El Infierno según Chuck Palahniuk

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Por Rebeca García Nieto

 

 

¿Estás ahí, Satán? Soy yo, Madison… Con esta diabólica fórmula abre Palahniuk cada capítulo de su nueva novela, Damned, publicada recientemente en Estados Unidos. Esta peculiar apertura es un guiño al clásico estadounidense de la literatura juvenil, ¿Estás ahí, Dios? Soy yo, Margaret, de Judy Blume. El propio Palahniuk admitió haber leído a esa autora para estudiar su estilo y su voz. Admitió también que gracias a ese libro había aprendido lo que es que un chico del instituto que no te quiere te rompa el himen.

 

Según el autor de El club de la lucha, esta nueva novela es un cruce entre Cadena Perpetua, la película protagonizada por Tim Robbins y Morgan Freeman, y The lovely bones, la novela de Alice Sebold en la que una adolescente violada y acuchillada observa desde el cielo cómo sus familiares y amigos siguen con sus vidas. Se trata, pues, de una novela carcelaria ambientada en el Más Allá.

 

Madison Spencer, Maddie para los amigos, es una niña prepúber que se encuentra en un grave aprieto: una mañana se despierta en el Infierno. Además de averigüar cómo y por qué llegó allí (¿sobredosis de marihuana o algún turbio asunto relacionado con el sexo?), Madison debe decidir si quiere solicitar la admisión al Cielo… o no. Porque lo cierto es que, aunque allí no hay WiFi, en el purgatorio se siente mejor que en su propia casa. Sus padres, una estrella de cine y un productor de Hollywood, la han dejado sola en Navidad; sin embargo, no dudan en adoptar decenas de niños del Tercer Mundo. Como dice Maddie, “Mis padres tienen buenas intenciones, pero la carretera al infierno se pavimenta sobre trucos publicitarios”.

 

Al igual que ocurre en la mayor parte de sus novelas, lo mejor de Damned es la sátira que realiza de la sociedad norteamericana, una sociedad donde no existe nada lo bastante malo como para no salir en la televisión: “incluso los asesinos en serie merecen televisión por cable”, dice el padre de Maddie. El estilo de vida americano se ha convertido en un sustituto de la religión. Muchos americanos, a falta de creencias con las que identificarse, siguen una serie de rituales (reciclar la basura, comer cereales, hacer ejercicio…) para protegerse frente a la muerte… Pero, es inútil. La adolescente advierte a sus lectores que moriremos pese a las “horas y horas invertidas en el ejercicio aeróbico” o, en otro lugar, “Para mis padres la muerte existía meramente como la consecuencia lógica, aunque extrema, de no exfoliar adecuadamente tu piel (…) Bueno, adelante, piensa eso, sigue utilizando protector solar y palpándote en busca de bultos. Nada estropeará la Gran Sorpresa”.

 

El problema del infierno de Palahniuk es que se asemeja peligrosamente al infierno de otros. La descripción de la topografía del purgatorio de Mr. Palahniuk (la Laguna de vómito, el Río de la Saliva Caliente,  el Océano del Esperma Desperdiciado…) recuerda al Jonathan Swift más escatológico… pero sin llegar a la suela de los zapatos del escritor irlandés. Nunca el sentido literal de la expresión “lugares comunes” se acercó tanto a su sentido figurado: el tour que propone Palahniuk es una visita turística a lugares donde ya hemos estado: burocracia, salas de espera infinitas, repetitivas torturas…

 

Es curioso que, en cualquiera de sus otras novelas, nos haya hecho pasar por tormentos mucho más terroríficos: Monstruos invisibles, feroz crítica al culto a la belleza, está protagonizada por una supermodelo desfigurada y sin mandíbula en busca de identidad; Snuff, sumamente explícita, sigue a una estrella porno en su intento de inmortalizarse teniendo sexo con 600 hombres en un solo día… Sin olvidarnos de Guts, el relato corto en que examina los métodos de masturbación de un adolescente y pasó a la posteridad por provocar vómitos y desmayos en las lecturas de promoción.

 

En esta ocasión, Palahniuk, célebre por escribir como un perfecto “Pervy McPervert”, según la terminología de la propia Madison, se muestra bastante comedido. El escritor reconoció sentirse muy cómodo escribiendo desde dentro de una adolescente de 13 años, y en una entrevista aseguró que entendía perfectamente lo que es darse cuenta de que uno nunca se convertirá en un adulto: “Cada día me miro de soslayo el pecho en el espejo del baño y espero que haya crecido. ¡Tal vez si inventaran un espejo en 3D todo sería distinto”…

 

A pesar de lo excéntricos que puedan parecer sus personajes, Palahniuk saca el material de sus propias experiencias vitales. Lejos del tono jocoso al que nos tiene acostumbrados, el escritor admitió haber escrito esta novela para hacer el duelo por la muerte de su madre, fallecida por cáncer de mama en 2009. En este sentido, no es la primera vez que utiliza la escritura como terapia. Cuando su padre y su novia fueron asesinados por el ex-marido de ésta, un neonazi que estaba cumpliendo condena por abuso sexual, Palahniuk comenzó la novela Canción de cuna. Según sus propias palabras, el proceso de escritura le ayudó a tomar una decisión a favor de la pena de muerte del asesino de su padre.

 

Y es que el propio escritor es en potencia un buen personaje de ficción. Charles Michael Palahniuk creció viajando de un lugar a otro, en una casa rodante, hasta que sus padres se divorciaron. Trabajó como voluntario con homeless, acompañó a enfermos en fase terminal y fue miembro de la Cacophony Society, una transgresora asociación de individuos que, como en El Club de la lucha, se reunen para tener experiencias vitales vetadas por la sociedad en que vivimos. Con una vida como ésta, es innegable que Mr. Palahniuk tiene material vital de sobra como para alimentar su fantasía durante décadas.

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