Cuando la carne misma se convierte en arte

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Por Mario S. Arsenal

“A veces me pregunto por qué hice una cosa tan espantosa. Tal vez lo hice porque vengo de otro planeta, o de otra dimensión, o caí accidentalmente sobre la Tierra como un meteorito, disfrazado de bebé llorando en la calle. Mi madre me vio y se apiadó de mí. Debo venir de un lugar donde viven caníbales, y soy el único de mi especie que vive en este planeta”.

Estas palabras de Issey Sagawa, escritor y pintor japonés protagonista de un sonado suceso de canibalismo contra una estudiante neerlandesa de La Sorbona en los primeros años ochenta, sirven de obertura a Todos caníbales, la ópera experimental presentada en el marco del Festival Escena Contemporánea 2013 (estrenada en Mallorca el año pasado).

Todos caníbales. Festival Escena Contemporánea 2013

Rocío Ballesteros.

Y es que la cosa tiene miga. Mucha miga. Pero para ponernos en situación tenemos que remontarnos a marzo de 2001, momento en el cual Armin Meiwes y Bernd Jürgen Brandes conciertan un encuentro pretendidamente sexual por internet. Brandes, un ingeniero berlinés, responde al anuncio de Meiwes: “Se busca joven de entre 18 y 30 años para ser devorado”. Hasta aquí todo va bien, pero Meiwes se refiere al verbo devorar in strictu sensu, esto es, despedazarse e ingerir la carne resultante. Sólo recrear la escena puede ser un acto biliar, repugnante y fascinantemente maravilloso. Sí, he dicho maravilloso.

Maravilloso porque Fran MM Cabeza de Vaca (director y compositor de la pieza) tomó este episodio como punto de partida para comenzar la dramaturgia de Todos caníbales. Maravilloso porque el destello corporal de la coreografía ejecutada por Roberto Martínez se convierte en testigo de algo tan veraz que hiere. Maravilloso porque las dotes vocales de Christian Fernández Mirón llegan a alcanzar cotas insospechadas. Maravilloso porque Nou Ensemble (David Romero-Pascual al clarinete contrabajo, Myriam García al cello, José Pablo Polo con la guitarra eléctrica y el propio Fran MM al violín) despliegan un paisaje sonoro de altura en el que la paranoia, el caos y la crudeza son matrimonio indisoluble. Maravilloso también porque la escenografía de Benito Jiménez contribuye al buen funcionamiento de las acciones y se comporta más que solventemente. Maravilloso por todas estas cosas. Bajo el nombre de ópera experimental se desarrollan todas estas particularidades, y no sólo, ya que el action painting; el marco sonoro, con reminiscencias de la primera electroacústica de los años sesenta; o el siempre sugerente spoken word que otorga el tono de la acción junto a la música; todo ello tiene cabida en este espectáculo concebido como una criatura que se devora a sí mismo.

Y todavía hay más, ya que el protagonista sombrío de este delicioso espectáculo está cumpliendo cadena perpetua después de haberse querellado contra Rammstein o haber librado, entre otras cosas, una guerra judicial fallida en contra de la exhibición de la película que narró este singular acontecimiento (El caníbal de Rotemburgo, Martin Weisz, 2006).

Action painting (Mario S. Arsenal)

Mario S. Arsenal.

El espectáculo cierra de manera sutil e impresionante con textos de Fee Reega:

“Tú me devoras y yo te devoro; pierde quien es devorado primero. Soy un caníbal que tiene hambre, como casi todos los caníbales (…)”.

Algo puramente digno de presenciar. Esperemos que Nou Ensemble y compañía puedan pasearlo para darlo a conocer por el resto de la geografía española y que los contratiempos actuales no dificulten la exhibición de un espectáculo –cómo definirlo para no resultar repetitivo– tan maravilloso.

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