La verosimilitud de District 9

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Por Miguel Ángel Albújar  Escuredo

En el año 2009 el director de cine Neil Blomkamp presentó su película District 9, una alegoría de la xenofobia potencial que late bajo la hipocresía racionalista. A día de hoy el mismo director ofrece al público una segunda película de tema exacto, aunque de calidad y densidad mucho menor. Por ello me gustaría centrarme en un par de reflexiones que surgen a raíz de un revisionado de su primer largometraje.

_0244La utilización de insectos como imagen metafórica de la raza humana, descargando la problemática de mostrar en la ficción el retrato realista de lo que ocurre a escondidas en cualquier país desarrollado, no supone una operación novedosa de maquillaje y burla de la censura, supuestamente no existente en países democráticos. Tal vez uno de los antecedentes más notorios de los últimos años fue la estupenda parodia del director de cine neerlandés Paul Verhoeven, titulada Star Ship Troopers y basada en la novela homónima de uno de los autores más notables de la ciencia ficción Robert A. Heinlein. Sin embargo, el film de Blomkamp participa de un empuje crítico que casi quebranta el espíritu lúdico de la historia, desubicando al espectador del aura ociosa que le ha atraído al cine e incorporándolo a traición en una función politizadora y moralista. Parece reivindicar el film, tal vez sin pretenderlo conscientemente, la necesidad de la sala de cine como foro silencioso en el que evocar una dialéctica humanista, paradójicamente a fuerza de  invocar imágenes monstruosas y realidades vedadas a ojos educados democráticamente. Cabe preguntarse si el poder civilizador de lo audiovisual, por tanto también homogeneizador asesino de la promiscuidad cultural humana, es capaz de recuperar aquellos aspectos sociales que quedan en los márgenes de la representación diaria.

Más allá de si se trata de una operación comercial que tiene como objetivo vehicular la desigualdad como envoltorio de regalo, es innegable que District 9 posee una mínima voluntad denunciante. Que sus creadores sean sudafricanos, testigos del Apartheid y de las prácticas xenófobas que continúan después de la supuesta derrota de este, no son sino elementos de anclaje para la necesidad de atestiguar la realidad inmediata. La película tiene numerosas consecuciones felices, dependiendo del área en el que queramos centrar el comentario, en el caso aquí referido: la necesidad de acercarse al otro para activar las auténticas potencialidades humanísticas. Es cierto que tan humano es la solidaridad y el amor hacia los otros como el egoísmo y la envidia; del todo estúpido es pretender reivindicar únicamente los aspectos elogiosos de la humanidad, obviando lo negativo como si de un desinformativo televisivo se tratase. Contrariamente, uno de los méritos de la película es comprender los motivos que llevan a la supresión de la empatía (junto con el sentido del humor, dos de las singularidades que nos hacen humanos). El término humano dista de merecer únicamente hacía aquellos que tienen forma humana, trascendiendo el aspecto formal e incorporándose al conjunto de actos y acciones que configuran un comportamiento verdaderamente humano. En ese sentido los insectos de District 9 reivindican su humanismo con tanto empeño, o al menos la carga positiva que este concepto lleva consigo, como los seres con forma de hombre la carga negativa. 

images (3)Otro aspecto reseñable de la película es la metamorfosis física padecida por el protagonista a lo largo de toda la historia, el correlato necesario para ilustrar el recorrido accidentado desde la intransigencia a la aceptación. La reconfiguración de una identidad jamás es estática, algo que racistas y xenófobos pese a comprender no aceptan,  por consiguiente necesita de una gestión continua de las diferencias. Por supuesto, la construcción de un mundo común y el propio acto de negociación de la distinción contiene no pocos enfrentamientos y malentendidos, pero siempre desde un respeto parejo y legítimo.  En caso contrario estaríamos ante la imposición, la agresión que los humanos infringen a los recién llegados por el hecho de ser insoportablemente distintos, es decir, porque el reto de aproximarse a una geografía nueva, creada a partir del choque entre dos culturas ajenas, requiere el esfuerzo de cartografiar patrones más adecuados a la nueva orografía social. La opción contraria es el combate, la edificación de barreras físicas, puesto que las mentales ya han sido erigidas tiempo atrás: el muro, la verja, la valla, la barrera, la puerta, los pinchos, la electrificación, el foso, la cárcel, el centro de internamiento, la choza, el avión de expulsión, la bala… El tiempo demuestra que todas son igual de ineficaces. 

En España, según datos de 2008 recogidos por el periodista José Bejarano, en veinte años aproximadamente habían muerto más 18.000 personas intentado cruzar desde África hasta Europa por España Asimismo la existencia de una ley extranjería es de facto la institucionalización de la segregación de personas según clases: aquellas que tienen garantizados sus derechos y aquellos que por haber nacido en el lugar equivocado no los tienen. Amnistía Internacional he denunciado numerosas veces la reclusión forzada de ciudadanos extranjeros por el simple hecho de serlo. 

Estos, sin embargo, no son de color verde.

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