Antología poética. Cuarenta contra el agua.

Categoría: Críticas,Poesía |

 

Félix Francisco Casanova.

Antología poética. Cuarenta contra el agua.

Ed Demipage, 2010.

79 pag.

 

 

Por Begoña Callejón.

 

Félix Francisco Casanova (La Palma 1956- Tenerife 1976).

Casanova está en nuestra memoria, en la noche en blanco y negro, en las cicatrices. Yo nací un mes después de su muerte, un catorce de febrero, y a pesar de que no lo conocí hasta dieciocho años después, ya sentí su pérdida, el vacío de un alma de pájaro. Félix ha sido considerado el Rimbaud español e incluso para muchos nuestro querido Lautréamont. Ha sido el poeta maldito más joven junto a Leopoldo M. Panero. Ante este genio canario nos preguntamos qué hubiese pasado si no hubiese desaparecido antes de los veinte años, si sus alas hubiesen aguantado un poco más. A pesar de morir joven se atrevió a romper con los moldes establecidos. Su espontaneidad y su forma de ver el mundo, le han valido el reconocimiento de la crítica.

En mayo de 1974 dejó escrito en su diario: “Estos días oigo mucha música, mucha. Siempre estoy naciendo en la música, es inagotable mi sed y también su fuente es inagotable. Y me amansa y me derrama como un cántaro de sangre de montaña, y su amor me toca y soy lo más vulnerable a sus palabras, y mis heridas, mis llagas revenan como un árbol cortado, como el primer día en que amé o leí a Tagore”.

Un joven adelantado que leía a Rimbaud, Pessoa, Whitman, Breton, Eluard, Aragon, Joyce, Camus y Hesse. Un joven que fundó un grupo de rock alternativo, donde empezó a escribir sus primeros versos. Un joven canario que, cuando cursaba tercero de Filología hispánica, murió prematuramente por un escape de gas mientras se bañaba en su domicilio.

Su obra es de una asombrosa madurez. Su poesía es extraña, diferente, intensa. Su padre decía de su poesía: “Eran giros sueltos, casi surrealistas y esotéricos, cuyas fuentes me era imposible inquirir en ninguno de los libros de mi biblioteca que pudiera caer en sus manos”.

Esta antología poética nos muestra unos versos encerrados en una melancolía autodestructiva, con fuerza, casi con espasmos, con un color bipolar; esto es lo que sentimos cuando leemos sus letras. Con estos versos casi apreciamos que Casanova ha inventado nuevas palabras, crea de la nada o, mejor dicho, crea a partir de todo lo sutil que le rodea.  Según sus amigos, Félix era entusiasta, pero el otro Félix, el que se dejaba ver en sus escritos, era el que se despedía, el tímido, el ave perdida.

 

En este libro podemos disfrutar o averiguar cuáles eran sus secretos, dónde los escondía y cómo era la tristeza que retornaba a veces a sus ojos. Enamorado de la noche, de las sombras, de su pasado, de sus sueños heridos.  Uno de sus poemas dice: “Siempre supe que estoy condenado al infierno irremisiblemente. Por ejemplo, cuando cruzo las calles con mendigos en cada esquina, les lanzo mis monedas… Pero éstas vuelven a mí sin tocar sus manos”.

Casanova nos cuenta en este libro historias sobre pájaros, nos invita a pasear en un autobús a medianoche, nos lleva a la orilla del lago donde los lirios besan el agua, donde duermen. Tímidamente habla a veces de la luz, de los gorjeos, de la música, del bosque, de la lluvia, de las mujeres, del alma; siempre cargado de ausencias, visiones y grillos.

Casanova actualmente sería una figura esencial para la literatura si no nos hubiese dejado, pero su juventud y sus textos poéticos lo convierten en un clásico. Aun así no debemos olvidar que sus palabras Cuentan cuarenta contra el agua

 

(Estelle Talavera)

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