El imperio de Newton

 

Por Óscar Sánchez.

 

Newton ya anciano.

“Dios miro un día hacia la tierra y vio que los hombres andaban en tinieblas con respecto a su Creación. Dijo entonces: ¡Hágase Newton!”

Epitafio de Isaac Newton, por Alexander Pope.

 

¡Newton!: desde que el -amado y odiado, pero siempre escuchado- Voltaire le honró con subidas alabanzas por encima de sus propios compatriotas franceses continuadores de Descartes, la gloria de este nombre ha crecido durante generaciones convirtiéndose al cabo en el sinónimo mismo del talento científico y la grandeza en el conocimiento del universo; se diría un cohete que no detiene su ascenso, un cometa de trayectoria infinita, y sólo la posterior preeminencia de Einstein (que, por cierto, se enorgullecía de detentar la cátedra que llevaba su nombre al igual que hoy Stephen Hawking se precia de llevar la de Einstein) ha podido, apenas, confinar la expansión de la figura del británico hacia espacios más limitados. Su epitafio es lo suficientemente elocuente a este respecto: Inglaterra ha sentido siempre la tentación de canonizarlo, y si no, al menos, de colocar un Belén paralelo al de las fiestas navideñas el mes que corresponde a su nacimiento entre prismas de felicitación, manzanas asadas y cantos de “teoremancicos”… Los reyes -magos o no-, tampoco le fueron adversos, ni las estrellas desobedientes, y todo ello pese a que, sin embargo, Newton (como escribe Stephen Hawking en su Historia del Tiempo) “no era precisamente, añadimos nosotros- un hombre afable” ¿Quién era Sir Isaac Newton y qué más pudo hacer además de replantear las leyes de la física y remozar matemáticamente la fachada del Universo? ¿Cabe todavía esperar otro portento de parte de este engendrador de portentos, al que las mismísimas cosas vienen a rendirse a sus pies conforme a las leyes de caída que él mismo les fijó a fines del s. XVII? Pues lo sorprendente es que en cierto modo así es: con Newton la ciencia descubrió también su propia función en el cosmos característico de la civilización occidental, y esta es la cuestión ahora.

 

 

Hablemos de la Royal Society, a la que todavía hoy pertenece el mencionado Hawking. Por reseñar brevemente sus orígenes, conviene apuntar que aunque fue reorganizada en su forma institucional actual en Londres en el año 1662, su fundación respondió a la gran proliferación de academias y centros independientes que surgió inmediatamente después de la  Guerra de los Treinta Años  con el objeto de liberar la investigación científica de las trabas y el control religioso de las fundamentales universidades de aquel momento (sobre todo la Sorbona -la cual “intimidaba” a Descartes-, y un largo etc…) A diferencia de las academias francesas abiertas entonces bajo la férula del Rey Sol, la Royal Society comenzó siendo una especie de club privado financiado por la nobleza, independiente por tanto de hecho y no solo de nombre, y en la que reinaba una relativa y feliz anarquía hasta que Newton se hizo con la dirección y con ello prácticamente con todos los mandos, los cuales utilizó a mayor gloria de la ciencia -y, de paso, del newtonianismo…- sin mayores tapujos. Lo que Newton nos dejó, pues, además de sus inmensos descubrimientos en el campo de la física teórica, su ultimo “portento”, fue un cambio de paradigma, sí, pero en el campo de la política científica, y un nuevo medio o instrumento para afianzar este cambio: el modelo, justamente, de la Royal Society e instituciones afines, las cuales, moldeadas a la imagen y semejanza de su autoridad más visible, habrían de conformar el Imperio de la Visión Científica del Mundo que hoy reina y sobradamente conocemos.

 

 

Pero observemos antes un caso muy distinto de distribución poder/saber… ¿Quién no ha oído hablar aún por casualidad alguna vez de la célebre obra teatral de Bertoldt Brecht Galileo Galilei? En ella, el personaje del Cardenal Bellarmino -representante, en efecto, de la suprema potestad de la Iglesia de aquel entonces-, se niega terminantemente a admitir lo que están viendo sus propios y queridos ojos a través del telescopio del gran físico pisano, porque la más mínima aceptación de la existencia de satélites rodeando a Júpiter quebrantaría todos los dogmas espirituales (y también, aunque en subordinación, científicos) establecidos y bien trabados desde el medioevo en torno a la composición del plano celeste. Galileo, como todos sabemos, fue, de hecho, condenado por afirmar las consecuencias heliocéntricas de lo que el telescopio -junto con otras pruebas y conjeturas- llevaba fácilmente a pensar a cualquiera que dirigiese su mirada limpia de prejuicios hacia las estrellas. De esta manera (mediante unos ojos que no quieren ver…) Brecht teje en torno a esta anécdota característica del nacimiento de la ciencia moderna una hábil parábola acerca del conflicto secular entre la fuerza de tales prejuicios y la libertad de la ciencia, del discurso del poder contra el lenguaje de la naturaleza. Pero, de modo semejante a como en el siglo IV d.C. la espada de la égida romana contrajo nupcias permanentes con la cruz de un cristianismo hasta ese momento poco menos que perseguido y disidente, tres cuartos de siglo después del proceso histórico de Galileo (a quién, por cierto, la Iglesia perdonó… ¡apenas hace 25 años!), la vanguardia científica representada por la obra y figura de Isaac Newton no ya sólo no sufría en absoluto la desconfianza de los poderes e instituciones de su tiempo, sino que comenzaba ella misma a consolidarse como un Poder, a afianzarse como una Institución, y a erigirse como la nueva y emergente Ortodoxia que hoy podemos acreditar en su triunfo absoluto sobre las anteriormente dominantes.

 

 

Galileo fue, para todos, el físico-matemático por excelencia del Renacimiento, el que llevó más lejos las inquisiciones de los calculatori bajomedievales. Padeció en prisión los efectos de la censura intelectual eclesiástica, lo cual a estas alturas ha dejado de llamarnos demasiado la atención. Sin embargo, en la incipiente modernidad en la que transcurrió la vida de Newton, resulta ser la propia ciencia -ahora organizada- la que ejerce la censura sobre la misma ciencia. El genio de Newton, en efecto (capaz asimismo de exteriorizarse en “mal genio”), dañó -y, en alguna parte, enterró por centurias- el prestigio y la reputación de al menos dos eminentes colegas de profesión: el viejo y meticuloso Astrónomo Real Flamsteed (y téngase en cuenta lo que el sabio astrónomo significaba en tiempos de secularización de nuestra visión del firmamento), y el filósofo cosmopolita y multifacético Leibniz (y recuérdese también que, entonces, la física era una parcela de la filosofía, tal y como indica el titulo de la obra magna newtoniana: Philosophae naturalis principia mathemática). Con respecto al primero, contaba en carta del 26 de Junio de 1716 la princesa Carolina de Gales, que había acudido a visitarle al observatorio de Greenwich, como el astrónomo declaraba que Leibniz era un hombre honesto, pero que Newton era un gran villano que le había robado dos estrellas. La princesa confiesa que “no pudo evitar reírse: su hogar y su aspecto hacían pensar en el mago Merlín” -probablemente, también el independiente Galileo hubiese parecido un poco “Merlín” a quién, a finales del s. XVIII, conociese magníficos organismos científicos como la Royal Society… Y en cuanto al propio Leibniz, bajo cierto aspecto la historia ha terminado otorgándole la razón: el andamiaje del cálculo diferencial que hoy empleamos está diseñado conforme a la simbología y notación que él introdujo en Europa en 1684 (y que ya la mismísima Royal Society hubo de reconocer durante la querella por su descubrimiento que era de su genuina invención), por demás puesto al servicio de una mecánica de corte relativista como es la que campa en nuestros días a titulo paradigmático.

 

 

¿Quién temió al Newton feroz, tan celoso de su territorio, de sus excogitaciones y de su camada particular? Muchos, y no entre los peores. Y quién sabe si finalmente no le asistía la razón a ese periodista al que se refiere Leibniz en carta a Carolina de Gales: “Cuando la Corte de Hannover no estaba en muy buenas relaciones con la de Inglaterra, durante el gobierno del último Ministerio, creyeron que la ocasión era propicia para atacarme y para disputarme el honor de una invención matemática que se me atribuye desde el año 1684. Un periodista francés que escribe en Holanda dijo al respecto que parecía tratarse, no tanto de una querella entre el señor Newton y yo, sino entre Alemania e Inglaterra” (Mayo de 1715). Como se ve, la gran ciencia no se hallaba ni siquiera entonces libre de partidismos chovinistas, humana demasiado humana después de todo…

 

¡Newton!: empirista y místico a la vez (suele decirse que los intelectuales ingleses son siempre lo uno o lo otro); Rey científico y Tirano filosófico encarnados en un mismo hombre -posibilidad que no quiso o no supo entrever un pionero Platón-; antipático y seductor al tiempo; soltero empedernido pero casado con la posteridad… Imprimió una dimensión religiosa y política a la su obra teórica que agigantó su figura en vida hasta alturas que eran tan acordes con la envergadura de sus merecimientos como proporcionadas con el tamaño de sus fechorías. No obstante, hoy nos sirve de ejemplo, porque nadie está libre de pecado, ni aunque la humanidad le deba un gran salto adelante y algún que otro pasito atrás.

 

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