Reflexiones incómodas

Por Isabel Camblor.

 

 

Imagina que un día Fortuna se levanta generosa y se decide finalmente a ofrecerte sus favores. De pronto, frente a ti, al final de una ostentosa alfombra roja y con los brazos abiertos para recogerte en olor de multitudes, puedes distinguir esperándote, con una gran sonrisa de aprobación y una copa levantada, a la fama y al éxito: ninguna de las dos asumen una forma específica, pero tú distingues perfectamente que esa cosa que hay ahí, aplaudiéndote a rabiar, es “la fama y el éxito”.
Bueno, te dices: entonces esto debe de ser la felicidad ¡Por fin!

Pues parece que, aunque aparentemente todo apunte a que tu observación es acertada, la ecuación no es tan sencilla. Contra todo pronóstico, las conclusiones estadísticas nos sugieren que en ese momento lo que realmente sucedería es que, de pronto, formarías parte de un posible “grupo de riesgo”… de ¡querer acabar con tu vida! Raro ¿no? Pues si no te lo crees, pásate por las bases de datos estadísticos y luego me dices. Raro, eso sí es verdad, pero también es verdad que es rarísimo el ser humano, ya en general y en diferentes entornos y contextos.

Volviendo a esa situación tuya hipotética: ¿cómo es posible que unas condiciones espectacularmente favorables como son la fama y el éxito puedan convertirse nada menos que en un desencadenante de la desesperanza absoluta? ¿Cómo puede ser que el ansiado reconocimiento social –instalado en la cúspide de la famosa pirámide de Maslow- se asocie a una infelicidad tan extrema como para ser capaz de conducirnos hasta la idea de la muerte voluntaria? Pues no son cuentos chinos, es la pura y dura realidad: la tentativa de suicidio se presenta a veces, según datos epidemiológicos, de forma bipolar. Tiene gran incidencia lógicamente entre desheredados psicosociales pero asimismo se presenta entre individuos glorificados socialmente. Para muestra se despliega delante de nosotros el “expediente X” de Marilyn, Elvis, Kurt Cobain, Anna Nicole Smith, Keith Moon y así podríamos continuar en un prolongado etcétera hasta conformar un aterrador inventario de ángeles caídos; todos ellos tuvieron la ocurrencia de coquetear con la muerte, y aunque no en cada uno de los casos esté demostrada la voluntad de suicido, sí se encuentra en todos siempre presente un mismo denominador común: la diosa Fortuna les besó en los labios. Y esta circunstancia fue más o menos inmediatamente seguida por una angustiosa caída en picado hacia la abismal dependencia de sustancias psicotrópicas. Y encima no es un fenómeno contemporáneo: esto se remonta a la noche de los tiempos, a los poetas malditos, los simbolistas franceses, los existencialistas, los “beatgeneration” de la costa oeste americana. Todos ellos criaturas sensibles y excesivas, todos espíritus frágiles. O tal vez no exactamente frágiles, quizá sólo víctimas de un contexto supuestamente envidiable, que tiene una cara oculta.

Deberíamos, si no alarmarnos, al menos atrevernos a mirar más de cerca esta realidad tan incómoda, porque el bienestar se ha convertido, según evidencias estadísticas, en un importante factor de riesgo. Ojo al dato: el suicidio consumado se sitúa entre la cuarta y décima causa de muerte en los países desarrollados, mientras que es prácticamente desconocido en sociedades de gran subdesarrollo o por ejemplo en países en situación de catástrofe. ¿Cualquiera de nosotros tiene entonces considerables posibilidades de alcanzar el perfil personal de riesgo? Puede que tampoco sea eso, pero no deberíamos perder de vista el alcance que tiene la fragilidad emocional de hombres y mujeres. Y ser conscientes de que por ahí anda suelta una perversa característica, atribuible a la condición humana, que predispone a la autolesión justo cuando uno ha llegado a donde siempre soñó llegar.

Maria Jesús Adán –directora del Centro Psicológico Adán de Madrid y además una buena amiguita mía-, apunta un fenómeno que llama mucho la atención. Se conoce como “tocar techo”, me explica Maria Jesús, y responde a una pérdida de equilibrio precisamente por una pérdida de motivaciones. Durante la juventud se tienen muchos estímulos y sueños en los que se depositan grandes ilusiones y fantasías. Según avanza la vida, algunos se conquistan y otros no; Cuando se alcanzan de forma precoz, hay ocasiones en las que un individuo puede llegar a sentir que ya no tiene metas por las que luchar.

Los universos interiores humanos y sus mecanismos psicológicos no son tan simples como, por ejemplo, los define mi panadera, por la que, vaya por delante, siento un gran respeto. Ella lo ve muy sencillito: “los jóvenes, pico y pala: menos guitarra eléctrica, menos botellón y al tajo, verías qué rápido se arreglaba el país. Y los que vais de poetas, a esos os toca el pico y la pala más pesados. Ya verías, ya, qué rápido se os pasaban las depresiones. A ver si ahora con Rajoy…(sic)”.

Pero no, de verdad que no, ojalá fuera tan fácil: Intervienen en el proceso de decisión de un acto autodestructivo desde los niveles de serotonina en el líquido cefalorraquídeo hasta factores genéticos, pasando por otras muchas causas -entre las que destaca el feroz efecto narcotizante de la gloria social, que toma por sorpresa y estruja mediante presiones inimaginables para el ciudadano de a pie-. La mucha luz, en palabras del antropólogo Carlos Castaneda, es como la mucha sombra, no deja ver; entonces, ¿con qué autoridad se puede andar juzgando a alguien que simplemente no puede ver? La panadera diría: ¡pues que encienda la luz del flexo! De verdad que es muy maja la panadera, y no es ninguna inculta, es práctica pero nunca ha tenido la serotonina baja por lo que no ha tenido ocasión de pensar atentamente en estas cosas tan raritas. Por eso todos los que a veces nos sentimos un poco a la deriva, somos tontos: ¡Pero qué tontoooos!, dice mientras me sirve la baguette y me cobra.

El suicidio se advierte como pecado, o delito o como un acto deleznable sólo propio de cobardes, con el valor añadido de poca vergüenza en el caso de que sea cometido por un personaje que se supone lo tiene absolutamente todo. Es sencillo juzgar y reclamar, pero el caso es que son muchos los jóvenes bañados en éxito y fortuna que buscan furiosamente su centro de gravedad y al no encontrarlo, se desesperan. ¿Son todos locos, delincuentes y cobardes? Según Maria Jesús Adán, gran parte de la responsabilidad recaería también en nosotros, en esa misma sociedad que encumbra para luego hundir. La gente no es tan atenta y afectuosa como podría parecer con los ídolos que ella misma crea. La masa se hace enseguida consciente de la vulnerabilidad de la criatura que ha creado, se vuelve entonces furibunda y embiste, exactamente igual que una fiera. Puede que la naturaleza humana sea mala-malísima y no perdone el éxito ajeno; o puede que no. Pero lo cierto es que el resentimiento muchas veces parece estar ahí, observando con los brazos en jarra. Y la envida -tan enraizada a veces en los fondos del alma humana- despierta lo peor de cada uno. Y todo ello, condimentado con el efecto amplificador de la masa, puede resultar muy difícil de soportar.

Sea cual sea la causa, el fenómeno existe, es real y es poderoso. Y todos, queridos amigos habitantes de la sociedad del bienestar, algunos con estudios, otros tantos con talento, muchos tan cercanos, otros en las antípodas, parecemos estar oscuramente expuestos a él. Y no es que yo esté sugiriendo que cada uno examine su particular cálculo de probabilidades, pero lo que es cierto es que este tipo de reflexiones conviene tenerlas en cuenta, sobre todo en esas muchas ocasiones en las que uno se siente acreditado, como por gracia divina, para andar censurando la conducta de los demás. Por muy indigna que en un principio pueda parecer.

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Una respuesta a Reflexiones incómodas

  1. Muy buenas reflexiones y totalmente ciertas…sin motivación, sin estímulos, no hay ganas de seguir. Aunque si tu motivación es algo tan “simple” como disfrutar de un amanecer más, es más fácil que no te pille ese toro…

    nuria@
    20 diciembre 2011 at 9:21 am

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