Salvador Gutiérrez Solís: «No todos situamos las cimas en el mismo lugar»

Por Care Santos.

Con una trayectoria narrativa sólida a sus espaldas, en la que destaca El sentimiento cautivo o El orden de la memoria, Salvador Gutiérrez Solís (Córdoba, 1968) sorprende ahora con una novela generacional que debe su título a una amarga metáfora: la del escalador que fallece en su intento por llegar a una cima imposible. Con mano sólida, el narrador andaluz demuestra su habilidad para diseccionar los sentimientos de sus contemporáneos, al mismo tiempo que habla sobre lo que de verdad tiene relevancia en la vida. En esta entrevista, Gutiérrez Solís habla de cómo entiende su novela, las dificultades que le planteó diseñar unos personajes familiares y su modo de vivir la literatura.

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-Corríjame si me equivoco pero esta novela me parece una especie de alto en el camino. Pasada la cuarentena, me detengo, miro a mi alrededor, y esto es lo que veo. ¿Es así?

Y continuaría: miro lo que he hecho y miro lo que quiero hacer, y compruebo si cuento con la fuerza necesaria para proseguir con la escalada.  Si es que quiero seguir escalando, no todos situamos las cimas en el mismo lugar. Ese es el territorio sobre el que se extiende El escalador congelado.  Ese territorio cada vez más difuso, por multitud de circunstancias, en el que abandonamos definitivamente la juventud, o buena parte de sus hábitos y matices, para pasar a ese estado/estadio que también es un paradigma de lo difuso y que definimos como edad adulta. Es una novela sobre la indefinición, sobre las oportunidades perdidas, pero también de las aprovechadas. Pero sobre todo, y por encima de todo, es una novela sobre el amor y lo que somos capaces de hacer —o de no hacer— con tal de alcanzarlo y sentirlo aunque sólo sea durante un momento.

-Los personajes de su novela son perdedores. Con matices, pero perdedores. ¿cree que la derrota es un sentimiento con el que se puede identificar nuestra generación?

Yo no los contemplo como unos perdedores. No todos son unos perdedores, en el sentido más convencional que le podamos aplicar al término.  Posiblemente porque no sabemos lo que es perder, ya que tampoco sabemos lo que es ganar. O puede que haya miles de definiciones, las mismas que personas. Seguramente mi victoria es la derrota del que me mira desde la distancia, y viceversa. Por tanto, ganar y perder en aspectos personales, vitales, es muy relativo. Seguir viviendo puede que sea ya una victoria.

Es cierto que la generación que en la actualidad oscila entre los 35 y 45 años cuenta con grandes similitudes con las generaciones precedentes y venideras, pero cuenta, a mi juicio, con una gran peculiaridad que la diferencia y distingue. Nuestra infancia y primera juventud transcurrió en una sociedad, la española, que cambiaba a una velocidad vertiginosa. En muy poco tiempo pasamos del blanco y negro al color, de Paco Martínez Soria a Pedro Almodóvar, de Manolo Escobar y Camilo Sesto a la Movida, del papel de calco al correo electrónico, del tocino a la comida japonesa, de la dictadura a la democracia. Y todo fue muy rápido, muy rápido, tanto que sólo encontrábamos ventanas abiertas hacia el futuro y dejamos de pensar en el pasado. Crecimos con la certeza de que nuestra vida sería infinitamente mejor que la de nuestros padres, que contábamos con más y mejores posibilidades, que llegaríamos mucho más lejos, sin límites, hasta donde se nos antojara.

-Me llama la atención que sea una historia tan sensorial. Hay muchos sabores, olores, referencias concretas a comidas, a bandas y canciones… ¿A qué cree que obedece?

Transparencia y realidad. Nos comunicamos, interactuamos, a través de nuestros sentidos. Los sentidos nos muestran e interpretan lo que nos rodea, y esa información que nos transmiten la digerimos en nuestro interior. Necesito que el lector cuente con esos conocimientos, ya que la percepción de los personajes y de la historia va a ser más nítida, con menos filtros u obstáculos.

Durante años he negado que mi narrativa tuviera componentes o matices autobiográficos. Con el tiempo he descubierto que estaba completamente equivocado. Aunque no reproduzcamos ni un pasaje de nuestra vida real, contamos,  narramos a través de las percepciones que nos ofrecen los sentidos, los sentimientos y las emociones. Los nuestros.  Les regalamos a los personajes nuestros sentidos, ven nuestros mismos colores, huelen de forma semejante, sienten lo que nosotros sentimos y se emocionan con las mismas cosas que nosotros, o tratamos de aplicar y explicar cualquier emoción desde la percepción que nosotros tenemos de esa emoción.

También trato de reflejar en todas mis novelas esa convivencia que mantenemos con los objetos,  y que terminamos asimilando y admitiendo como partes esenciales de nuestras vidas. De hecho, no creo que imaginemos nuestras vidas ya sin ellos. Haga una lista y podrá comprobar todos con los que convive diariamente.

-Hay innumerables detalles de nuestra realidad cotidiana en estas páginas, es una novela contada desde dentro, por eso nos identificamos tan fácilmente con las vidas de sus personajes. ¿Obedece eso a su modo de concebir la novela en general o este libro en particular?

Me gusta definir El escalador congelado como una novela sincera, y esa sinceridad me ha conducido a personajes con los que nos podamos identificar la mayoría, y que llevan vidas que pueden ser similares a las nuestras. Esta búsqueda de la normalidad, de lo cotidiano, de lo común, me ha resultado una tarea muy complicada, muy exigente, que me ha dejado exhausto en multitud de ocasiones. Porque aunque pueda parecer una contradicción, es infinitamente más fácil narrar personalidades extravagantes o poco frecuentes, llámese asesino en serie, policía de oscuro pasado, millonario de turno o aventurero heroico, que personalidades que encasillamos en lo que conocemos como normal. Hay que buscar las grietas en el muro, la pintura que se cae, esos pequeños rincones que todos tenemos, en mayor o menor medida. Un personaje que ya cuente con una vida o característica que lo hace diferente te evita, en cierta manera, ese proceso de espeleología emocional.

-¿Escribir es un modo de postergar en entierro de Peter Pan?

Para mí, más aún: es un modo de vivir. O vivir, a secas. En cualquier caso, no creo que sea bueno enterrar definitivamente a Peter Pan, de la misma manera que no creo sea recomendable enterrar al niño que un día fuimos. Seguramente al niño lo controlaremos mejor, supeditados por lo que nos rodea, mientras que Peter será mucho más difícil de “domesticar” cuando tienda a expandirse, me temo.

Ojalá pudiéramos seleccionar lo más positivo de cada etapa vital para construirnos. No me cabe duda de que seríamos mejores, o, al menos, seríamos más felices, más auténticos, menos polucionados, más nosotros. 

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