juicio nuestra credibilidad y fe en la eterna continuidad de las cosas.

Pensar que un rayo supera 310 veces la velocidad de la luz…

¿cómo asumir este dato, eh?

Y, bueno, encima, si se piensa bien, en el fondo, no es más que un dato, un número más a sumar a los más de dos mil casos de muerte que se registran al año por caídas de rayos; una estadística.

Tampoco es tan grave o extraordinario si se piensa que la actividad eléctrica incluye unas 45000 tormentas diarias a lo largo del planeta.
Aunque, sí, supongo que esto tampoco produce ningún consuelo.

Y es que ha sido un espectáculo tan maravilloso, ese rayo limpio, rápido y luminoso que… claro, cómo va a ser capaz de diferenciar eso uno, si tan acostumbrados estamos a ver cientos de catástrofes retransmitidas por televisión… cómo diferenciarlas de algo real.

6.

Esta noche me he despertado a la madrugada. Alguien me ha tocado, unos dedos rígidos como los de un cadáver me han acariciado el cabello. Y una voz femenina ha dicho: hola, soy yo. Dice Lucas que me lo he inventado, pero juro que no. Ha sido del todo real. Yo nunca me invento nada. Por desgracia.

He sentido miedo, y supongo que ha sido ese mismo miedo el que me ha llevado a la puerta de la habitación que venía utilizando estos días Hannie, en la buhardilla. Me he visto con los nudillos golpeando la puerta. Me he preguntado a mí mismo qué demonios estaba haciendo.

No lo sé.

Adentro, unos severos movimientos, un crujir de las sábanas y el susurro de una voz femenina me han devuelto a la realidad.  Pero… cómo puede ser, si… Pienso si esto será lo que llaman el comienzo del delirio.

Me encuentro con tía Berta abajo, sentada en la cocina. Tía Berta me mira y tiene el cabello totalmente desmadejado, juraría que con el reflejo de las luces sus ojos parecen de color caramelo rojizo.

-¿Qué haces aquí? – pregunta.

Estoy tentado de contarle lo de los dedos rígidos, el ruido de movimiento en la buhardilla que habitaba Hannie…, pero algo me previene.

Me callo. Hago un gesto con los hombros.

Dice:
-Te prepararé un tazón de leche caliente.

No contesto.

-¿O es que prefieres un brandy?

Tampoco contesto.

La cocina comunica con el salón y desde allí, a través de las enormes  puertas acristaladas, se pueden ver las luces tenues de la piscina, en el jardín.

Me acerco al cristal y allá a lo lejos veo las tumbonas. Miro al cielo. Está vacío de nubes y apenas un puntito suave, lejano, anuncia que hoy, como el resto de días del año, la luna acompañará leal a la madrugada.

Me da por sonreír, nerviosamente. Pienso en la abuela, que debe estar ahora mismo durmiendo en la casa de Bogotá. O tal vez no, opina Lucas.

La realidad caliente de la taza de leche no me inmuta. Noto el calor sobre la lengua. Pero mi cuerpo no parece querer responder. En cambio, al probar con el brandy, noto un repentino arder febrilmente de la garganta.

Cuando con la mano trato de alcanzar una revista que hay sobre la mesa, las hebras del mantel se estiran serpenteantes por efecto de la electricidad estática de mis manos, y me entra una sensación de congoja.

La realidad es algo difícil de creer, pienso. Me pregunto cómo tía Berta es incapaz de concebir la existencia de mi amigo Lucas y, sin embargo, le parece de la mayor normalidad que a su amiga Hannie le haya caído un rayo.

Le pregunto a tía Berta si ha hablado con la abuela. Dice que no ha conseguido localizarla, que le ha dejado cien mensajes en el móvil. Dice que también llamó a la casa, antes de la cena y que Rosario, la sirvienta, le había dicho que no la vio en todo el día, que le daría el mensaje igualmente, pero que no ha devuelto la llamada. Mañana probará de nuevo, dice.

Al ponerme las manos en los bolsillos del pantalón, tratando de ovillarme sobre mí mismo, me doy cuenta de que ni siquiera me he cambiado los pantalones de cuadros que me regaló tía Berta y con los que fuimos a jugar el partido de golf, esta mañana, me doy cuenta de que he dormido con ellos.

Me siguen viniendo horrorosamente grandes.

Sin pensarlo, digo:

-Tía Berta, los pantalones me caen…

Ella me mira, hace un gesto de indignada derrota y una lágrima resbala por la cuenca de su ojo izquierdo, una lágrima lenta y olivácea. Y ella deja que caiga, mientras las luces la hacen refulgir en brillos dorados, sobrepasa la lágrima la curva de la mandíbula, le adora parsimoniosa el cuello y se le mete por dentro del escote.

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