Tangram

Por Recaredo Veredas. 

 

Tangram. Juan Carlos Márquez. Salto de Página. Madrid, 2011. 176 páginas. 16 €.

 

Tangram habla del tema más actual, más omnipresente: el caos, la falta de control que poseemos sobre nuestras vidas. Así le ocurre al protagonista del primer relato que, como el mítico Uri Geller, considera que puede mover objetos con la mente. Su patología nos simboliza, aunque no seamos conscientes, a todos nosotros. Creemos que podemos modificar lo que nos rodea, aunque tanto la experiencia colectiva como la individual constaten que es imposible. Como afirma la cita de Mencio que abre el libro, el hombre tiene mil planes para sí mismo. El azar solo uno para cada uno.

 

El tangram es un juego chino que reconstruye realidades quebradas creando nuevas formas, a veces mejores que la original. En las páginas de este libro los conflictos se suceden, se encadenan y generan entornos nuevos, a veces inesperados, a cuyas características deben adaptarse los personajes. Tal trasfondo llena a la lectura de una trascendencia no forzada, real que, si bien no modifica la conciencia del lector, sí la ilumina.

 

Desde una perspectiva formal, Tangram es un despliegue de escritura. Un festín para los amantes del lenguaje. Márquez posee un estilo expresivo y preciso al mismo tiempo. Preciso porque el espanto, la gracia, el susto, existen pero no toman el control: lo importante sigue siendo la cohesión de la obra, no el efecto. Consigue que el lector no sepa si reír, escandalizarse o, directamente, cuestionarse sus propios sentimientos. Porque logra que el lector se identifique con auténticos dementes. Alcanza tan difícil éxito porque los personajes, aunque sean rematados locos, poseen un afán, saben lo que quieren, sea ser un renombrado psicópata o una diva del teatro, rescatar un botín millonario o reivindicar la sinceridad absoluta, tal vez el más peligroso de los fines. Márquez, como si no estuviera ya claro, es un autor que no aparta la mirada ante el espanto del mundo y encuentra la auténtica y la verdadera originalidad, aquella que se escapa del tópico de historias simples, escritas con lenguaje directo.

 

En Tangram el lector no sabe qué va a encontrar a la página siguiente. Lo que halla le sorprende pero no le desconcierta: consigue una coherencia extraña, tan rara como la propia vida.

 

¿Nos encontramos ante una novela o frente a un libro de relatos? Es, ante todo, un buen libro, que acepta cualquier definición genérica. La decisión resulta, en cualquier caso, superflua ya que no modifica el interés de la obra. Tangram abarca los dos géneros, una definición muy acorde con nuestros tiempos, y con la realidad, a la vez cambiable e infinita, que define.

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