Houellebecq conquista América

Por Rebeca García Nieto

 

 

 

Para entender el verdadero impacto que cualquier novela de Houellebecq tiene al desembarcar en América, es necesario recordar que Francia y Estados Unidos siguen en guerra. La batalla cultural que ambos países llevan tiempo librando alcanzó el clímax en 2007, cuando los americanos dieron por muerta a la cultura francesa. Los redactores de Time se preguntaron: “¿Dónde están los pintores brillantes como Claude Monet, los escritores con la potencia de Marcel Proust, los cantantes con la entrega de Edith Piaf o los cineastas con la visión de Francois Truffaut?”. Ante la falta de respuestas, concluyeron: “LOS ICONOS CULTURALES FRANCESES ESTÁN TODOS MUERTOS DESDE HACE TIEMPO”. Los galos, por su parte, se han defendido de los ataques enemigos alegando que los americanos no son tan leídos como ellos y sólo se acuerdan de las French letters cuando necesitan un condón… Además, de vez en cuando, suelen mandar algún que otro misil al otro lado del charco. Este enero, sin ir más lejos, han contraatacado enviándoles las dos últimas perlas de Houellebecq: The map and the territory y Public enemies, escrito a cuatro manos junto al filósofo Bernard-Henri Lévy.

 

Las novelas del francés son auténticos paquetes bomba diseñados para detonar entre las manos de quien ose abrirlos. El lector americano debe tener especial cuidado al acercarse a ellas, ya que entre sus líneas se dinamitan algunos de los pilares del American Way of Life, como el capitalismo, invento americano par excellence. Pero su recelo hacia lo norteamericano le ha llevado también a criticar duramente a su madre patria, ya que, según él, se ha dejado invadir por los yanquis sin que éstos tuvieran que cruzar el charco. Para Houellebecq, la culpa de todos los males de su generación la tienen los ideales de Mayo del 68 y la doctrina del amor libre: “Los asesinos en serie son los hijos legítimos de los hippies”, afirma en Las partículas elementales. En esta novela, donde arremete contra la progresiva “americanización” de Francia, los hermanos protagonistas, Michel y Bruno, fueron abandonados por su madre cuando ésta decidió irse a vivir a una comuna hippie en California. Pero la madre de los protagonistas no es la única mujer malograda por la influencia americana… Las francesas, se lamenta Bruno, han perdido su glamour y ya ni siquiera son capaces de participar en orgías sin imitar los gestos y posturas de las actrices porno norteamericanas. Los personajes de Houellebecq son productos de un capitalismo exacerbado que ha convertido a las personas en mercancías aptas para el consumo humano.

 

 

 

La posición de Houellebecq en esta guerra cultural dista mucho de ser simple. De hecho, es difícil decir a qué bando pertenece: los americanos lo acusan de antiamericano; los franceses, de poco patriota. El escritor francés es, por así decirlo, lo contrario de un agente doble: no apoya ni a un bando ni al contrario; más bien, es anti-todo, como su idolatrado H.P. Lovecraft, que escribía contra el mundo, contra la vida. Entonces, ¿por qué le concedieron el Goncourt en 2010? Pues porque El mapa y el territorio es un artefacto explosivo menos burdo, más sofisticado, que sus libros anteriores. Esta vez se trata de un bomba de precisión: no quiere dinamitar la sociedad francesa contemporánea, sino sólo algunos aspectos de ella, como el esnobismo que rodea el mundo del arte. Además, ha hecho algunas concesiones a sus lectores. Houellebecq aparece en la novela como personaje, y se presenta ante nosotros sin disfraz alguno, tal y como los lectores nos lo imaginamos: depresivo, fumador empedernido, bebedor, antisocial. Por otra parte, al dejarnos entrever algunos engranajes metaficcionales de la novela, el francés nos muestra cómo se fabrica una bomba, aunque ésta sea de papel.

 

Cabe preguntarse dónde está en realidad el territorio que Mr. Houellebecq se ha propuesto cartografiar en esta ocasión. Como en otras novelas del francés, El mapa y el territorio se desarrolla en un supermercado (aunque en este caso no se trata del mercado del sexo, sino del mercado del arte). Los protagonistas de la novela, un pintor y un escritor, son conscientes de ser “productos… productos culturales” que algún día se quedarán obsoletos. Houellebecq abandona así el turismo sexual por el cultural. Esta vez la trama no se desarrolla en clubs sadomasoquistas, sino en galerías de arte. Por increíble que parezca, ni prostitutas, ni orgías ni pedófilos amenizan la novela. Pese a que satiriza a algunas figuras públicas populares en el país galo, se muestra bastante benévolo con el arte en sí. Tal vez porque ya lo ridiculizó bastante en Plataforma, donde unos “artistas” dejaban sus excrementos en la galería para alimentar a las moscas que quisieran pasarse por la exposición… En esta ocasión, se podría decir incluso que Houellebecq se muestra humano. En sus propias palabras, El mapa y el territorio trata de hijos y padres, de la muerte y del envejecimiento. Es cierto que vuelve a ser cruel con algunos de sus personajes, pero no más que lo que la vida suele ser con las personas. Así, al anciano padre del protagonista le tienen que implantar un esfínter anal artificial por sus problemas gastrointestinales. Pero, finalmente, el escritor le proporciona una salida digna, cosa que la vida no siempre tiene la delicadeza de permitir, y el anciano finaliza sus días plácidamente en una clínica suiza especializada en el suicidio asistido.

 

No obstante, aunque El mapa y el territorio es la menos celiniana de las novelas del francés, su prosa sigue siendo la de un forense. En esta ocasión, no sólo disecciona el mundillo del arte, sino que también realiza su propia autopsia. En un guiño al lector, le ofrece su cadáver, cuyo aspecto es “una pobre imitación de un Jackson Pollock”. El personaje que lleva su nombre acaba tan hecho trizas que optan por enterrarlo en un féretro de niño, lo cual sale más barato. Ante esta gran jugada del maestro, que se inmola ante nosotros, los lectores no tenemos otro remedio que reírnos. Si para Houellebecq la muerte de Dios anunciada por Nietzsche fue el preludio de un increíble folletín metafísico, la suya en la ficción es el inicio de un thriller esperpéntico. Curiosamente, los críticos americanos consideran El mapa y el territorio como el más americano de los libros del galo, no sólo porque les recuerde al Saul Bellow tardío, a American Psycho o a Annie Hall, sino porque el francés se ha servido de algunos recursos propios del thriller, género americano por excelencia. Aunque no les falte algo de razón, tampoco podemos olvidar que, para los americanos, América es la medida de todas las cosas. En cualquier caso, The map and the territory, recientemente publicado por Knopf, ha sido muy bien acogido por la crítica. Con esta subida de la bandera blanca, Houellebecq se ha reconciliado con su patria y, de paso, con el mayor enemigo de ésta. Bienvenida sea esta tregua.

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