La vida de Pi, un producto “made in Taiwán”

 

Por Mariano Velasco

 

Los cuatro Óscar que la academia de Hollywood ha concedido a La Vida de Pi, la original y sorprendente historia dirigida por Ang Lee, están siendo celebrados por todo lo alto en Taiwán, lugar del nacimiento del director y donde este es considerado casi como un héroe nacional. Pero el éxito de La vida de Pi ha tenido también su reflejo en España, donde más de un centenar de personas, españoles y taiwaneses residentes en Madrid, se reunió la semana pasada para ver la última película del aclamado director en un pase especial celebrado en los Cines Princesa de la capital, organizado por la Oficina Económica y Cultural de Taipei (representación de Taiwán en España).

La vida de Pi, por la que Lee ha sido galardonado con el Óscar al mejor director, es un original relato de fe y supervivencia en el que se narra la peripecia de un joven hindú, quien sobrevive a un naufragio a bordo de una pequeña barca con la inquietante compañía de un tigre de Bengala. Además del Óscar al mejor director, La Vida de Pi, ha obtenido también la preciada estatuilla en las categorías de mejor fotografía, mejores efectos visuales y mejor banda sonora. Se trata además del segundo Óscar al mejor director de Lee, quien ya ganó el mismo premio en 2006 por Brokeback Mountain.

la vida de pi

La vida de Pi, de Ang Lee

 

Basada en la novela del mismo título del escritor canadiense – aunque nacido casualmente en Salamanca – Yann Martel, la película ha sido filmada casi en su totalidad en Taiwán, donde el equipo paso más de 400 días trabajando en uno de los proyectos más largos y complejos de cuantos ha acometido el director de Brokeback Mountain.

El propio Ang Lee, que en la actualidad reside en los Estados Unidos, ha comentado que no hubiera podido hacer esta película sin la ayuda de su país natal, en el que, sorprendentemente, encontró todo lo que necesitaba para rodar la historia. Y es que allí hay, entre otras muchas cosas, playas muy parecidas a las de México en el Parque Nacional de Kenting, al sur de la isla, e incluso una piscina de ambiente muy francés, como la que aparece en las primeras escenas de la película y de la que el personaje toma el curioso nombre que tantas mofas y bromas le acarreará durante su infancia.

Descendiente de padres que se trasladaron desde el continente hasta Taiwán tras la guerra civil china de 1949, es fácil  seguir en ciertos pasajes de La vida de Pi el rastro – ya sea consciente o inconsciente – de un fuerte sentimiento de pérdida y, sobre todo, de la frustración e impotencia que ocasiona en el ser humano el no haber tenido oportunidad de despedirse de los seres queridos: “me acuerdo de todo lo que pasó ese último día – dice Pi al relatar la despedida de su amada –  pero no recuerdo haberle dicho adiós”.

Ese sentimiento previamente contenido – Lee es un maestro en esto, ya lo demostró en sus anteriores películas y muy especialmente en Brokeback Mountain – acaba por desbordarse cuando la cámara del taiwanés se detiene, con especial cuidado y mimo, en el dramático y único instante en el que el siempre sereno y sosegado Pi, ya adulto, se deja vencer por las lágrimas al recordar el breve instante en que su feroz compañero de viaje le abandona sin siquiera dedicarle una mirada.

Independientemente de que uno conecte más o menos con el mensaje espiritual que la película contiene, no cabe duda de que nos encontramos ante una obra magnífica, sorprendente, original, visualmente impactante y, sobre todo, novedosa. Y es que si algo ha caracterizado y sigue caracterizando el cine de Ang Lee es la indudable capacidad del director taiwanés para reinventarse cada vez que se enfrenta a un proyecto nuevo tras la cámara.

Mucho se ha comentado acerca del sorprendente final de la historia, cuando la narración de los hechos da una vuelta de tuerca más sobre todo lo ocurrido y proponer una nueva interpretación: “¿y tú, con qué historia te quedas?, parece querer retarnos a los espectadores el protagonista. Ahí entra en juego una vez más el trasfondo religioso que subyace a toda la historia, y que Lee enfoca siempre desde una perspectiva aperturista y tolerante, como queriéndonos decir a gritos que vale, que cada cual podemos tener nuestra verdad, pero que estas no tienen por qué ser excluyentes.

Porque ya sea cada cual más o menos creyente, o esté incluso – como sucede con el padre de Pi – de espaldas a toda religión, lo que sí parece quedar claro es que existen muchas maneras de contar las historias  (unas bellas, otras que no lo son tanto y otras que son sencillamente crueles), pero que lo verdaderamente importante es que al final estas, las historias, nos sirvan de ayuda para poder mirar hacia adelante y, en definitiva, sobrevivir.

 

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