Luz de gas

 
(Luces de bohemia de Ramón María del Valle-Inclán)

Por Carmen Garrido

Dirección: Lluís Homar

Reparto: Fernando Albizu, Enric Benavent, Jorge Bosch, Ángel Burgos, Jorge Calvo, Gonzalo de Castro, Javi Coll, Mariana Cordero, Gonzalo Cunill,  José Ángel Egido, Rubén de Eguia, Sergio Gómez, Adrián Lamana, Jorge Merino, Nerea Moreno, Isabel Ordaz,  Luis Prado, Miguel Rellán, Marina Salas.

Lugar: Teatro María Guerrero

Fecha: Del 20 de enero al 25 de marzo de 2012. Martes a sábado: 20:00 horas. Domingos: 19.00 horas

 

Se extiende el sfumato Davinciano sobre el escenario del María Guerrero. Polvo sobre polvo, libros de viejo sobre los que pisar (toda una alegoría), antiguos volúmenes carcomidos por las relecturas que hicieron los sabios, libros que observan la Historia al pasar por debajo de ellos (inmortalidad de páginas e inmortalidad de hechos). La atmósfera está cargada de muerte y de profanación de tumbas, como si el único destino que esta noche nos prepara es, irremediablemente, el de los dos metros bajo tierra, bajo la sucia nieve de cualquier cementerio, un Finis Gloriae Mundi anticipado y benévolo. Max Estrella, periodista, novelista y novelero personaje, señero castigador de la noche madrileña, a la que confunde y a la que conoce, peregrina por última vez por su particular camino jacobeo, reescribiendo en su última madrugada sus Memorias, epitafios póstumos sin otra finalidad que la de dejar en el aire sus convicciones, sus principios, su renuncia a todo lo que otorga el poder, su anhelo de que la vieja madrastra España dé la gloria a quien se lo merece y se lo trabaja y no extienda el caciquismo servil del obrero al artista, que todo lo oprobioso se contamina. No es ésta una de las noches de mi Madrid, cuando se aparece casi londinense, casi dublinesa como marco del caminar de un hombre hacia sus últimas horas. Y sin embargo, el Madrid luminoso se reivindica en los personajes secundarios de esta pieza de teatro universal, al fin y al cabo, los verdaderos escritores de la intrahistoria del país, los grandes conocedores de sus entrañas, los acertados plumillas que desmenuzan los hígados de los prebostes y los altos mandos. Son los secundarios de Luces de bohemia los que confieren una pátina extraordinaria al texto, haciendo que Valle resalte aún más como “nuestro Shakespeare”. Son los habitantes de los conventillos, burdeles, tabernas de baja estofa, los descarriados y bufones, los hambrientos de la sopa boba que Max Estrella y don Latino van encontrando en su recorrido por tierras gatas los que muestran la entraña de la obra, el gran titular de ésta: Es entre el pueblo inculto y hasta zafio donde se hallan los más grandes filósofos y las gentes más puras. Sí, está Max Estrella, ese trasunto de un Valle-Inclán cínico, amante del buen beber, el buen escribir y el buen periodismo, defensor del pueblo frente a la fiebre conservadora del presidente Maura, amigo de petimetres y desvergonzadas rameras. Sí, está el hombre que camina hacia la muerte, al amanecer de un Madrid católico y de campanarios. Y es esa proximidad al fin lo que hace que se atreva a desgranar su pensamiento sin miramientos, poniendo en su sitio a ministros de la Gobernación, reporteros de escasa altura intelectual, ladinos sisadores y encantadoras madamas. Pero este Max Estrella, interpretado por Gonzalo de Castro, aún ciego y lúcido, con su merovingia barba, sus respuestas rápidas y precisas y su coherencia vital y literaria, es demasiado hierático y lento en todas sus parrafadas, dando la impresión de que la obra se paraliza por momentos en torno a él, convirtiendo ese recorrido por las vísceras de Madrid en un seguimiento cansino y destartalado, tortuoso, transformando algunos potentísimos diálogos (como el que sostiene Max Estrella con el preso catalán interpretado por Rubén de Eguia) en meros trámites que resolver, exentos de toda emoción. Un poeta hambriento y humillado, expulsado de las glorias periodísticas (y ya cesante de hombre libre y pájaro cantor), da con sus huesos en la cárcel por enfrentarse a un chulapo, un niñito bien de la Gobernación (Serafín el Bonito, interpretado por Jorge Bosch). En la mazmorra, se encuentra con ese joven anarquista, ya reo de muerte. ¿Cómo es posible que esos dos hombres se enfrenten a la decadencia final mediante un diálogo impostado, lleno de pesadas palabras, creando un ambiente absolutamente somnoliento y sin entraña?

 

El contrapunto a este Max Estrella alucinado y flemático lo brinda el genial Enric Benavent, que interpreta a don Latino de Híspalis, regalándonos una visión del personaje muy distinta de lo visto en otras producciones de Luces de bohemia. Podemos intuir que don Latino es un aprovechado y un pérfido sonsacador por el encontronazo que tiene al principio de la obra con Claudinita, la hija de Max Estrella y Madama Colette. Pero es sólo una intuición. Durante el resto del recorrido, se comportará como un amigo fiel, un salvador del poeta más grande de España, el cuidador de esa gloria patria. Sólo en la agonía de Max Estrella, descubriremos la verdadera personalidad del ilustrado sevillano.

Los dos momentos álgidos de la obra tienen lugar en la Taberna de Pica Lagartos y en el periódico El Popular. La taberna es, en sí misma, el esperpento, en su máxima expresión. Porque el género inaugurado por Valle-Inclán, que mezcla la realidad con su propia fantasía y sus múltiples alter egos, tiene su casa en este antro, donde habita el Madrid castizo y chulo, el de la gente que malvive entre luchas de obreros y huelgas de fábricas. Nerea Moreno borda el papel de Enriqueta la Pisa Bien, la prostituta del 5775, lotera, escanciadora de dineros ajenos, amante del rico viejo de turno, superviviente voraz y cruel. Brillante también ese actor ya clásico que es Fernando Albizu interpretando al Pica Lagartos, el dueño de esa casa de huéspedes donde se cuecen intrigas y marrullerías para la supervivencia, un lugar donde la política se convierte en palabra mayor y el pueblo disecciona con sabiduría y con retranca los malos hábitos del poder, ésos tan comunes a aquel Antonio Maura, a don Alfonso XIII y a todos los que no tienen porqué mirar la perra gorda que gastan.

 

Gonzalo de Castro, como Max Estrella, acompañado de Isabel Ordaz (Madama Colette), Enric Benavent (Don Latino) y Marina Salas (Claudinita)

 

El texto de la visita al periódico El Popular debería ser leído por todos los que oficiamos el periodismo. Allí recala Max, acompañado de su don Latino y de la cohorte de jóvenes modernistas, liderados por un Dorio de Gádex, peripuesto, estrafalario, desbocado y lechuguino, pero maravillosamente irónico, que retrata fielmente Ángel Burgos, uno de esos actores a seguir en el futuro. Espléndidos los diálogos entre el redactor don Filiberto y Max Estrella. Miguel Rellán, que interpreta al primero, vuelve a recordarnos lo que es ser un grande de la escena convirtiendo a don Filiberto en un personaje atemporal: el hombre recto, patriota, defensor de la buena educación y del necesario reconocimiento a los literatos y artistas, el que se dobla la espalda frente a la máquina de escribir y defiende el talento del sudor. Otro monstruo de nuestro teatro, José Ángel Egido, es el Ministro de la Gobernación, el único político honesto de su clase, el hombre que ha llegado al poder y se ha saciado de él, prefiriendo la libertad de los poetas errantes como Max Estrella a los oropeles que le rodean. El Ministro es la vuelta de tuerca existencial y es que ningún personaje de la obra se halla a gusto con su condición, bien porque no le da el sustento, bien porque no le otorga ni la libertad ni la gloria.

Lluís Homar ha reducido los 43 personajes de la obra original a 17, interpretando el mismo actor a varios de ellos. Así, el mencionado Egido aparece en la penúltima escena encarnando a un sepulturero, en el cementerio perdido y gélido donde enterrarán a Max Estrella. Frente al Marqués de Bradomín y Rubén Darío (tan reconocible en el físico de Jorge Calvo, pero tan hueco en la interpretación de éste), Egido vuelve a traer a escena a los verdaderos protagonistas de la pieza: los obreros, los hombres que en la España de los años 20 sobrevivían a base de cualquier trabajo, incluido el de enterrar muertos, el de sanear tumbas, los que están agradecidos a la Muerte que les proporciona currelo: No falta nunca faena. Niños y viejos.

 

Escena en la taberna de Pica Lagartos

 

Pocas veces me gusta esa moda contemporánea que consiste en adaptar los textos clásicos a la realidad actual del noticiero o el periódico. Si un texto es universal en cuanto a su temática (amor, muerte, guerras, dolor, sufrimientos callados, opresiones, libertad), la reflexión deberá hacerla el propio espectador respecto a sus circunstancias, personales o sociales. Ya se encargará él de llevar la obra a su terreno. Pero Luces de bohemia es una excepción. Porque esa España lúgubre en apariencia pero que sobrevive a base de ingenio y de trabajo es aplicable a cualquier época de nuestro país. El entierro (inquietante y tremenda escena) de Max Estrella, sin títulos ni honores, sin reconocimientos, como un Mozart anónimo tirado a la fosa, sin más compañía que la de su esposa (una Isabel Ordaz dubitativa e inexpresiva) y su hija (la joven actriz Marina Salas, con una interpretación poco creíble y demasiado impostada), es el retrato de aquella España del 23 y también de ésta del 12. España es esa patria que no reconoce a sus artistas, que los silencia, que da gloria a los pisaverdes y lechuguinos advenedizos y supuestamente vanguardistas, que se olvida de los hombres buenos para ensalzar la viveza de los corruptos que nunca acaban en la cárcel. Es la patria que olvida las artes y la cultura, tildándolas de innecesarias, y ensalza los logros de los burgueses arteros, de los políticos tunantes, de los poderosos a los que hay que adular y palmear. Max Estrella en su ataúd, rodeado de cuatro cirios y de sus amigos, es el escaparate en el cual los que nos dedicamos a las Bellas Artes deberíamos mirarnos. Y España, tristemente, también es la portera Flora (espléndida Mariana Cordero) que ilumina la pobre escena desde las imprecaciones y exigencias de una mujer de mal pronto, caracterial e inflexible, que toma su trabajo al pie de la letra y a la que la muerte de un huésped le parece más una incomodidad que una pérdida. Un prototipo de señorona intransigente, una ama de llaves de corte dickensiano tan exportable a la actualidad. El egoísmo más absoluto que desprecia la desgracia ajena mientras el buche ande lleno.

Los fallos de esta Luces de bohemia contribuyen a hacer aún más grande el texto de Valle-Inclán. Los diálogos parsimoniosos que impacientan al espectador sólo acrecientan la sabiduría y la irrealidad del esperpento, la concavidad de los espejos en los que se refleja Max Estrella, el conocimiento del malvivir que tienen los personajes de ese Madrid negro y duro, que revive en las callejuelas entre San Cosme y San Ginés, de Recoletos a la Calle de Felipe IV. Verdaderamente, es encomiable el empeño de Gerardo Vera por llevar al Nacional la obra de Valle-Inclán, algo que al final ha conseguido el antiguo director del CDN aunque éste sea el primer estreno de la época de Ernesto Caballero. Esta obra se merece una puesta en escena mucho más cuidada, un mayor esmero a la hora de tratar el texto, una cuidada selección de los actores principales. Valle es para nuestro teatro lo que Molière al francés, Shakespeare al inglés, Goethe al alemán o Pirandello al italiano. Es una joya nacional. No caigamos al tratarlo en su mismo esperpento.

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