Y Marías dijo no

Por Arcadio García.

Cabe la posibilidad de que a partir de ahora se produzca una oleada de artículos que reflexionen en relación a Javier Marías y su controvertida decisión de renunciar al Premio Nacional de Narrativa. Me he tomado la libertad de realizar una glosa de urgencia de las conclusiones a las que llegaran todos esos textos a fin de ahorrarles a ustedes prolijas lecturas de disertaciones fatigosas. Pero no se lleven a engaño, ni soy una ONG ni mi acto obedece a un arrebato de altruismo intelectual. En realidad pretendo ganarlos como lectores porque estoy harto de vivir en la misma casa en la que viven mis dos únicas lectoras: mi mujer y mi hija.

Las conclusiones que alcanzarán esos artículos se acabarán reduciendo a dos que no solo no se excluyen sino que se complementan. La primera  de ellas pondrá énfasis en la animadversión que al autor de Tu rostro mañana le inspira la figura devaluada de los políticos en particular y de las instituciones públicas en general, a las que el escritor fustiga sin descanso en artículos y entrevistas. Y para datar el principio de la ojeriza de Marías se remontarán en el tiempo y darán buena cuenta del trato del fue objeto su padre, el filósofo Julián Marías. Encerrado en prisión por la delación de unos de sus mejores amigos, salvó la vida casi de forma milagrosa pero fue condenado al ostracismo intelectual y a no ejercer la docencia universitaria, circunstancia que se corrigió transcurridos algunos años, lo que no fue suficiente para que en democracia ninguna institución tuviera a bien reparar el oprobio y reconocer con un premio la contribución literaria del filósofo.

 La segunda conclusión en torno a la que disertaran los artículos tendrá por objeto la condición un tanto belicosa de Marías, que le ha granjeado no pocas antipatías y una reputación de escritor airado. Marías, más que cualquier otro autor español actual (con la salvedad de su colega Arturo Pérez-Reverte, con quien parece que se disputa el primer puesto de escritor que la lía más gorda), parece poseer, en efecto, una predisposición natural para aglutinar afrentas e involucrarse en toda suerte de rencillas y litigios, y no desfallecer hasta que le asiste la razón en todos aquellos asuntos en los que cree que está de su lado, como bien saben Gracia y Elías Querejeta, directora y productor de El último viaje de Robert Ryland, película inspirada en Todas las almas, a los que el escritor llevó a los tribunales porque consideró que el filme no respetaba la obra, lo cual, dicho sea de paso, era cierto. Marías no cesó hasta que la justicia le dio la razón y su nombre y el de la novela fueron eliminados de los títulos de crédito.

Una vez resumidas las conclusiones a las que llegarán los artículos de marras, les confesaré que uno no entiende cómo es posible que habiendo indicios suficientes para suponer que Marías rechazaría el premio, el jurado se ha empeñado en concedérselo. En mi modesta opinión se necesita padecer un déficit de atención notable para no haber acertado a detectar las pistas que Javier Marías ha dejado caer durante todo este tiempo. Para empezar, bastaba repasar sus textos. Se aducirá que Marías es un autor muy prolífico que cuenta con millares de artículos en su haber. No es excusa. El número en los que se ha quejado ha sido tan considerable que de haberlos depositado todos en un saco y extraído uno al azar las probabilidades de sacar el único en el que no lo había hecho eran escasas. Pero si uno es indulgente y pasa por alto ese desliz, se da de bruces con otra negligencia similar, si no más grave: Marías había rechazado este mismo año otro premio dotado de quince mil euros, al parecer aduciendo las mismas razones. Bastaba, entonces, que alguien en el Ministerio de Educación sumara dos más dos. Así las cosas, digamos que uno es benevolente y se aviene a comprender que en el Ministerio de Educación todos sus integrantes son estrictos hombres de letras y, como tales, rompen a temblar y a sudar en presencian de una suma, y, por tanto, no se creen cualificados para realizar una operación aritmética de semejante calibre. En ese caso, bastaba, creo yo, echar mano de hemeroteca y rescatar estas palabras pronunciadas por Marías: «No recibiré ningún premio institucional». Habrá quien argumente que la frase es ambigua y alambicada y se retuerce sobre sí misma, como todas las frases de Marías, y que para desentrañar su verdadero sentido se precisaba un manual de retórica y hermenéutica del que en esos momentos se carecía en la sala donde deliberaba el jurado, porque el único manual con el que contaban había sido sustituido por una flamante colección encuadernada en tapa dura con incrustaciones en oro de los ejemplares del Marca, cuya lectura, parece ser, es obligatoria en el Ministerio.

No faltará quien sostenga que se trata de una estrategia deliberada del ministro para que la cuantía del premio se quede en las arcas del Estado. Es posible. Tampoco faltará algún iluminado que acuse a Marías de proceder con resentimiento, como si el ejercicio de la escritura redimiera a un escritor de su naturaleza humana o la literatura, ay, ayudara a manejarse en la vida con emociones distintas a la de cualquier otro ciudadano.

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