Yves Saint Lauren o el estilo eterno

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Por Mario Sánchez Arsenal

 

 

La moda siempre ha sido –más que ningún otro a ojos de la crítica puramente artística– un terreno minado por la especulación, a menudo objeto de demasiadas oscilaciones y, casi por norma, dependiente de lo accidental, lo que la ha venido convirtiendo en un producto hermético casi exclusivo de élites, pero todo relato extraordinario implica la acción extraordinaria de otros tantos. El nuestro es exclusivo en tanto y cuanto tiene que ver con un individuo. El pasado 8 de enero se clausuraba la exposición presentada en la Fundación Mapfre con el lacónico título de Yves Saint Laurent, que ya desde el título parecía resistirse al generalizado y negativo predicamento de que goza hoy día la moda. Precisamente es el carácter subjetivo, y a la vez objetivo, el que dio vida a esta muestra cargada de melancolía y, sobre todo, de una seducción y elegancia –a pesar de que a su artífice no le agradara el término por anticuado– con mayúsculas.

 

El hecho de haber sido planteada en la órbita de las retrospectivas acentúa aún más si cabe el rechazo por el universal. Aún así, no cedan terreno a la confusión. Si algo tuvo de atractiva esta exposición fue la vigencia que se pretendió abanderar abordando el análisis de una de las figuras más extraordinarias del mundo de la moda, tanto de su vida como de su obra. En este sentido, se analizó la cuestión biográfica (siempre unida a su producción) desde distintos y variados parámetros: los tiernos inicios relatados por su más fiel y servicial compañero, Pierre Bergé; los más emblemáticos y decisivos elementos portantes de casi una dinastía textil; el rol y la definición de la mujer dentro de su obra; sus extravagancias y exotismos; así como la relación del diseñador con el arte y sus frecuentes y productivos coqueteos con literatos y artistas de la talla de Jean Cocteau o Andy Warhol. Dio la impresión de que en todo aquello rezumaba una recuperación del canon, pero no de la moda, sino del estilo. Y eso fue precisamente lo impactante.

 

Ese gran poeta que fue Mallarmé (a la sazón redactor de la revista La Dernière Mode) identificó la moda con la “diosa de las apariencias”; más recientemente el filósofo y sociólogo francés Gilles Lipovetsky se refirió a ella como “el imperio de lo efímero”; también se hicieron eco de su presencia autores tan engalanados como Georg Simmel o Walter Benjamin, y si vamos un poco más allá, encontramos trazas en Cesare Vecellio (1590) o en La Bruyère (1688), tratadistas ambos que sintieron la necesidad de opinar acerca de la “cosa de los vestidos”. La palabra moda viene del latín modus, y significa modo, medida, moderación, pero también manera. El prefijo mod- la vincula directamente con la modernidad, con lo contingente, lo transitorio, lo fugitivo; exactamente la misma relevancia que Baudelaire daba a lo nuevo. Balzac habló también de ella y decía que era la “expresión de la sociedad”, y es posible que naciera como consecuencia del pudor. Hoy día es ella misma quien precisamente rige y establece el régimen de pudor social y colectivo. La moda sólo conjuga su morfología en presente, todo tiempo pasado siempre le es nefando, y el futuro, ajeno. Si muere puede ser recuperada ulteriormente, pues, como decía Benjamin, “la moda coquetea con el cadáver”. Para Jean Baudrillard, sin embargo, la moda en todo momento tendría que gozar de una segunda oportunidad ya que siempre la consideró “retro y revival”. Sea como fuere, la moda evidencia constantemente el inmenso poder de las apariencias y se comporta, en acertadas palabras de Yuri Lotman, como un auténtico “metrónomo del desarrollo cultural”.

 

 

En este caso, la exposición estuvo bien representada en todas sus etapas, desde la influencia de Chanel, Madeleine Vionnet, Elsa Schiaparelli o el propio Dior hasta el nacimiento de su firma en 1961, el primer taller del entresuelo de la Rue La Boétie, la creación de Rive Gauche o el posterior encumbramiento de su fama a nivel internacional. La costura de casta que pudo ver en Cristóbal Balenciaga, esa costura dedicada a vestir a la mujer rica y poderosa, aristocrática, fue cabalmente el punto de partida y referencia de este genial creador. De hecho, fue un secreto a voces su discrepancia frente a la obra del gran maestro guipuzcoano. Sus esfuerzos por tanto se orientaron a prestar una mayor atención a lo que él consideraba la mujer emergente, esa tipología femenina adscrita a la vida financiera y ejecutiva, una mujer que, como se puede comprobar en sus diseños, respondía a un estilo de vida fluido y desprendido, refinada pero nunca esclava de su entorno. Una contundente muestra de ello es la aparición en 1967 del primer traje pantalón femenino, una fantástica osadía estética que tan sólo unos pocos pudieron apreciar en su justa medida y que hoy es parte fundamental del vestir de la mujer en cualesquiera variantes. Así es como llegó Yves Saint Laurent a modelar su ideal figurativo y planteó un modo radicalmente distinto de vestir a la mujer frente a sus predecesores. De todos ellos tomó el amor por la costura, y, en palabras del mismo Bergé, “ese dominio absoluto del oficio que lo acompañaría hasta el final de su vida”. Tenía el gusto de la exactitud y la certeza absoluta de las cosas. No entraña dificultad alguna comprender este apartado de su vida personal si nos acercamos al legado textil que nos ha dejado. De alguna manera, Yves Saint Laurent –se ha dicho– representó un puente de enlace entre la moda propia del siglo XIX y la modernidad del XX, una especie de confrontación entre clasicismo y barroco, pues era un hombre cartesiano, rectilíneo y mesurado. Pero tenía momentos de desmesura, y en esa desmesura logró afortunadamente encontrar la mesura.

 

Pudimos contemplar en la exposición de un elenco de “piezas” formidables. Así, los vestidos cruzados de lamé, las faldas de muselina, las blusas de organdí blanco, costuras de crepé, pliegos de moiré, el satén tan característico o el tafetán rosa se sucedieron dentro de una magistral selección y disposición que debió producir en el visitante el efecto inverso al sentido universal por la diversidad de los modelos expuestos. Y nos explicamos: Christian Dior sometió la moda a mutaciones artificiales que Yves entendió como un soberano error; desde ese momento y a partir de entonces, sólo creyó en el estilo y –siempre palabras de Bergé, esa especie de prolongación humana de Yves– “como era un maestro, supo mantenerlo hasta el final”. De tal modo que no hallaremos nada más unitario en la obra de Yves Saint Laurent que lo cambiante, lo genuinamente resbaladizo, aquello que casi es capaz de librarse del instante fotográfico, amén del estilo y el carácter seductor de la costura en sí misma como un ente estético, palpable en toda su obra. Cuestiones verdaderamente extraordinarias que aún alumbran y alumbrarán las ideas de modistos y diseñadores de medio mundo, pero que pocos podrán emular con precisión. Posiblemente porque quizás el relato de ninguno de ellos posea jamás la convicción necesaria como para decir con tan sólo nueve años: “Un día, mi nombre estará escrito en letras de fuego en los Campos Elíseos”.

 

 

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