Edvard Munch. El alma pintada

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Por Inmaculada Real López.

 

Fuensanta Niñirola

Edvard Munch. El alma pintada.

Ártica Editorial ,2012. 207pp.

 

La crítica literaria, Fuensanta Niñirola, acaba de publicar recientemente Edvard Munch. El alma pintada, una interesante monografía donde la vida y la obra del artista noruego, son el tema central. Sin olvidar, claro está, el contexto cultural del periodo que le tocó vivir. 

 

La enigmática figura de Munch ha despertado el interés por descifrar el lenguaje atormentado y personal que transmite en su propia obra. A pesar de que, toda obra queda enmarcada en unas tendencias estéticas o corrientes artísticas, el gran peso de la expresión se convierte en el espejo de la mente del creador.

 

Yo heredé dos de los más mortíferos enemigos de la Humanidad: la tuberculosis y la locura. Enfermedad, locura y muerte fueron los ángeles negros que velaron mi cuna al nacer”.

 

Coincidió con el periodo de reavivación del misticismo y esoterismo, así como el humanismo. Los artistas y literatos juegan con las analogías en la estética simbolista. Munch señaló: “¿Advierten los colores su música, y la música sus colores? (La poesía y las palabras son reproducciones de la música y de las impresiones de colores)”.

 

Su compleja personalidad, de carácter atormentada y problemática, tiene su fiel reflejo en sus obras, pues el arte se convierte en una vía para expresar las angustias que le perseguían desde la niñez. Pasa del interés de lo irracional, sobrenatural y espiritismo de sus inicios, al misterio, sentido de la vida, la existencia humana, y el deseo de captar en su obra la fuerza vital de la naturaleza.

 

Por encima de todo, el arte representa la necesidad del ser humano de comunicarse con otro. Por cualquier medio. En pintura, como en literatura, a veces se confunde los medios con los fines. La Naturaleza constituye los medios, no la finalidad. Si uno puede lograr algo cambiando la naturaleza, debe hacerlo”.

 

Siguiendo su carácter individualista, utilizó diferentes soportes y técnicas en sus obras plásticas, como grabados, dibujos, lienzos, y como complemento realizó diarios, poemas y escritos diversos. Retoma la emergencia de la línea, bajo el influjo del grabado japonés, de forma curva, sinuosa, oscilante, delimitando interior y exterior, como en El Grito.

 

Munch viajó varias veces a París, allí contempló en los museos las obras de Monet, Renoir, Seurta, Sisley, Degas, aprendiendo nuevos caminos, aportándole nuevas ideas para explorar, dejando una huella imborrable que se reflejará en su producción pictórica.

 

Con respecto a su paso por Berlín, es bien conocido el escándalo que causó la obra expuesta en 1892 que llegó a clausurarse a la semana de su inauguración. Los periódicos, que consideraban que era inmoral exponer un arte tan degenerado, lo calificaron como “un insulto al arte”.

 

Asimismo, las relaciones atormentadas con las mujeres se reflejaron en sus obras como Salomé, La muerte de Marat o Vampyr, donde se representa la muerte del hombre causado por la figura femenina.

 

Reunió una obra muy extensa, que como señala la autora “le gusta verla reunida, por lo que lega su totalidad a la ciudad de Oslo y a Noruega”, que junto al Museo Munch, disponen de la colección más completa de este artista.

 

Plantea F. Niñirola que a Gaugin le identificamos por la obra tahitiana, a Van Gogh con unos brillantes girasoles o con la propia imagen distorsionada, pero ¿Por qué Munch es identificado generalmente con El Grito, cuando tiene obras que son mucho más elaboradas? Toda la obra de Munch es un grito de dolor o un gemido de placer, y la expresión del yo interior, de la intimidad, cruda, pura y dura.

 

Señaló Munch que de su padre heredó la semilla de la locura: “Los ángeles del miedo, el dolor y la muerte permanecían a mi lado desde el día en que nací. Me seguían cuando jugaba; me seguían por todas partes. Me siguieron en el sol primaveral y en la gloria del verano. Permanecían junto a mi cama cuando cerraba mis ojos, asustándome con la muerte, el infierno de la noche mirando a mi alrededor en la habitación con miedo salvaje: ¿estaba en el infierno?”.

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