El enigma, de Jan Morris

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Por Alfredo Llopico.

 

 

Los prejuicios nos encierran, nos achican la mente, nos idiotizan, y cuando estos prejuicios coinciden, como suele suceder, con la convención mayoritaria, nos convierten en cómplices del abuso y de la injusticia. Actuar con compromiso no consiste en ponernos a favor de una causa, sino en mantenerse siempre alerta contra el tópico general, contra el prejuicio propio, contra todas esas ideas heredadas y no contrastadas que nos meten insidiosamente en la cabeza, venenosas como el cianuro, inertes como el plomo, malas ideas que inducen a la pereza intelectual y moral.

 

 

Jan Morris tenía tres años cuando se dio cuenta, con incuestionable convicción, de que a pesar de que todavía no conocía las diferencias entre los sexos, sentía la compulsión absoluta e irreprimible de que había nacido en el cuerpo equivocado, por lo que vivió una primera infancia confundida, incómodamente incompleta, como si en su puzle faltase una pieza. No era algo que afectase a lo físico, afectaba al ser.

 

 

Durante los cuarenta años que siguieron un propósito sexual dominó, distrajo y atormentó su vida: la ambición trágica e irracional, formulada de manera instintiva pero seguida con perseverancia de abandonar la masculinidad para alcanzar la feminidad. Conforme fue creciendo el conflicto interior se volvió más patente y empezó a sentir que vivía una mentira. Iba disfrazada: su realidad femenina, para cuya definición no tenía palabras, se vestía fraudulentamente de hombre. Y, como les ocurre a los prisioneros incomunicados, sentía que estaba privada de identidad.

 

 

La idea de cambiar de sexo parecía, hasta hace muy poco, algo monstruoso, absurdo o contrario a los designios divinos. Por eso, todavía sigue siendo desconcertante para muchas personas conocer el testimonio de Jan, que llegó a casarse y tener hijos, en un matrimonio aparentemente armonioso y normal, cuando en realidad sentía que vivía en un engaño. Para Jan tener un cuerpo nuevo que no pareciese un híbrido o una quimera es lo que logró que alcanzase al fin el sentimiento de normalidad, alcanzar la realización personal, ser ella misma.

 

 

Afortunadamente la noción de identidad sexual ha cambiado, de modo que la considerable porción de la población que solía sentirse excluida de las categorías sexuales convencionales ha visto normalizada su vida. Lo importante es la libertad de cualquiera para vivir según los propios deseos, de amar de la forma que quiera y de conocerse a sí mismo. Qué duda cabe también de que los efectos de la costumbre y el entorno son muy poderosos. Pero Jan decidió seguir avanzando. Los problemas, como queda en evidencia en su autobiografía, lejos de ser negativos, más bien la estimularon, sobre todo por el deseo y la persistencia de salir adelante, como queda en evidencia en su autobiografía recientemente publicada en España por RBA Libros.

 

 

Siempre nos ha dominado la voluntad de estigmatizar lo que se sale de la pauta; lo cual no deja de ser un signo claro de nocivo primitivismo por parte de los que se consideran adalides de la libertad. Porque el sufrimiento no es más que tiempo desperdiciado que carece de utilidad real ni redentora. Evitar los desafíos es lo que nos consume más tiempo y energía, pero enfrentarnos a ellos es precisamente lo que nos mantiene vivos. No hay que dedicar nuestros esfuerzos a buscar las barreras para darse de cabeza contra ellas, ya que si se piensa demasiado en muros y normas, cuya única finalidad es hacer dormir la mente, se pierde la ocasión de alcanzar el objetivo que nos marcamos en la vida. Y esta vida es la mejor que tendremos jamás.

 

 

El enigma, Jan Morris. 224 páginas, RBA Libros, 20 €.

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