El mundo no se acaba

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el mundo no se acaba

El mundo no se acaba

Charles Simic

 

Vaso Roto Ediciones

 

Por  Ariadna G. García

 

Simic nació en Belgrado en 1938. Su infancia transcurrió bajo la lluvia de bombas que asoló la ciudad y posibilitó la ocupación nazi. Es un niño de la guerra. En sus recuerdos aún truenan los cristales rotos o juega con sus amigos sobre la carlinga de un carro de combate ruso. A los dieciséis años emigró con sus padres a los EEUU, pero la sensación de provisionalidad no habría de abandonarle nunca. Acostumbrado a vivir situaciones desconcertantes desde crío, Simic asumió el permanente estado de vigilancia del exilio político, que acostumbraba a tener una maleta dispuesta para emprender la fuga. El miedo también fue su aliado. Quizá por todas estas razones, su lírica es breve, desnuda de ornato, reducida a su esencia. Viaja ligero de equipaje retórico. Somete a un arduo proceso de destilación sus ideas e imágenes, hasta quedarse sólo con la esencia. Ahí reside la verdad. Despoja de biografía al texto, como Juan Ramón. Y como Emily Dickinson, espera con paciencia el resultado final, esa gota exquisita que lo contiene todo.

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El mundo no se acaba (Premio Pulitzer de Poesía en 1990), por tanto, es un goteo silencioso, una caída suave de palabras en mitad de la noche. Los sesenta y seis poemas en prosa que lo constituyen son otros tantos cuadros minimalistas. Con ligeras pinceladas, Simic trata de sugerir diversas historias (una madre que sobrevive a un bombardeo, un pueblo medio abandonado, la soledad de los neoyorkinos, un emigrante chino que aguarda preocupado el regreso de su hija a la tienda…) recurriendo a nuestro subconsciente. Sus imágenes, surrealistas y absurdas, evocan sentimientos o situaciones que el lector reconstruye por intuición, por asociaciones emotivas (valga como ejemplo este poema, donde habla de la no identidad, y en último término, de la muerte: “La piedra es un espejo que funciona mal. Nada/ en ella sino penumbra. Tu penumbra o la suya, ¿quién/ sabe? En la quietud tu corazón suena como un grillo negro” pág. 47). La ironía de algunos textos produce un distanciamiento afectivo que bien puede relacionarse con el trauma que le provocó la Segunda Guerra Mundial (“Otro siglo al garete ¿y para qué? ¡Y todo porque hay/ gente que no sabe educar a sus hijos!” pág. 35). Libro en ocasiones hermético, El mundo no se acaba es la excusa perfecta para contrastar el impacto de una masacre, del hambre y de la angustia en los poetas españoles de la Generación del 50 y en los balcánicos. Para quienes renunciamos al olvido. 

 

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