“Taoísmo, budismo zen y cristianismo: tres caminos de espiritualidad universal”, de Federico Lanzaco Salafranca

Por Ignacio G. Barbero.

PORTADA-LIBRO-SPB0004267-MAX-500x500El tecnificado mundo que habitamos nos ofrece una multitud de experiencias lúdicas en constante cambio y renovación que, sin cesar, alimentan nuestro deseo. Poseen tamaña frescura y atractivo que se nos impone acudir a ellas en busca de satisfacción personal. Así, nace en nosotros una perpetua avidez de tener y vivir “lo nuevo” sobre la que tenemos muy poco – o ningún- control, ya que está determinada por lo que viene ofrecido desde el exterior, desde las ofertas del mercado. Por ello, la acumulación de vivencias nunca es suficiente, porque no dependen de nosotros: somos como un barril agujereado que es llenado a voluntad por una mano ajena.  Con esta constante presión, nuestro ego hinchado de estímulos deseos se deforma y queda asolado en una sociedad extraña: “el hombre de nuestra sociedad, a pesar de todas las innumerables experiencias y sensaciones superficiales de que disfruta, se siente cada más solo. Es el punzante sentimiento de vivir con una multitud solitaria.

Con estas palabras, Federico Lanzaco Salafranca legitima la necesidad de su obra, que parte de una división esencial: por un lado, están las “experiencias de superficie”, que disfrutamos en su alienante y difusa variedad, refuerzan el yo y nos aíslan del resto del mundo; por otro, la “experiencia de la profundidad”, imprescindible para que vivamos una existencia plena y armoniosa con lo que nos rodea y los que nos rodean: un volver a nacer al mundo, en unión plena y compasiva con él, que asume que somos una parte de un todo interrelacionado. Este segundo tipo de experiencia la desconocemos o, sencillamente, la despreciamos, pero está presente en tradiciones de sabiduría milenarias. A tres de ellas dedicará una cuidada atención el libro, con el objetivo de abrirnos el alma a esa “profundidad” ignorada en nuestra vida actual: Taoísmo, Budismo Zen y Cristianismo.

 

Taoísmo: “El camino [Tao] que puede explicarse no es el Tao eterno”. 

El pensamiento taoísta, de una profundidad conmovedora, supone la liberación de la vida determinada convencionalmente por la familia y la sociedad. El Tao es el camino del Hombre que vive en simplicidad y austeridad su unión natural con “la Tierra y el Cielo”, porque la “palabra” Tao describe el sencillo curso natural de las cosas, el eterno orden y armonía del universo. El Tao Te Ching (s. IV a.C), atribuido a Laozi, constituye la obra fundacional del taoísmo filosófico y expresa la experiencia profunda y personal de esa armonía, sin pretender construir un sistema de conceptos y leyes que den cuenta de ella. Laozi nos propone una visión sintética y contemplativa, casi descriptiva, de los nexos que unen al Hombre (y a todos los seres) con la Naturaleza (Tao): “Todos los seres se apoyan en el Tao para nacer y vivir, / y el Tao no les defrauda. / Cumplen su obra, pero no se la atribuye. / Alimenta a los diez mil seres con amor, sin intentar dominarlos /“Les da la vida sin reclamársela”.

El ser humano que abraza esos vínculos encarna el Tao, sigue el camino de la naturaleza, y posee, en consecuencia, una ejemplar ausencia de intereses, deseos y pasiones ante el mundo exterior de los fenómenos y estímulos que le rodean: “Enorgullecerse por haberse colmado de riquezas y honores/ atrae el infortunio. / Cuando terminas tu trabajo útil, / desaparece (…) “El sabio se ocupa de su interior/ no de sus sentidos (…) No hay peor calamidad que el deseo de poseer”. No tiene “nada” y todo lo que tiene lo emplea para ayudar a los demás. Además, su carácter está marcado por una proverbial sencillez, una actitud espontánea, inocente y no sofisticada, como la de un recién nacido: “Es preciso emplearnos en ser sencillos/ ser naturales, disminuyendo el egoísmo”. La última –y definitiva- virtud del maestro consiste en la práctica del “wu wei”, del “no hacer que hace”, a saber: evita la acción forzada, premeditada por un ego con intereses y deseos, dejando que las cosas sigan su curso natural: “El Tao es un eterno no hacer (…) los seres se transforman por sí mismos”. Por ello, al dedicarse al Tao, el maestro apenas hace nada y, sin embargo, nada queda sin hacer: “Convence sin hablar / consigue que las personas vengan/ sin llamarlas”.

Los ochenta y un capítulos del “Tao Te Ching” transmiten una experiencia directa de lo natural que conlleva una generosa sencillez, una ingenua sabiduría liberada de prejuicios conceptuales y una espontaneidad que comprende la estrecha relación del hombre con el resto de seres y el Universo. Además, la obra de Laozi nos hace ver que la mejor manera de comprender la realidad del Tao (y, por tanto, a nosotros mismos) no es reflexionando ni tratando de reducirla a conceptos. Como bellamente escribe Lanzaco Salamanca : “Un apacible remanso natural en la pradera, en el bosque o junto a la orilla del mar es el lugar más apropiado para la contemplación del Tao. El sonido del viento a través de los árboles, el murmullo de los pájaros, el arrullo de una corriente de agua, las nubes flotantes y caprichosas del día…”.

 

Budismo Zen: “Todas las criaturas carecen del propio ser y por eso son vacías”

Todo budismo parte de la experiencia profunda de Iluminación del Buda Siddharta Gautama. “El que ha abierto los ojos” (Buda) es el núcleo y fin de las enseñanzas budistas. El contenido de su “satori” o despertar fue sencillamente el ver las cosas tal como son, el captar la verdadera naturaleza de los fenómenos existentes. El contenido de ese “”ver las cosas como son” es captado como la raíz fundamental de todo ser, la cual no tiene forma ni atributos, sobrepasa todos los conceptos y distinciones racionales y va más allá de toda dualidad de sujeto-objeto. También es llamado “sunyata” o vacío, en alusión clara a la idea de que todos los fenómenos y entidades del universo son formas compuestas cuya característica esencial es la impermanencia y la interdependencia, a saber, nada tiene sustancia permanente e independiente del resto de seres (separada) y todo está, por tanto, “vacío”. Pero este vacío no es entendido de manera negativa o limitante, sino todo lo contrario: “penetra todos los fenómenos y hace posible su desarrollo y cambio”.

Tras esta necesaria aclaración, podemos reducir el despertar budista al descubrimiento de tres características distintivas de la existencia: la impermanencia (nada permanece, todobudaa nace, vive y muere), el sufrimiento (vivir es sufrir física y moralmente, como bien expone el Buda en el Sermón de Benarés), y la no-individualidad (el “yo” es una ilusión, al igual que cualquier entidad separada). No darse cuenta de la esencia de lo real y seguir ocupado y preocupado con las cosas del mundo –ilusiones tal y como las miramos y concebimos- nos mantiene en el círculo de nacimiento, vida y muerte (samsara) del cual no podemos salir. Dicen los grandes maestros budistas que no hay pasos que dar para llegar a la Iluminación; no hay un “discurso del método” al que acudir, porque las ilusiones y el despertar a la realidad insustancial e interdependiente de las cosas, al que acompaña un estado de absoluta calma (nirvana),  son las dos caras de la misma moneda. Ya estás en la realidad (sunyata) y la experiencia búdica únicamente activa un “cambio de mirada”: el reconocimiento del “vacío” del mundo ; los sabios que han pasado por esa experiencia no abandonan su vida diaria; al contrario, se dedican seria y comprometidamente a sus quehaceres cotidianos, porque entienden que no hay nada que buscar ni pretender. En silencio se quedan, como el Buda, ya que la Iluminación trasciende intelectualmente todas las categorías de una exposición epistemológica; no hay nada que explicar ni decir de manera coherente.

Nagarjuna, considerado el segundo gran sabio del budismo tras el Buda, expone ese descubrimiento del “vacío” del mundo de manera muy clara. Sunyata no significa aniquilación, explica, sino “sin impedimento, omnipresente, sin diferenciaciones, completamente abierto, sin apariencias”. Ningún ser llega a existir sin origen de dependencia, así que todo ser carece de naturaleza propia, esto es: está vacío. La realidad concreta es “vacío” y, por tanto, no hay divisiones que la puedan explicar ni diferencias que la puedan separar. Es pura posibilidad de cambio.

Los grandes maestros Zen (Dogen, Soseki, Hakuin, Nishida, Nishitani…), para componer su doctrina, seguirán tanto el despertar del Buda como las enseñanzas de Nagarjuna y el taoísmo.  Lanzaco Salafranca hace un repaso sintético pero exhaustivo de todos ellos, presentando sus particularidades y dejándoles “hablar”, cosa muy importante para entender esta milenaria tradición. Nishitani, el más contemporáneo de estos sabios, resume muy bien el potencial de verdad, realidad y compasión que implica la sabiduría budista. La nueva concepción científico-técnica, explica, nos conduce a una vida cada vez menos humana, sin corazón, separada de los demás y el entorno medioambiental. Por ello, “hay que despertar al vacío radical que abre el horizonte hacia algo más grande que nuestra existencia efímera. Al entender este “vacío”, esta interdependencia universal, desaparece nuestro “yo”, encerrado en el egoísmo de sus intereses y deseos privados y asimilamos un corazón compasivo universal” (p.62). La ausencia de egoísmo es lo que la experiencia budista experimenta como el “no-yo”, “vacío” o “sunyata”. Un amor compasivo abierto a todas las criaturas, que supera así las fronteras de lo humano y lo no humano.

El autor señala con mucho acierto, a modo de conclusión, que la clave del budismo es abrir los ojos a la comunión con todos los hombres y seres del universo, comprensión que es pura praxis cotidiana (como en el taoísmo) y puro compromiso.

 

Cristianismo: “Me tocaste y me abrasó tu paz”

Nuestro autor conoce a la perfección la tradición cristiana y se percibe con suma claridad en esta parte. Su primera aclaración determina desde el principio un interesante estudio teológico sobre el cristianismo: “Conocer a Dios es una experiencia vital, una experiencia de unión “sexual” con lo Otro”, porque el verbo conocer en hebreo implica contacto con lo conocido, esto es: se conoce al objeto en acción, en sus efectos.

Son estudiados en este capítulo San Agustín, Santo Tomás de Aquino, San Francisco de Asís, San Ignacio de Loyola y Pierre Teilhard de Chardin. Las palabras y los escritos de estos sabios tienen mucha más presencia que las explicaciones del autor, lo cual se agradece y permite una comprensión más pura de sus experiencias religiosas. Dos sabios destacan por la luminosa belleza en la descripción de su fe: San Agustín y San Francisco de Asís. Las “Confesiones” del primero y las “Florecillas de San Francisco”, donde se relatan la vida y obra del segundo, merecen ser leídos completamente para entender en qué consiste una experiencia de profundidad y las acciones que irremediablemente la acompañan.

El obispo de Hipona habla de Dios desde su corazón convertido, desde sus entrañas: “Nada sería yo, Dios mío, nada sería yo en absoluto si tú no estuvieras en mí, pero ¿no sería mejor decir que yo no sería en modo alguno si no estuviera yo en ti, de quién, por quién y en quién son todas las cosas”(…)“he aquí que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba; y deforme como era me lanzaba sobre las cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo. Aquellas cosas me retenían lejos de ti, las cuales no serían si no estuviera en ti. Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera; brillaste y resplandeciste y ahuyentaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y respiré, y ahora suspiro por ti; gusté de ti y ahora siento hambre y sed; me tocaste y me abrasó tu paz” (L.X de las “Confesiones”). Dios, expondrá también San Agustín, está dentro de nosotros y se encuentra en todos los seres del universo y sólo un corazón sincero y una mente libre de prejuicios, limpia, podrá llegar a comprender este hecho radical.

San Francisco de Asís hace de su pensamiento vida y celebra la armonía entre hombres y seres vivientes de la Naturaleza. No poseyendo nada propio en este mundo, vagando pobre por la vida, confíaba sus vida a la sola Providencia de Dios. Unas palabras atribuídas a él brillan con una luz sin par: “Señor, hazme un instrumento de tu paz; / que donde hay odio, siembre yo amor; donde haya injuria, perdón; / donde haya duda, fe; /donde haya desaliento, esperanza; /donde haya sombra, luz…/porque dando es como recibimos, perdonando es como nos perdonas…”. Hacer el bien en esta vida y cultivar el amor y la generosidad; la existencia como compromiso en acción enseña San Francisco.

Qué alejadas quedan estas experiencias de las que muchos ciudadanos de nuestras megalópolis tecnológicas sentimos, arrastrados por la vorágine de la velocidad de nuestros tiempos hacia un estrés casi crónico. Quizás estas tradiciones de espiritualidad universal ayuden a despertar la dimensión más profunda de nuestra existencia, abriendo las ventanas de nuestro corazón hacia nuevos horizontes. La clave es frenar un poco el ritmo vertiginoso de nuestros días y dedicar un tiempo a serenarnos, con la sencillez propia del que sabe que el progreso de “lo siempre nuevo” no tiene por qué ser siempre bueno. Esta obra nos ayuda a descubrir esto y a comprender que en el mundo hay algo más importante que nuestros propios deseos e intereses: la unión esencial con los demás seres (humanos y no humanos) y el amor que les debemos.

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“Taoísmo, budismo zen y cristianismo: tres caminos de espiritualidad universal”

Federico Lanzaco Salafranca

Ed. Verbum, 2009

113 pp., 10 €

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Una respuesta a “Taoísmo, budismo zen y cristianismo: tres caminos de espiritualidad universal”, de Federico Lanzaco Salafranca

  1. Hola parece que no conoce entonces mucho este diske espiritual ya que el cristianismo en todo es contrario al ZEN y al Tao

    Miguel Vicencio
    31 diciembre 2014 at 22:24 pm

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