Como amigo, Forrest Gander.

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El nacimiento

¿Y dónde estará el padre biológico de la criatura que va a nacer? A varios estados de distancia. En un remolcador de Nueva Orleans, en violentas aguas del golfo. Tampoco es que vaya a remontarse río arriba de regreso, con la paga de cinco semanas en la bolsa y sus botas de piel de anaconda, con tal de mordisquearle la hermosa oreja a una muchacha, a sabiendas, sólo a medias y cada vez menos y menos, de que comprometería su carismática y odiosa condición con quién sabe qué triste persona capaz de entreabrir los labios, recibir su catarata de mentiras y tomarlo por quien no es, desde luego. La madre de la muchacha encinta (niña, dirían algunos) pone su Biblia del Rey Jacobo en la silla de mimbre, junto a la puerta del segundo piso. Luego, entra a la habitación. Con la misma mirada con que reconoce a su hija, en camisón de algodón y calcetas largas, agitándose en la cama y gimiendo, distingue los estribos metá- licos vacíos, sobresaliendo como extrañas palancas a los lados de la cama: con su frío metálico resplandor, a la luz de tanta fatiga y ansiedad, parecen autorizar el sufrimiento. —Ay, hijita. —Con la boca seca, la viuda está de pie al lado de la puerta, y su alocución compasiva, sin la suficiente fuerza articulatoria, se disipa en el aire. Su hija, sin notar su entrada, se mece sobre manos y rodillas, entre los resplandecientes estribos, jadea, de cara a la pared, limpiándose el sudor contra el colchón. Le falta el aire, se rueda de costado, agotada y enorme: su vientre protuberante sobresale como la cabeza de un remache entre el delgado camisón. Delante de la cama, una ayudante, no mayor que la muchacha en trabajo de parto, se recoge un mechón de cabello castaño de la mejilla, con los hombros caídos. Mientras tanto, la muchacha encinta se retuerce sobre la espalda, agarrada al colchón. Otra ayudante adolescente de miembros largos enrosca y desenrosca las piernas en las patas del banco donde está sentada, al fondo, contemplando el espectáculo. Su despreocupación sugiere que nada de esto es nuevo para ella. Echa una rápida mirada sobre la viuda, congelada junto a la puerta. Sus ojos se encuentran. Luego deja de masticar chicle y vuelve de nuevo la vista al increíble vientre. Desde el rincón más lejano de la habitación, donde están el lavabo y la palangana, llega dando zancadas la partera, de cabellera negra como la crin de un caballo, joven, aunque les dobla la edad a sus dos ayudantes. Viene escurriendo un trapo blanco. Se sienta en la orilla de la cama, le limpia la saliva de la boca a la parturienta. Acusa la presencia de la viuda ape- nas con un asentimiento de cabeza. Un minuto después, pone el trapo a un lado, le acaricia la mano a la chica y le habla en voz baja. «Quién es ella para juzgarme», la viuda susurra a sus adentros. Debajo de la palangana hay algunas colchas viejas dobladas sobre el piso. Aún pegada a la puerta, meciéndose desigualmente sobre los talones, la viuda reconoce el bordado clásico de la primera: «Votos de amor en la cabaña». Durante el verano y el otoño de la enfermedad terminal de su esposo, se había hecho el propósito de bordar colchas en el porche; se quedaba dormida allí mismo, noche tras noche, envuelta en una de las colchas sin terminar. La peste de la enfermedad en el interior le resultaba insoportable. Ahora ha entrado a una habitación donde el vientre de su hija eclipsa toda imagen propia, y no sabe cómo proceder. Se siente superflua, incapaz de reconciliarse con este contratiempo. Creía haberle dado a la chica la preparación suficiente para enfrentarse a estas circunstancias. Sin embargo, ella siempre parecía dispuesta a encarnar toda potencial decepción que pudiera imaginarse, discutiendo de más con sus maestros, negándose a ir a misa, llevándose el coche de noche y sin licencia. ¿Dónde habría aprendido a conducir? En los últimos meses, no hacía más que comer, enfurruñarse, aumentar de tamaño, cada vez hablando menos y menos, como si su energía, los restos de su juventud, la absorbieran por dentro, consumiéndola. Como si la criatura le estuviera chupando lo poco que quedaba de una relación medianamente cordial entre madre e hija. Y a veces daba la impresión de estar acumulando sentimientos en forma de castigo, como si ella, su madre, de alguna manera tuviera la culpa de todo. Le castañetean los dientes, y la viuda voltea la vista de nuevo a las colchas sobre el piso. Alguien debería tomar una. Luego se percata —cómo desviar la vista— del tremendo vientre transformándose. Lo ve agran- darse dramáticamente, como si fuera una montaña, empujándole la cabeza y los hombros a la chica hacia delante y las caderas hacia arriba. Las piernas se extienden y el camisón se le levanta, poniendo al descubierto una extraña mácula de carne, ano y vagina pintados de yodo, dos oscuras formas de corazón. Sobre la más grande, aparece un hilillo de sangre. La ayudante del banco deja de masticar chicle. Con una compresa húmeda en la mano, la otra se detiene junto al lavabo. Lentamente, la partera toca el enorme vientre. Y justo cuando la palma se posa encima, un chorro de agua se proyecta entre los muslos con un pequeño estallido. Durante los minutos siguientes, la viuda siente que su falta de participación va en aumento. Observa a la segunda ayudante brincar del banco y agarrar del estante un montón de toallas. La partera toma los mojados, hinchados tobillos, se los cruza junto con las piernas, repitiendo con calma: —Respira, no pujes; respira, no pujes. Y, de pronto, comienzan los gritos de la muchacha, agudos y punzantes como silbato de perro, apenas perceptibles. Luego las contracciones dominan el aliento. Palidece, y furiosamente maldice no a su mamá, no al negligente padre, sino a las chicas que han tomado sus posiciones a ambos lados de la cama para acomodarla de costado. Aúlla una sarta de atroces abominaciones que conllevan el nombre del Señor, cosa que la viuda nunca antes había escuchado. —¡Ay, Dios mío! ¡Maldita sea! ¡Coño, me estoy des- garrando! —Entonces, susurra—: ¡Se me están sa- liendo las entrañas! Ay, Dios, Dios mío. Gruñe y se contrae. —No hagas eso —rezonga una de las chicas, en son de regaño—. ¡Vas a lastimar la cabeza del bebé!

Pero ella sigue gruñendo, y se contrae de nuevo y puja, y la partera dice: —Está bien, no importa. Le levantan las piernas hasta los estribos y se las amarran con dobles cinturones de seguridad, dos en el pie y dos en el muslo. —Puja hacia las nalgas —le exige la partera—. Así, querida, así, anda, ahora puja. La mano de la partera sobre la rodilla desnuda. Su voz tranquila da instrucciones a las chicas para que le den masajes en los pies y las pantorrillas. Sólo que las contracciones no llevan buen ritmo, son como un volcán por dentro. Pasa una hora. Las convulsiones se apoderan de la chica, la intimidan. Su madre, a unos metros, permanece inmóvil como la efigie de un espectador, transfigurada por la abertura en ángulo entre los muslos pintados de yodo de su hija, donde un parche de pelo amarillento ahora comienza a presionar hacia afuera. La vagina redonda como un anillo metálico, con su delgada y brillante membrana interior. La hija puja, exhausta: su cuerpo es un animal que la devora. —No sale —dice, en son de súplica—. ¡No quiere salir! ¡No puedo respirar! Se le saltan los ojos y no se detiene a respirar. No puede respirar, jadea. Se les va… en agonía. Se es- fuerza por jalar aire a sorbitos, contra un invisible calambre en el pecho. La viuda quiere acercarse, pero parece necesitar el apoyo de la puerta. —Ya se dilató —dice la partera. Se detiene enton- ces, con las puntas de los dedos en la hinchada vagina, encorvados sobre un sedoso fragmento de cabeza. A la viuda la habitación le huele a algo hondo, pero a la vez, irreconocible. Algo que anda mal, quizá. Es como el olor intensificado de su propio cuerpo. —Puja —insiste la partera. La hija traga aire, jadea: —Mi espalda. ¡Dios Santo! Y la viuda ahora sí se despega de la puerta; se lanza derecho a la cama y desliza la mano debajo del camisón empapado, debajo de cóccix y espalda, y le da a su hija un caliente masaje hacia arriba de la arqueada espina dorsal. Ante los gemidos y ese ruido abstracto, corto, seco, amontona los dedos contra la larga escarpadura, la hinchazón de músculo a ambos lados de las vértebras, y lleva la punta de los dedos hacia arriba, en medio de la espalda en arco. Su hija emite un sonido semejante al de los sordos, rozándose contra los dedos de la viuda. La vieja da un respingo, sin dejar de maniobrar hacia arriba con la mano. Busca el omóplato alado con el pulgar, y éste se separa apenas, haciéndole sentir su biselada parte inferior. Luego cierra los ojos, comunicándole fuerza a través de las manos, en un acto de oración, una oración con la cual desviar el aluvión del momento. De nuevo, las puntas de los dedos suavizan las depresiones largas entre las costillas, el húmedo delta sobre los riñones, los nudillos encajados entre las sábanas calientes y la carne que las calienta. Resplandeciente de sudor, la hija respira hondo, y los ojos se le van lejos, rumbo al techo, más allá del techo. Se clavan salvajemente en un dolor que no pertenece a nadie más. Mirando hacia abajo, con la cara morada como un betabel, la viuda percibe ahora con sus propios ojos que los huesos de la pelvis de su hija van cediendo. Se extienden como si fueran de miel. —¡Respira! ¡Respira! ¡Es por tu bien! —chasquea la partera. Una de las ayudantes se traga el chicle y desqui- ciadamente hace eco. —¡Respira! ¡Respira! —le implora, mirando en torno frenéticamente, como si alguien pudiera detener la inminente tragedia y confortarla. Y la hija jala sorbitos de aire, con rápidos temblores, como un coche sobre piso de grava, pronunciando las palabras: «Sálvenme, sálvenme», el cuerpo contorsionándosele en un espasmo implacable. Todo lo que la madre nunca había pensado comienza a salir a borbotones: —Te quiero. Te perdono. Te quiero. Perdóname. Y la chica simultáneamente articula: —Me estoy muriendo, me estoy muriendo. —Su rostro, un espantoso granate. —¡Ahora respira! ¡Respira! —ladra la partera. La chica voltea los ojos, sin fijar su terror en ninguna cosa en particular. Momento en el cual un cortocircuito en espiral le su- be a la vieja por la nuca, y el cerebro le parpadea tras los ojos. Trastabilla, siente que se va para atrás con todo y sus ciegas manos. Retrocede hacia la pared como un animal invidente, con el rostro totalmente depojado. Se desliza hacia el suelo, sin querer perder la conciencia, escurriéndose por la pared; se le doblan las rodillas, se agacha toqueteando la duela, con la barba clavándosele en el pecho, y, sin embargo, haciendo un esfuerzo mental por permanecer ahí. Que es cuando la cabeza comienza a barrerse, el perineo se dilata en torno suyo con una delgada transparencia. Un chillido. —¡Quema! ¡Quema! Un hilo de sangre delgada y brillante brota hacia su costado izquierdo, al rasgarse el perineo. El cuerpo se contrae en pequeños empujones, regresa la respiración acompasada; comienza a jadear entre dien- tes como una bestia desquiciada, más allá de todo grito. La frente del bebé, la curva de la ceja, la cara cubier- ta de grasa blanca. Una pausa en el descenso. La partera detiene la extraña cabeza en la vagina. Dice: —Alto, deja de pujar. Detente ahora, ya no pujes. Tentaleando con los dedos para encontrar el cordón umbilical, se topa con una tira alrededor del cuello. La cara del bebé apachurrada de lado, color morado oscuro, bajo una máscara como de gis; la parte visible para la partera, azulosa y venada. Habla con sus ayudantes. Busca en su batón y les da algo blanco a cada una. —¡Cómo! ¿Unas agujetas? —dice una.

De la viuda, a punto de colapsarse contra la pared, surge un gorgoteo. Ruidos inhumanos. La partera encaja la jeringa en la boca de la criatura, mientras las chicas desamarran el cordón. Recoloca la jeringa, soltando el émbolo. La retira, la aprieta en dirección al piso. La mete en una pequeña fosa nasal. Luego, la otra. Saca las tijeras de su bolsa y corta el cordón, un rápido sanguinolento chorrito. Hace girar la cabeza en ángulo y distiende la tira asalchichada del cordón. —¡Ahora sí, puja fuerte! ¡Ahora! —ordena la partera. Deteniendo la cabeza con una mano y presionando para abajo sobre ella con la otra, da un respingo al sentir el instante en que la clavícula del bebé truena—. ¡Puja, puja! —Uno por uno, emergen los hombros—. ¡Puja! —El cuerpo da de sí. Cara de ciruela pasa, carne arrugada cubierta de vérnix sangui- nolento. Es niño, piensa, y se pregunta si lo ha dicho en voz alta. Un muñeco de hule morado, que parece muerto. Al patear, se le escurre, pero lo atrapa antes de caer. Comienza un peculiar maullido lejano. Y todo, de pronto, a la distancia. La partera a la deriva, haciendo caso omiso. Que Dios me ayude, piensa vagamente. Por encima del penetrante aullidito que parece provenir no del pequeño peso entrecortado entre ambas palmas de sus manos, sino de cada milímetro de la habitación, escucha el llanto de la hija. Una de las ayudantes tose y se atraganta. La otra guarda ab- soluto silencio. Contra la pared, la vieja se ha disociado, sumida en un rico fracaso espiritual, incapaz de ponerse de pie.

Forrest Gander (1956) nació en el desierto de Mojave y creció en Virginia. Ha vivido en San Francisco, Dolores Hidalgo y Eureka Springs. Estudió geología y literatura inglesa. Es autor de varios libros de poesía, traducciones, ensayos y de la novela Como amigo. Ha recibido las becas nea, y las de las fundaciones Guggenheim, Howard Witter Bynner y Whiting. Su libro de poesía Core Samples from the World fue finalista del National Books Critic Circle en 2011. Actualmente es profesor en la Universidad de Brown.

Publica: Sexto Piso.

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