Interior metafísico con galletas

Categoría: Críticas,Poesía |

Interior metafísico con galletas, Alberto Santamaría

El Gaviero Ediciones

 

Por Ariadna G. García

 

Si hay algo que caracterice los libros de poemas de Alberto Santamaría (Torrelavega, 1978), es su ruptura de las convenciones del género lírico. Desde que publicó El orden del mundo (2003), al que siguieron El hombre que salió de la tarta (2004), Notas de verano sobre ficciones del invierno (2006), y Pequeños círculos (2009), Santamaría ha ido realizado un doble itinerario creativo: se ha acomodado al género (imágenes, métrica), pero a la vez, ha huido de sus reglas. La Poesía es una institución cultural, y por esa razón, se ofrece al cambio. Desde sus orígenes, ha evolucionado por un intenso juego de hibridación con otros modelos de representación de la vida y su heterogeneidad (los cantares de gesta, las leyendas populares, la épica culta…). Ya en el siglo pasado, la lírica llegó a fundirse, incluso, con los nuevos soportes discursivos (el cine, el cómic). Es decir, que los géneros se adaptan, dan respuesta a los lectores de cada época, gracias a los ensayos que algunos escritores realizan con ellos. Así, por medio del contacto intelectual entre pintores y poetas, nos legaron las Vanguardias el creacionismo, el ultraísmo, el dadaísmo y el surrealismo. En Estados Unidos, por ejemplo, también es evidente la influencia que ha ejercido la pintura abstracta en los poetas de la “Escuela de Nueva York” (Frank O´Hara, John Ashbery). Alberto Santamaría, pues, se suma con su obra al loable intento de enriquecimiento y de renovación del arte poético.

 

Interior metafísico con galletas toma su título de un lienzo del pintor romano Giorgio De Chirico, fundador del movimiento Escuela metafísica. Éste se caracteriza por la observación de objetos descontextualizados, a los que no se asigna su función habitual. De esta forma, a través del misterio, del extrañamiento que niega las expectativas culturales de quien mira los cuadros, se pretende encontrar el alma de las cosas. Esta es la idea, entre otras, sobre la que gira la película Dark City (1998), pero aplicada a los hombres. No hay nada consabido. Lo real es una cuestión creativa. Aquello que perdura, pese al cambio, debe de ser la verdadera esencia de los individuos.

 

Alberto Santamaría, en Interior metafísico con galletas, también indaga. Con su obra propone a los lectores un viaje interior: la búsqueda implacable de sus miedos y la constatación de su vacío. Para lograrlo, se ha metido en la piel de un pintor. Los poemas son apuntes. El libro, una carpeta de esbozos. Y su casa, un taller donde ensaya posibles representaciones del mundo. No le sirven todas. Sólo acumula imágenes que connoten muerte o soledad (“latas oxidadas”, “lonchas de pescado” colgadas de un gancho, “vaso vacío”…). Santamaría construye paisajes estáticos, de los que hace cómplice al lector. (“¿Qué añadirías tú”?). Continuamente apela a su mirada para que complete la obra, y de este modo, la reciba con todos sus matices. La lectura se convierte en un acto de creación de sentido y de fijación de un horizonte estético.

 

El discurso expositivo del libro, la reflexión meta-literaria, el verso libre, el registro cotidiano, el carácter provisional de lo descrito, el desorden, la parodia, las dudas compositivas (“¿Puede faltar algo?”), suponen un esfuerzo titánico por asfaltar un nuevo carril al género lírico. En Interior metafísico con galletas lo real son piezas intercambiables, distintas formas que vienen a expresar la misma incertidumbre. Con todo, el poemario se alza sobre dos símbolos tradicionales: el viaje y la noche (del gusto de los poetas místicos), que garantizan la aventura del encuentro con la propia conciencia y su (posible) reconstrucción.

 

Alberto Santamaría ahonda en cuestiones existenciales con su poemario haciendo del modo de representación una nueva incógnita. Tranquiliza saber que cuando se fracturan los valores y las creencias en Occidente (lo que motiva la evolución de los géneros literarios), hay cosas que no cambian: que los mejores libros dialoguen con su momento histórico, y asuman su visión. Interior metafísico con galletas lo consigue de sobra.

 

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