Peleando a la contra: Charles Bukowski.

Por Juan Carlos Vicente.

HECHOS ACTUALES Y COMERCIALES.

 

Si tecleamos Charles Bukowski en el Dios Google aparecen 8.140.000 resultados en 0.32 segundos. Si tecleamos Alexander Fleming en el mismo buscador aparecen 1.650.000 resultados en 20 segundos. Podría decirse que la importancia del viejo verde en la red ha superado a la del creador de la penicilina, aunque no todos hayan leído a Bukowski y sin embargo todos hayan necesitado penicilina alguna vez.

 

La importancia de Bukowski en la literatura se ha convertido en una paradoja. De autor maldito a autor mediático, y en los últimos tiempos a fichaje post-mortem de una campaña de una conocida y americana marca de ropa. Los muertos no protestan, eso está claro, y su legado a veces se administra como si fuese una caja registradora. No por eso deja de gustarnos, no, aunque sí se echa de menos una exposición menor para escapar de la increíble saturación (puede que incluso este artículo sea un error paradójico) del mito de una manera prácticamente desvinculada de la literatura. Hank, vende, es un hecho.

 

PELEAR A LA CONTRA ES LA ÚNICA OPCIÓN.

 

La influencia de Bukowski en la escritura contemporánea se extiende como una enredadera invasora y tenaz. Es difícil no dejarse llevar y muy fácil caer en la imitación, recrear una parodia, un traje y una habitación en la que ya no cabe más gente. Nosotros mismos redactamos y firmamos sentencias de muerte que pertenecen a una época que ya escribieron mejor otros (léase Bukowski). Citar una lista de autores a los que nos ha influido sería un trabajo mastodóntico que no tendría ningún sentido.

La imagen del escritor es la que él nos quiso dar de sí mismo. Alguien que por un motivo u otro siempre estaba peleando contra él y contra el resto del mundo. ¿Por qué? Porque no hay otra opción lógica para sobrevivir y evitar ser devorado del todo por el proyecto global en ciernes. El motor de Bukowski siempre fue la escritura, incluso los años que pasó sin escribir, desde los 25 aproximadamente hasta cumplir los 35 (los años más oscuros, más brutales, ulcerosos y etílicos), se pensaba, se veía escribiendo, con toda seguridad eso fue lo que le mantuvo vivo.

LA TEMÁTICA EN LA OBRA DE BUKOWSKI Y SU RECONVERSIÓN EN UN POETA ROCK.

 

Si algo hay que destacar de Bukowski es su enorme capacidad para la producción poética. Su primera etapa (Madrigales de pensión) es algo más clásica en lo que a forma se refiere, un lenguaje más rico, verso más largo y con un existencialismo aun contenido entre paredes que acotan su estilo rudo y demoledor. Es más tarde cuando comienza a utilizar la sencillez en el verso como una navaja de afeitar oxidada con la que diseccionar el mundo que ama y detesta. Sus poemas adquieren aspecto narrativo (incluso telegráfico cuando es necesario) y el escritor, la poesía y la prosa se transforman en un animal salvaje en el que el personaje creado traspasa lo narrado en el papel. Este nacimiento como autor, profeta de putas, desheredados, borrachos, perdedores y jugadores compulsivos que reservan su asiento en el hipódromo dejando un periódico como señal, fortalece la imagen del escritor como figura de culto en el underground de Los Ángeles. Su relación con el editor John Martin (Editor de Black Sparrows, con la que publicaría la mayor parte de su obra) facilita que Bukowski encuentre un cauce para su obra. Fueron los años de Crucifijo en una mano muerta y su columna, primero en Open City y más tarde en Los Angeles Free Press, Escritos de un viejo indecente, con la que recuperaba el hábito de la prosa narrativa y el ensayo.

 

Ya han pasado casi trece años trabajando en correos, trece años de poesía y guerra sin cesar, casi una muerte clínica para alguien como él. John Martin, visionario y artífice del mito bukowskiano, le ofrece una asignación mensual a cambio de que se dedique a escribir. También le recomienda que intente escribir una novela, ya que las posibilidades comerciales de la poesía son limitadas. En poco más de un mes Bukowski escribe Cartero, su primera novela. Son los primeros visos de prosperidad, de futuro, en la vida del escritor. Luego seguirán los recitales salvajes por universidades, los vómitos antes de subir al escenario no para recitar, si no para entablar un combate con el público, un combate consentido en el que el respetable pide un pedazo de piel a modo de recordatorio. Su bagaje personal como factótum, las borracheras interminables, la soledad, la depresión, el mirarse las manos vacías y preguntarse ¿y ahora qué?, el aislamiento como recompensa y como castigo, todo ello, mezclado con cantidades excesivas de alcohol provoca, por un lado, el reconocimiento, pero por otro, como si fuese el anverso de la moneda, dota al escritor de una posición en el mainstream de la que no siempre sale victorioso (por ejemplo, su participación en el programa de la televisión francesa Apostrophe, en el que, aunque ha pasado a la memoria fanática como un hito en el que se ponía en evidencia a un presentador de derechas reconocido, mitomanías aparte, representa una actuación bochornosa y desfasada de alguien tan inteligente como lo fue el viejo verde).

Sobra decir que Bukowski, aunque representó ese papel de poeta del rock, nunca se lo creyó. Cuando uno no ha tenido nada, no suele despilfarrar y Bukowski, aunque pudiera parecer lo contrario, siempre fue un hombre previsor cuando se tomó en serio la literatura.

 

“Soy el gran Bukowski”, solía decir parafraseando a John Fante y su Arturo Bandini. En realidad quería decir que no era Chinaski, aunque a veces su propia vida fue absorbida por el personaje literario.

DE BARFLY A FACTOTUM.

 

El celuloide ha tratado de manera desigual a Bukowski. Eran los ochenta y el cine, como la década, era una nave algo descontrolada en la que los extremos iban desde las comedias universitarias al puro cine de autor a lo David Lynch. Muchos de los directores ahora reconocidos, y parte de los actores que en estos días consideramos cásicos modernos, comenzaron sus andanzas en esos años.

 

La primera película Ordinaria locura (1981), de Marco Ferreri, es un film fallido que no capta, por decirlo de un modo, la esencia ni del personaje ni de la persona que fue el escritor, apareciendo una narración forzada en la que se tratan de unir varios de los relatos del autor, pero que se pierde en una serie de clichés (años 60, hippies, un Bukowski aconsejando a los jóvenes, como si fuese un viajero del tiempo, que persigan sus sueños, etc) y en la que la elección de Ben Gazzara en el papel del escritor no es ni mucho menos la adecuada.

 

La segunda de las películas es Barfly, el borracho (1987), de Barbet Schroeder, en la que Bukowski escribió el guión y participó activamente en todo el proceso de creación del film. Esta experiencia está recogida en su novela Hollywood.
Centrada en los años más locos de Bukowski, y con un joven Mickey Rourke en el papel del escritor, recoge la época de las peleas, los bares y los cuartuchos de pensión, sin pertenecer a un relato concreto. La interpretación de Rourke sorprende positivamente y, aunque a veces peca de un histrionismo excesivo, tuvo el beneplácito del escritor. Por su parte, Faye Dunaway, intenta parecer lo que no es (en realidad es su trabajo, aparentar lo que no es) pero sin conseguir que nos creamos que es la alcohólica que años más tarde moriría bebiendo en una habitación de hotel. La película, en general, deja un buen sabor de boca y consigue recrear el ambiente novelístico de bares sucios, borrachos y tristísimas habitaciones en las que escribir y mirarse las manos vacías. Durante el rodaje se utilizaron borrachos de verdad como extras (algunos de ellos tienen un abismo y la muerte prematura grabada en sus ojos) y el mismo Bukowski aparece en un silencioso cameo, en el que Rourke entra en el bar pavoneándose mientras Bukowski, en la barra junto a los demás borrachos, le echa una mirada por encima del hombro, produciéndose un plano secuencia en el que el autor se encuentra con su propia creación (Chinaski) como si hubiera hecho un viaje en el tiempo.

 

La última película sobre Bukowski ha sido Factotum (2005), de Bent Hamer, basada en la novela homónima y con un sobresaliente Matt Dillon en el papel de Chinaski. Creo que es la más acertada de las interpretaciones del universo bukowskiano y, aunque la escenografía se ha trasladado a una situación atemporal (no se ha intentado reflejar que fuesen los años cincuenta u otra época concreta), las interpretaciones de Dillon, Marisa Tomei (curioso que ella y Rourke acabasen compartiendo texto en El Luchador, de Darren Aronofski, película, por otra parte, totalmente bukowskiana en fondo y forma) o Lili Taylor suplen con creces las carencias que pudiera tener una película de bajo presupuesto.

 

HECHOS ACTUALES Y COMERCIALES (2). CONTRADICCIONES ENTRE MITO, FANÁTICOS Y MERCADO.

 

¿Por qué nos gusta Bukowski?
Responder a esta pregunta puede tener varias lecturas. Por un lado está la calidad literaria y la apuesta por la sencillez como método certero y crudo a la hora de retratar una historia, pero también habría que hablar de cierto lugar al que recurrir (su obra) en los momentos en los que nos sentimos desheredados por el mundo en general o nuestra propia vida en particular. El sentimiento de fracaso de Bukowski a menudo se malinterpreta como un bucle autocompasivo y ególatra en el que es muy cómodo sentarse a justificar ciertos hechos. Sin embargo, la obra de Bukowski es justamente lo contrario. Contar que tienes una depresión o una mala racha ya es un intento de escapar de esa situación desesperada, leer sobre ello y acomodarse sin intentar remediarlo, no es ni parecido. Parte de los fanáticos de Bukowski utilizan su obra como quien usa Xanax o Prozac sin más ánimo que el mitigar el dolor de una manera que no requiera esfuerzo.

 

Comportamientos y justificaciones que escapan a la criba moral.
¿Tendría cabida Bukowski como persona pública en los medios actuales? Posiblemente sería incompatible una carrera comercial mediática debido a las nuevas formas de moral impuesta que durante los últimos años han ganado terreno en los medios de comunicación. Escenas como la aparecida en el documental Born Into this (2003) en la que un Bukowski, totalmente ebrio mientras le entrevistan en el sofá de su casa, propina una patada (leve, pero patada) a su mujer Linda Lee, garantizarían con toda seguridad una demonización del escritor que podría tener consecuencias nefastas para su carrera.

 

¿Justificamos ese comportamiento? La respuesta es complicada. Cuando la rentabilidad de los libros de Bukowski ha superado todos los pronósticos posibles, la recreación de los mitos siempre está centrada en los aspectos comerciales y amables de la figura en cuestión. De hecho toda la ambientación de la obra de Bukowski ( pobreza, alcoholismo, etc ) es ensalzada de tal forma que acaba siendo anecdótica hasta el punto que se le quita hierro al asunto creando un Bukowski light y accesible a todos con la etiqueta de gran maldito de la literatura estadounidense. Posiblemente asociaciones contra el maltrato, anti-alcohol, anti-tabaco y, en definitiva, toda la publicidad a la que se da cancha con el plan maestro de alargar nuestra vida, protegernos (en realidad sería controlarnos) y aumentar nuestra utilidad para con el Gobierno Empresarial Globalizado, no tardarían en condenar y aniquilar a un personaje público de esas características hoy en día.

 

¿Aumentaría su fama y con ello el fanatismo hacia su figura, las ventas de libros, etcétera, etcétera, a pesar de todo? Seguramente, es el tipo de doble juego, por un lado moral y por otro económico, que nunca desaparecerá.

“El hombre es la víctima de un medio que se niega a comprender su alma”.
Charles Bukowski.

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