Ocupar el Congreso: limitaciones y posibilidades

Por Layla Martínez.

 

La convocatoria

La convocatoria de rodear el Congreso el día 25 de septiembre se ha desarrollado en medio de la confusión. En un primer momento, la idea partió de la plataforma ¡En Pie!, que en un comunicado hecho público en su blog planteaba la necesidad de ocupar el Congreso hasta que el Gobierno dimitiese y se iniciase un proceso constituyente. La difusión de la iniciativa hizo que se fuesen adhiriendo otros grupos, vinculados fundamentalmente a las asambleas de barrio y el Movimiento 15M, lo que hizo necesario redefinir la iniciativa. Y aquí es donde todo empezó a estar rodeado de cierta confusión. Por un lado, la prensa –que debe la mitad de los contenidos del telediario a Youtube y la otra mitad a Twitter- difundió la convocatoria demasiado pronto, cuando aún era solo una idea sin definir que circulaba por las redes sociales. La posibilidad de retransmitir la toma del Palacio de Invierno versión 2.0 era demasiado tentadora.

Por otro lado, la maquinaria represiva se puso en marcha, y comenzaron a desplegarse diferentes estrategias pensadas para frenar la capacidad de acción del movimiento. La primera y más evidente fue agitar el fantasma de la violencia. Diferentes tertulianos y representantes políticos lo equipararon prácticamente con el un golpe de Estado, disuadiendo de que se acudiese. La segunda estrategia, menos evidente, fue la de lanzar el rumor de que detrás de la convocatoria se encontraban grupos de ultraderecha. El Ministerio del Interior, con varios policías siguiendo el 15M desde dentro (un saludo a todos ellos desde aquí), sabía perfectamente de dónde procedía la convocatoria (de hecho los nombres y apellidos de esta persona han sido incluso publicados), pero aún así trasmitió esa información a la prensa con el claro objetivo de desmovilizar al movimiento. Entre lista negra y lista negra (a las que tengo la esperanza de entrar después de este artículo), la Delegada del Gobierno Cristina Cifuentes declaró a la prensa el pasado 27 de agosto que detrás de la convocatoria estaban grupos de ultraderecha y ultraizquierda, a pesar de saber positivamente que no era cierto.

Para intentar frenar esta confusión, las diferentes asambleas y movimientos sociales que se habían adherido a la iniciativa pusieron en marcha una Coordinadora que empezó a funcionar el día 25 de agosto. Esta coordinadora adoptó una forma de toma de decisiones horizontal y abierta, basada en la realización de asambleas públicas y en la puesta en marcha de grupos de trabajo para sacar adelante las propuestas concretas. La plataforma ¡En pie! decidió no integrase en ella, pero está participando en el proceso de forma conjunta. Este proceso que aún no está cerrado, por lo que habrá que continuar atentos a su desarrollo. 

 

Los objetivos

 Una de las primeras acciones de la Coordinadora fue sacar adelante un manifiesto en el que se exponían las principales líneas de actuación del movimientos y sus principales motivaciones. Estas son fundamentalmente tres :

–         Mostrar el rechazo a que las decisiones políticas respondan a los intereses del sistema capitalista  y no de los ciudadanos.

 

–         Realizar un acto de desobediencia frente a imposiciones injustas que violan derechos básicos como la sanidad, la educación, el trabajo o la vivienda.

 

–         Exigir la dimisión del Gobierno e iniciar un proceso constituyente abierto a la participación de toda la población de forma colectiva y horizontal.

 Se sentaban así las bases para una definición más clara del movimiento, que irían concretándose después en asambleas y grupos de trabajo. En cualquier caso, todas las acciones partían desde una estrategia de confrontación basada en la desobediencia civil y no en el uso de la violencia. Por otro lado, la decisión de acampar o no en las inmediaciones del Congreso se dejaba a la libre elección de los distintos colectivos, ya que depende en gran medida del desarrollo de la protesta.

 

 Las limitaciones

 Desde mi punto de vista, la acción del 25 de septiembre se enfrenta a varios riesgos que pueden perjudicar su capacidad de provocar cambios reales en el sistema:

–         Perder la iniciativa: un movimiento es fuerte cuando es capaz de plantear sus propias iniciativas con independencia de las estrategias de control y represión que esté desplegando el sistema en ese momento. Los cambios políticos y sociales requieren propuestas en positivo, y no únicamente respuestas a las acciones llevadas a cabo desde el poder. Es decir, requieren poner en marcha una línea de acción propia, y no solo iniciativas puntuales después del anuncio de un nuevo recorte, un nuevo decreto o una nueva ley. La acción del 25S es una buena acción entre otras cosas porque es independiente, pero no debe perder esa iniciativa. Esto no quiere decir que no haya que protestar ante un recorte o una nueva ley que nos perjudique, pero sí que no debe ser lo único, y ni siquiera lo más importante. Protestemos contra los recortes en la sanidad, pero sobre todo construyamos redes de asistencia sanitaria alternativas. Protestemos contra el paro, pero a la vez comencemos a construir cooperativas de trabajo y a ocupar fábricas. Si no queremos que las ruinas de esta sociedad nos caigan encima, empecemos a construir la nueva.

–         Caer en la trampa de los medios: toda acción política implica la visibilización de un conflicto y, por tanto, conlleva cierto grado de tensión y violencia. Toda acción de desobediencia civil, incluida una sentada o no pagar en el metro, en violenta, en la medida en que atenta contra uno de los pilares fundamentales que sostienen el sistema: nuestra sumisión. Para el sistema, todo el que desobedece es violento, aunque no haya incendiado un contenedor ni haya tirado una piedra. Con esto no quiero decir que, como nos van a llamar violentos de todas formas, hagamos lo que queramos. No es eso. Se han consensuado unas acciones pacíficas  y es lo que debe hacerse (entre otras cosas porque si es pacífico se evita el delito de sedición, que implica penas importantes de prisión),  pero hay que evitar caer en la trampa de plantear las acciones de cara a la galería, pensando en lo que van a decir los medios. Tomar las decisiones en función de lo que puedan decir los medios es un error, porque los medios no son otra cosa que los altavoces del poder. En resumen: acciones de desobediencia civil no violentas sí, pero porque el movimiento lo decida, no por el miedo a qué van a decir los medios, porque en un conflicto social los medios nunca van a estar de nuestra parte. 

–         No pasar de la indignación: la indignación es un buen primer paso, pero los siguientes son la movilización, la organización y la acción. Indignarse no basta.

 

Las posibilidades

La convocatoria para rodear el Congreso el día 25 de septiembre es una buena iniciativa por muchas razones, pero sobre todo porque es una posibilidad real de conseguir varias cosas:

 

–         El comienzo de un ciclo de movilizaciones: los cambios profundos no se consiguen con una única acción puntual, sino con la construcción de un movimiento sostenido en el tiempo, que luche tanto para evitar la puesta en marcha de medidas que nos perjudiquen como para construir las alternativas. En este sentido, la acción del 25 de septiembre puede ser un buen primer paso, porque, independientemente de que se consigan o no unos objetivos concretos, se está caminando en la construcción de un movimiento desde abajo y desde fuera del sistema. Incluso en el mejor de los escenarios, en el que se consiguiese la dimisión del Gobierno, sería solo un primer paso, porque entonces comenzaría la puesta en marcha de un proceso constituyente. Eso sí, un paso en la dirección adecuada.

–         La visibilización del conflicto: el 25 de septiembre supone la posibilidad de que los poderes económicos y políticos entiendan que no vamos a aceptar sumisamente que nos vayan quitando uno a uno los derechos que el movimiento obrero ha tardado más de un siglo en conseguir. Si queremos que sirva para algo, el rechazo y la oposición masiva a los recortes debe hacerse visible, y para ello salir a la calle en actos como el de rodear el Congreso es una buena oportunidad.

–         El aumento del descrédito en el sistema: el poder no es un objeto, no es algo que se posee como el que tiene una mesa o una silla. El poder es una relación: alguien tiene poder porque los demás se lo reconocen. En otras palabras: este sistema funciona porque nosotros permitimos que funcione, y permitimos que funcione porque nos han despojado hasta de la capacidad de imaginar otras posibilidades. El Capitalismo es una cuestión de fe: funciona porque creemos en él. Un buen ejemplo es el sistema bancario: los bancos funcionan porque la gente cree que los dígitos que aparecen en la pantalla del cajero o en la libreta de ahorros es dinero real. Pero si mañana la gente deja de creer que eso es dinero y quiere tener en su mano los billetes físicos, el sistema bancario se derrumba, porque la gente sacará su dinero en masa. Y lo mismo sucede con muchas otras cosas: el dueño de una fábrica lo es porque los trabajadores lo aceptan. Si mañana los trabajadores dejan de creer que tiene ese derecho y toman el control de la fábrica, el empresario simplemente tendrá que irse. Como consecuencia de la crisis económica, cada vez hay menos gente que cree en este sistema y el 25 de septiembre es una oportunidad de ahondar en ese descrédito. Ahora simplemente hay que empezar a creer en las alternativas.

 

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