El recurso del método (René Descartes, I)

Por Óscar Sánchez.

“El Sr. Descartes, que era sin duda uno de los grandes espíritus de este siglo, se ha equivocado de una manera muy clara, y otros muchos ilustres personajes con él: no por ello se ponen en duda, sin embargo, sus luces ni su meticulosidad.” –Carta a la princesa Elisabeth, 1678, G.W. Leibniz.

 “La formula para trastocar el mundo no la buscamos en los libros sino vagando.”- Guy Debord.

 

Henos aquí jugando a las presentaciones con Monsieur Descartes, como si hiciese falta, siendo uno de los pensadores que más afecto y adhesión personales ha creado a su alrededor en la cultura a lo largo de los tiempos, siendo como es el mayor de todos en esta peculiar especialidad intelectual -para la que también hay que valer, sin duda-, que consiste en saber irradiar confianza cordial en una filosofía y su autor. “Personales”, decimos, porque el magnetismo que hay que atribuir a otros colosos como, por ejemplo, Karl Marx, aunque numéricamente es masivo en comparación con las pequeñas cofradías formadas aquí y allá en torno al “sentimiento de Descartes”, resulta una simpatía que radica, sin embargo, en una atracción de naturaleza radicalmente distinta: dura, idolatra, grupal, organizada -a veces incluso fanatizada-, y, en general, más parecida al efecto mecánico que la influencia de la luna ejerce sobre las mareas que al efecto solitario, íntimo, espiritual, que, más semejante ahora al hechizo que la luna ejerce sobre los lobos o los enamorados, René Descartes produce entre sus exquisitos cultores. Conviene especificar, pues: Descartes, ya está dicho, es el autor más “personal” de los tiempos modernos, en el solo sentido de que a Descartes se le tiene -literatos, profesores de filosofía, poetas, gente de a pie aficionada, etc.- auténtico cariño a primera vista, una afinidad de cuya sinceridad cabe tanto menos sospechar cuanto que el propio Descartes apenas dio pie para ello. ¿Pero cómo se puede uno prendar de esa manera de un clásico más bien estirado que, además, no escribía sino -prácticamente en exclusiva- sobre ciencias? La respuesta más inmediata es El discurso del método, radiografía en miniatura del feelling cartesiano de la filosofía, breve pero gran libro para juzgar el cual suscribimos aquí la frase de Leibniz que encabeza este comentario, es decir, que sí, que Descartes es un portento singular de las ciencias, aunque es igualmente cierto que se equivocó mucho en cuestiones metafísicas, para las que quizá estaba por su formación menos dotado, pero en las que no cabe duda que se demostró incomparablemente original a su irrepetible manera.

No  obstante, la originalidad tiene un precio… ¡Dudar de la validez para el conocimiento de todo aquello que no sea tan evidente como un teorema matemático! ¡¿Qué nos quedaría, qué podríamos pretender conocer de las leyes que rigen el mundo que nos rodea?! Se abre un abismo espantoso de incertidumbre bajo los pies del hombre que tiene poco de novedoso de mi parte subrayar ahora; creo, pues, que conviene “dudar de la propia duda”, como escribió en su día Manuel Vázquez Montalbán -seguramente tomándolo de algún slogan del Mayo francés… Dijo Karl Löwith que El Discursoes la entrada en escena del hombre secularizado, o, lo que es lo mismo: el manifiesto fundacional donde el hombre individual, encarnado por el propio Descartes, se emancipa del paternalismo del dogma religioso, adquiere voz propia y decide autónomamente hacer de su propio entendimiento la medida de un mundo que, a partir de ese instante, pasa a ser el suyo propio. En este concreto aspecto, la cita de Debord que hemos consignado arriba define la actitud inicial de Descartes: el desarraigo de la cultura heredada, el impulso a alejarse de las confusiones del pasado, el rechazo del peso de las autoridades tradicionales, y, derivado de todo ello, el anhelo de dejarse ir y mirar el mundo con los propios ojos. Todo esto, un tanto hagiográfico, que señala la leyenda del Descartes beatnick, siendo rotundamente cierto, es sólo la mitad menos valiosa de la verdad. La otra mitad consiste en la búsqueda por parte de Descartes del equilibrio que saque de la duda y del “vagabundeo” proporcionándole la tarea que le devuelva no solo a un mundo suyo, sino a la restauración de un mundo común, del mundo a la medida del hombre secularizado mencionado por Löwith. Y esta tarea de reconstrucción es la que facilita justamente el método: Descartes es, sobre todo, el filosofo del método y de la confianza metódica, tanto en la matemática como en la antropología, en la ciencia igual que en la vida. El “recurso del método” -título que hemos tomado, claro, de Alejo Carpentier- es precisamente el recurso a un camino seguro (esto significa meta-odos: camino) que desde el naufragio restituya a la salvación en la certeza. Por consiguiente, son “el” Método científico, y “la” Certeza objetiva obtenida con él, los temas dominantes de la melodía cartesiana, y también el legado más importante dejado por el filósofo para el futuro. Si, además, pensamos en que los únicos predecesores en este punto que tuvo Descartes fueron Galileo Galilei -que no dejó más que indicaciones poco claras acerca del uso del método hipotético/deductivo-, y Francis Bacon -que once años antes de la publicación de El Discurso… proponía un método negativo (la previa supresión de los idola condicionantes del juicio) de observación experimental que daba lugar tan solo a generalizaciones probables-, comprenderemos mejor el tremendo impacto que supuso la sencillez, claridad y eficacia de la sistematización cartesiana del saber en los tiempos modernos, convincente en ciertos importantes aspectos para algunos recalcitrantes lectores incluso hoy en día.

¿El truco? Pues el gran truco, además de ese estupendo retrato de Hals –probablemente la mejor pintura de filósofo de nuestra historia-, estriba en que Descartes reduce a un único tronco común la constelación de las ciencias que le precedían. Aristóteles, en efecto, había dividido las ciencias conforme al género de realidad al que se aplicaban, y, así, no era lo mismo encargarse de la Geometría (que pertenece al género de las figuras), que de la Aritmética (que pertenece al dominio del número); no digamos ya si además hablamos, por ejemplo, del reino del Color y de la Luz, que precisa de una clasificación aparte. Descartes, sin embargo, conjuga ambas en su creación de la Geometría Analítica, y hace de la teoría de la luz un capítulo de la Cinética con arreglo a esa nueva Geometría -no debemos olvidar que El Discurso… es la introducción general a tres tratados científicos. En cuanto a su más resonante descubrimiento, aquel que reza “pienso luego existo”, será reseñado sin piedad en siguiente entrega.

 

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