“La abolición del trabajo”, de Bob Black

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 Por Layla Martínez.

9788494029684_1Nuestra sociedad está organizada en función del trabajo. Cada día nos levantamos con el sonido de un despertador programado según unos criterios de producción que dicen que la mayoría de nosotros rinde más por la mañana, nos vestimos con la ropa elegida según las necesidades de nuestros puesto de trabajo, recorremos decenas de kilómetros para llegar a él y pasamos la mayor parte de la jornada repitiendo una serie de operaciones rutinarias, mientras nos vigilan con cámaras de seguridad, controlan nuestra productividad y cuentan las veces que vamos al servicio. A cambio, un sueldo que apenas cubre nuestras necesidades básicas y algo de tiempo libre que solemos emplear en descansar para poder seguir trabajando y en consumir algún producto que el sistema nos vende empaquetado como “ocio”. Es decir, explotación, frustración y alienación en dosis tan elevadas que los que engrasan la Máquina han tenido que inventar una nueva palabra para nombrarlo: estrés. Sin embargo, la solución es más sencilla de lo que parece: Nadie debería trabajar jamás, dice Black en uno de los arranques más provocadores de la Historia del ensayo. El trabajo es la fuente de casi toda la miseria existente en el mundo. Casi todos los males que se pueden nombrar proceden del trabajo o de vivir en un mundo diseñado en función del trabajo. Para dejar de sufrir hemos de dejar de trabajar. Estamos en el primer párrafo y Black nos acaba de enseñar la munición, pero ni siquiera ha empezado a disparar.

La primera bala da directamente en el blanco: nuestra vida como trabajadores. Para el autor norteamericano, la vida de un empleado no se diferencia en nada de la de un interno en una cárcel, un colegio o un hospital psiquiátrico: todos ellos son igualmente controlados, vigilados y disciplinados por una autoridad superior que les niega toda capacidad de tomar decisiones sobre su propia vida. Un trabajador es un esclavo a tiempo parcial. El jefe dice cuándo tiene que presentarse, cuándo tiene que marcharse y qué tiene que hacer entretanto. Decide cuánto hay que trabajar y a qué ritmo. Dispone de la libertad de llevar su control a extremos humillantes, reglamentando, si le parece, la ropa que puedes ponerte o la frecuencia con la que vas al servicio. […] Te hace vigilar por chivatos y capataces y compila dossieres sobre cada uno de sus empleados. Si alguna vez has creído que el trabajo dignifica, que es algo de lo que sentirnos orgullosos o que forma parte de nuestra identidad, Black acaba de tirarlo por tierra. No importa el tipo de trabajo que tengamos, en realidad no somos otra cosa que esclavos.

La segunda bala vuelve a dar donde duele: nuestro tiempo libre. Para Black, el ocio no es más que tiempo que el empresario no paga, a pesar de que lo dedicamos a recuperarnos de una jornada laboral para poder afrontar otra: Lo único que tiene de “libre” el tiempo llamado libre es que al jefe no le cuesta nada. Dedicamos la mayor parte del tiempo libre a prepararnos para ir a trabajar, regresar de trabajar y reponernos de trabajar. Tu ocio es el tiempo que pasas en el autobús, las cabezadas que das en el metro. Tu ocio es elegir entre una u otra marca de detergente en el supermercado, esperar la cola del Burger King, contar las veces que echan la misma película en la televisión. Tu ocio ni siquiera es tuyo: es Ocio®. 

200px-Bob_Black_(2011_BAAB)La tercera bala está reservada para un sitio especialmente doloroso: la prestación por desempleo. Para Black, el desempleo es la otra cara del trabajo, lo que nos hace desear este último porque nos recuerda que puede haber algo peor que trabajar, y es no poder hacerlo. Es decir, algo así como la amenaza de que te van a dejar ciego para que ser tuerto te parezca una buena opción. Para evitar que el desempleo sea fuente de inestabilidad social, el sistema establece un salario dedicado a comprar la paz social a precios irrisorios: la prestación por desempleo. En un momento en el que el mercado de trabajo español acumula más de seis millones de parados, seguramente esta reflexión sea más necesaria que nunca, ya que la necesidad de tener un trabajo está llevando a un profundo empeoramiento de las condiciones laborales y a una fuerte caída de los salarios, en una dinámica puesta en marcha por el propio sistema. Mientras, los empresarios se frotan las manos esperando a que los ciegos le saquen los ojos a los tuertos.

 La alternativa del autor a esta situación es la creación de una sociedad basada en el juego, en la dimensión lúdica del ser humano. Esto no significa que haya que dejar de hacer cosas, sino que el trabajo como sistema debe ser sustituido por diferentes formas de actividad libre. Para ello, Black propone eliminar todos aquellos trabajos que solo tengan como fin el control social o la reproducción del propio sistema, y organizar el trabajo restante en una serie de actividades placenteras sobre las que los individuos que las realizan puedan tomar las decisiones de forma autónoma. Es decir, se trata de poner en marcha una nueva organización social guiada por el bienestar de los individuos, y no por su capacidad de ser explotados en el mercado laboral.

Black plantea así una reflexión de muchas más profundidad de la que podría parecer en un primer momento. Detrás del tono mordaz y provocador y del aire panfletario que impregna todo el ensayo, hay una crítica muy acertada que atenta directamente contra la línea de flotación del sistema: el mercado de trabajo. Una crítica que muchas veces ha pasado desapercibida incluso para la izquierda más radical, que en la mayoría de los casos ha asumido una posición conservadora respecto a la existencia del trabajo asalariado, como si fuesen incapaces de imaginar la hipótesis de su eliminación. Sin embargo, en un momento como este en el que el mercado de trabajo parece estar implosionando a cámara lenta, esta reflexión es muy necesaria, ya que la metralla está a punto de alcanzarnos a todos. Además, el texto aparece en la que probablemente sea la mejor edición en español hasta el momento, tanto por la labor de traducción –nada fácil con un autor como Black, que utiliza muchos juegos de palabras, mucha jerga y muchos términos creados por él-, como por el acertado epílogo de Julius Van Daal, como por la labor de los propios editores, que poco a poco van construyendo un fondo editorial de esos que hacen llorar de emoción a los aficionados al ensayo.

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La abolición del trabajo

Bob Black

Pepitas de Calabaza, 2013

80 pp . ,  7,50€

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