Donde la muerte te encuentre

 

Donde la muerte te encuentre. Fernando Otero. XLIV Premio Ateneo Joven de SevillaLiteraria AlgaidaNovedad octubre 2012.

 

 


Algo que realmente se ha desarrollado en mí es la sensación de lo masivo en contraposición con lo personal; soy el mismo solitario que era, buscando mi camino sin ayuda personal, pero ahora poseo el sentido de mi deber histórico. No tengo hogar, ni mujer, ni hijos, ni padres, ni hermanos, ni hermanas. Mis amigos son mis amigos en tanto piensen políticamente como yo y, sin embargo, estoy contento, siento algo en la vida, no sólo una poderosa fuerza interior que siempre sentí sino también el poder de inyectarla a los demás y el sentido absolutamente fatalista de mi misión que me despoja del miedo.

Carta del Che a su madre Celia desde la India

 

 

1

Vallegrande (Bolivia).

10 de octubre de 1967

 

Una de las monjas que ocuparon la lavandería del hospital Nuestro Señor de Malta le inyectó formaldehído en la garganta para evitar la descomposición del cadáver del guerrillero. Antes de que periodistas, vallegrandinos y otros curiosos desfilaran ante el cuerpo, varias de las religiosas encomendaron su fe, como talismanes infalibles, a los mechones de cabello que cortaron de un pelo enmarañado. Con el torso desnudo, el cuerpo descansaba sobre una batea que habían depositado en una pila de hormigón de la lavandería. Se corrió la voz entre los pobladores de que el cadáver del comandante, con la cabeza alzada, los ojos abiertos y la mirada libre e inmortal, aún se aferraba a la vida. Parecía que sus ojos miraban a los curiosos como a veces los feligreses creen que miran, pestañean o componen un leve gesto sus imágenes religiosas a las que se encomiendan mientras las observan durante minutos.

A Félix Rodríguez, el agente de la CIA que tenía orden de interrogarlo, también le sobrecogió su mirada. Lo encontró sentado en el suelo unas horas antes de que lo ejecutaran. Tenía las manos atadas, los pies llenos de barro, la ropa hecha jirones con sangre asomando en una de las heridas del muslo. El rostro óseo y demacrado emergía oscurecido en la esquina de la habitación en la que se acurrucaba. «Aunque estaba vivo, era un montón de basura», recordó Rodríguez. Pero los ojos de ese despojo humano desangrándose en el suelo del aula recorrieron toda la habitación y se clavaron en los suyos hasta atravesarlos. No pudo sostenerle la mirada. Así que no soportó mucho tiempo en solitario ante aquel hombre atado y moribundo y salió de la escuela abandonada en el poblado de La Higuera.

En Vallegrande, horas más tarde, los mismos ojos abiertos del cadáver del Che Guevara sobre la pila de la lavandería y esa mirada indómita confirmaban que la energía de los muertos persiste en el mundo de los vivos. Pero no sólo la mirada de un fenecido pervivía en el lado real de la vida. Gracias al sargento Mario Terán, su verdugo momentos antes, también perduró su sentido del gusto, la saliva del Che en su inseparable pipa: un trozo de madera que le quitaría minutos después de dispararle varias ráfagas en el suelo. Su combatividad vital prendida para siempre en la carabina M-2 que el coronel Centeno le expolió y se quedó de por vida tras detenerlo. Por último, su pensamiento, mezcla de emoción arrebatadora y frialdad analítica, salvado del olvido gracias al coronel Selich, que se apropió del portafolios del Che ostentándolo como un trofeo taurino instantes después de la ejecución del guerrillero. Una de las monjas se santiguó tras contemplar por última vez el cadáver del comandante Guevara sobre la batea y murmuró: «Es el rostro de Jesucristo». Otra contestó: «Los comunistas no creen en Jesucristo».

 

2

 

Silebar

 

La noche que Ginés Maldonado abandonó Silebar para completar en La Habana su investigación sobre la muerte del Che Guevara, Raquel Osorio soñó que regresaba feliz de la recogida de aceituna para encontrarse con Ginés a la salida del instituto. Llegaba a casa y hundía su cuerpo desnudo en la bañera de zinc que sus padres aún conservaban. Embadurnaba en aceites y sales su piel y contornos redondeados que un día hechizaron a Ginés Maldonado y, por último, mimaba sus manos con olorosas cremas, unas manos endurecidas por el trabajo en el campo. En su sueño, Raquel Osorio se miraba al espejo y no se reconocía; no pensaba que el amor por un hombre hubiera convertido a una mujer campesina, tosca y sencilla en una señorita moderna repleta de afeites cosméticos impensables para una fémina de Silebar. Se paseaba por delante de la Venta de los Tres Gatos del brazo de Ginés Maldonado y muchas o todas las mujeres de Silebar envidiaban la conquista del guapo forastero. Pero al despertar, nada de eso era cierto, y supo que él ya no estaba, que no iba a recogerlo a la salida de las clases, que jamás se pasearía por las calles de Silebar agarrado de su brazo.

 

 

La llegada, ese momento absoluto que determinará la emotividad que transmite un lugar. El aterrizaje en cualquier parte, esa fotografía de la percepción. Esa primera impresión del paladar aglutinadora de todas las sensaciones que vendrán luego. ¿Cómo forja nuestro cerebro esos primeros instantes? ¿Cómo huelen los primeros aromas del nuevo aire? ¿Cómo fija nuestra retina el paraje descubierto?

Nota de Ginés Maldonado

 

(…)

 

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