La canción del verdugo

Por Recaredo Veredas.

 

La credibilidad de la lucha contra una causa injusta se demuestra cuando la víctima de la atrocidad que se pretende derribar es un auténtico canalla, alguien a quien cualquier persona ajena a patologías extremas desearía ver muerto. Una de las causas injustas más populares del planeta es la que combate a la pena de muerta y, en concreto, la que pelea por su derogación en los Estados Unidos de América. Tan loable fin se encontró a finales de septiembre de este mismo año frente a un abismo insondable. El socavón fue causado por la distinta repercusión que alcanzaron dos ejecuciones. Mientras que el homicidio legal de Troy Davis alcanzó una resonancia planetaria, la salida del mundo de Lawrence Brewer solo consiguió indiferencia y, en el mejor de los casos, un aplauso silencioso.

 

Ambos abandonaron nuestro desolado planeta el mismo día: el 22 de septiembre de 2011. Ambos fueron ejecutados en dos de los más oscuros estados del sur -Georgia y Texas- mediante sendas inyecciones de veneno (combinado con ansiolíticos en un cóctel que deleitaría a cualquier suicida). Aparentemente Davis no cometió el crimen que provocó su sentencia y el proceso que le condujo a la muerte estuvo lleno de irregularidades de forma y fondo. Sin embargo la culpabilidad de Brewer, causada por un asesinato cuya crueldad no merece ser reproducida, no admitía dudas. Además, en ningún momento mostró su arrepentimiento. Por si fuera poco, pertenecía al KuKuxKlan y defendió la supremacía blanca hasta que el veneno apagó la escasa luz de sus neuronas.

 

No sé si el Papa o Amnistía Internacional protestaron por la ejecución de Brewer pero lo que sí puedo asegurar es que sus quejas, si existieron, no consiguieron notoriedad alguna. Sin embargo, los momentos previos a la muerte de Davis, que incluyeron los titubeos del Tribunal Supremo, generaron una enorme tensión emocional, traducida en las portadas de los periódicos más influyentes del planeta. Parece obvio que quien no protesta ante la ejecución de un auténtico criminal está justificando aquello que, en apariencia, detesta. Superar tan grave contradicción queda solo al alcance de espíritus elevados, ajenos al jolgorio mediático. Uno de ellos era ese borracho homicida llamado Norman Mailer ,autor de uno de los clásicos del corredor de la muerte: La canción del verdugo. Mailer poseía una prosa salvaje, sexual, que narró las desventuras de la mejor América, aquella capaz de protestar por la decadencia de los valores –discutibles pero sólidos- de Jefferson y Washington.

 

En La canción del verdugo, Mailer narra la triste historia de Gary Gilmore, uno de los ejecutados más peculiares de la historia. Su fusilamiento, que tuvo lugar en 1977, rompió una moratoria de 10 años. Tan relevante ruptura ocurrió gracias a la insistencia del propio ejecutado, que buscó con perseverancia las balas que le reventaron. El interés de Gilmore por convertir su condena en un suicidio asistido provocó un enorme movimiento de protesta, noches en vela junto a los muros de la prisión, manifiestos y llantos de desconocidos. Así ocurrió porque Gilmore tenía un propósito claro, cuyo abandono ansiaban los activistas. Tanto ese designio, ese fin aberrante que es la promoción de la propia muerte ,como la búsqueda de su causa entre los laberintos de la conciencia, regalaron a Mailer un motor narrativo digno de un Maserati. Le permitió exhibir su dominio de la novela, del periodismo y, lo que es más difícil, de la vinculación entre los dos géneros. Sin embargo la obstinación sucia de Lawrence Brewer y su reiteración en el horror, tan propia de nuestros postmodernos tiempos, quiebran nuestros frágiles esquemas y principios, dificultan la promoción mediática, convierten cualquier protesta en un acto frágil, solo superable mediante dosis de espiritualidad dignas de Teresa de Calcuta.

 

*Tim Robbins lo intentó en su Dead Man Walking, pero su condenado era redimido por esa encantadora monjita interpretada por Susan Sarandon. No fue capaz de mantener el dilema hasta el final. Tampoco lo logró Capote en su celebérrima In cold blood. Tal vez el difunto Foster Wallace hubiera mantenido la mirada.

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