“La suma y la resta”, Irene Jiménez

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La suma y la resta, de Irene Jiménez. Editorial Páginas de Espuma, 2011, 136 páginas, 14 euros.

 

Por Miguel Baquero.

 

La suma y la resta es el cuarto libro de Irene Jiménez (Murcia, 1977). Una colección de siete relatos independientes, encabezado cada uno de ellos por el nombre de una mujer, que sin embargo parecen engarzados entre sí por un fino hilo, ya que los personajes secundarios de un cuento, por ejemplo, asumen un papel protagonista en el siguiente; y otros a los que se alude en un relato aparecen en el próximo. Esta especie de círculo hilvanado concluye en el último relato, donde vuelven a aparecer los personajes del primero.

 

Junto con esta estructura, otro factor que unifica esta serie de relatos es la atmósfera tenue que flota en todos ellos. Son relatos en los que no acaecen peripecias, ni grandes accidentes, ni trágicos imprevistos, en los que todo está fabricado con el dúctil material cotidiano, algo gris pero del que, sin embargo, la autora pugna por extraer sentimientos de la forma más vívida. Hay en Irene Jiménez un compromiso firme con la realidad, en el sentido de no querer deformarla para construir una historia o para extraer de las personas una reacción inusitada. Sus cuentos “ocurren” casi sin sentir, como en la vida real suceden la mayoría de los hechos, sólo que Irene Jiménez plasma esa realidad literariamente, es decir, intentando extraer de las situaciones y de las relaciones entre las personas sus detalles significativos.

 

Ejemplo de esta apuesta por la realidad sin artificio es, verbigracia, el brusco cambio de sensaciones y actitudes en los personajes, la instantaneidad, casi, con que pasan de un estado alegre a otro más apagado, o cómo son súbitamente asaltados por el hastío, el cansancio, el mal humor… Así nos ocurre a todos nosotros, poco más o menos, en nuestra minúscula odisea cotidiana; pero siempre se había sostenido que en literatura los cambios de humor y de actitud han de obedecer a una causa razonable, narrativamente razonada… En respuesta a lo cual, yo también creo que las reglas están hechas para ser rotas; eso sí, con cierto arte, con literatura, como es el caso. Literatura y valentía, porque Irene Jiménez no se atiene a un cliché establecido, a una pauta hecha para escribir cuentos con la mayor comodidad, sino que en todo momento se acerca a la frontera de lo que puede o no puede hacerse, ensaya, tantea…

 

De la misma manera, los diálogos que mantienen los personajes entre sí son pautados, sincopados, sosos en realidad, de la misma manera y con la misma falta de información con la que nos empleamos en la vida corriente. En muchas ocasiones, los personajes (igual que nosotros) no aciertan a traducir a palabras sus sensaciones, a identificar las causas de una repentina inquietud o de una insospechada desesperanza. Los relatos de Irene Jiménez pretenden ser un verdadero reflejo de nosotros mismos, y convendría subrayar lo de “verdadero” porque no entra en lo que se supone que pensamos o que deberíamos pensar, sino que intenta alumbrar con un pequeño fogonazo aquello que realmente se halla en el interior de nosotros mismos, nuestra esencia por más cruel, interesada o, lo que es peor, insignificante que resulte. Pero esos somos nosotros y esa es la materia de la que se alimentan los escritores.

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