Entrevista a Javier López Menacho (“Yo, precario”): “No vale trabajar a toda costa”

 

Por Anna María Iglesia

@AnnaMIglesia

Había coincidido con Javier López Menacho tiempo atrás, en la presentación del libro de Jordi Carrión -su maestro en el master de escritura creativa de la UPF- Librerías, sin embargo yo ya conocía a Javier, “de la tele”, le dije en broma, aunque algo de verdad había. A pesar de los amigos comunes, a Javier lo conocí cuando los medios se hicieron eco de su reportaje narrativo o novela autobiográfica, Yo, precario, donde relata la situación precaria que tuvo que vivir durante un año, alternando un trabajo tras otro, sueldos míseros, largas jornadas laborales realizando cualquier tipo de cosa y soportando las peores situaciones. De esa experiencia nace Yo, precario; Javier me comenta que al llegar a casa, a pesar del cansancio del día, escribía, reflejaba en el papel todo aquello que había vivido; “cuando llevaba ya tres crónicas me di cuenta de que tenía un posible libro”. Yo, precario fue todo un éxito pues reflejaba en primera persona la realidad de muchos jóvenes; la situación a cambiado para mejor, ha salido de aquel precariado, aunque todavía no ha encontrado el trabajo por el que se formó. Sigue escribiendo porque antes que nada Javier quiere y necesita escribir; empezó a los 15 años y todavía hoy sigue con la misma disciplina y la misma pasión. Por ello, me olvido del libro y, sin tenerlo previsto, le pregunto sobre el escribir y la literatura, de allí ya llegaremos al inevitable precariado.

precarioPara ti, la escritura es una forma de vivir

Es mi manera de vivir. Si me procura algún tipo de beneficio económico, todavía mejor, de lo contrario seguiré trabajando como he hecho siempre; evidentemente que me gustaría poder vivir de la escritura, sería lo ideal, pero lo considero complicado, por no decir imposible. En España, son muy pocos los autores que pueden vivir de la escritura, quienes pueden conforman un olimpo muy restringido; si pensamos, por el contrario, en escritores con un perfil medio, todos ellos deben compatibilizar la escritura con otros trabajos. En mi caso, como nunca he vivido de la escritura, no me preocupa el hecho de nunca llegar a conseguirlo, no me preocupa tener otros trabajos que no tengan ninguna relación con la escritura y, precisamente por esto, tampoco me importa no colaborar con muchos medios que paguen por los artículos.

Esta actitud parece formar parte de nuestra generación, es decir, hemos dejado de soñar con un gran futuro, como si supiéramos que no hay mucho más

Estamos en una red en la debemos hacer equilibrio para no caernos. La literatura es un mundo difícil.

Sin embargo, no se trata sólo de literatura, sino de escribir en medios, de que las colaboraciones no sean gratuitas, sino que se reconozcan como trabajo.

Si, pero hay que tener en cuenta que en el periodismo es donde se ha destruido un mayor numero de empleos, y no sólo han perdido el trabajo los más jóvenes, quienes empiezan, sino también periodistas de altísimo nivel con un extenso recorrido. Por esto creo que si alguien debe vivir del periodismo, deben ser los periodistas; otra cosa diferente es que yo, que llevo tantos años dedicándome a la escritura, me siento legitimado para poder colaborar con determinados medios, no me siento un intruso.

Tu versatilidad [Javier López Menacho ha escrito relatos breves, artículos, microrelatos] se refleja en Yo, precario, un libro difícilmente clasificable. Ha sido definido como novela, como reportaje, como un ejemplo de periodismo narrativo…

De hecho, creo que el carácter inclasificable de Yo, precario es lo que lo hace polivalente, hace que en las librerías no sepan dónde situarlo y, a la vez, permite que lo lean personas con intereses muy dispares, desde la narrativa joven al periodismo, o de la crítica social a la autobiografía.

En cierta medida, lo mismo sucedió con A la puta calle de Cristina Fallarás

Si, me comentaron en una ocasión en una librería que los lectores solían pedir ambos dos libros, se vendían casi como si fueran un lote. Yo precario y A la puta calle salieron casi contemporáneamente, con muy poco tiempo de diferencia, y, además, se complementaban el uno al otro, pues juntos retrataban este momento tan difícil en el que tanta gente lo está pasando mal.

Cristina Fallarás contó que, en una ocasión, Sánchez Dragó le preguntó, afirmando, si en verdad la historia del desahucio era una mentira, una ficción. ¿Te has encontrado tú también con esta actitud de desconfianza de quienes consideran el libro como simple ficción?

Cristina es un personaje muy conocido, fue directora de ADN, estuvo trabajando en El Mundo en la sección de cultura, y, por todo ello, su experiencia del desahucio sorprendió a muchos, aunque en verdad todos, incluso aquellos con altos salarios, pueden sufrir la misma situación de Cristina, pues tan sólo basta perder el trabajo y no conseguir ningún otro durante largo tiempo y, por tanto, verse ante la imposibilidad de pagar la hipoteca. Mi caso era diferente porque yo era, y sigo siendo, una persona anónima y, por tanto, mi relato no producía ni estupor ni tampoco sorpresa. Es verdad, que a veces me han preguntado si yo había introducido elementos de ficción en el relato, pero no fue así

Por tu formación como escritor, sabes que, sin embargo, al escribir, incluso sobre la propia experiencia, siempre se recurre a mecanismos de ficcionalización

Yo relato mi experiencia a través de la forma de la novela, es decir, utilizo recursos propios de la novelística y, asimismo, en cada crónica introduzco elementos narrativos distintos de tal manera que no sólo cambie el modo narrativo sino también su tema. Yo, precario es el libro de alguien que, al fin de cuentas, nunca había pensado en escribir un libro sobre sí mismo.

Yo, precario describe a través de distintos episodios la situación de un joven preparado que no encuentra trabajo; es un retrato complejo, lleno de matices, pero la anécdota de la chocolatina fue la que llamó más la atención, obviando a veces el resto de la obra

Son varios factores los que están detrás de este interés. En primer lugar, la portada del libro es muy explícita, ilustra claramente a alguien disfrazado de chocolatina; en segundo lugar, la nota de prensa se centraba especialmente en esta anécdota y, por tanto, los periodistas que no tienen mucho tiempo, redactan el artículo a partir de este episodio. Y, por último, está el componente cómico que tiene el hecho de que un universitario que acaba de realizar un máster, termina vestido de chocolatina, pues es el único trabajo que encuentra. Este episodio tragi-cómico resume la situación social que estamos viviendo y, al final, ese era mi principal objetivo, denunciar lo que estaba sucediendo por entonces y lo que todavía hoy sucede, puede que incluso de forma más grave y generalizada

 

Javier López Menacho

Javier López Menacho

 

El éxito de Yo, precario pone en evidencia la necesidad que tiene la sociedad por estos relatos, por conocer la realidad desde dentro, a través de sus protagonistas y no por el relato desde fuera que, en no pocas ocasiones, realiza la prensa

De hecho, he podido observar, a lo largo de la promoción del libro, que cuando me entrevistaba un periodista reconocido, con un alto nivel económico y social, éste no me podía comprender, no entendía o, mejor dicho, no empatizaba de verdad con la situación y con mi testimonio. Yo, precario resulta verosímil precisamente porque está escrito por alguien que ha vivido estas situaciones, que no las relata desde el externo.

Se trata, al fin de cuentas, de que queremos conocer esta realidad tan cercana sin filtros, sin parafernalias ni intermediarias; se trata también de la pregunta acerca de cómo los medios de comunicación muestran esta realidad, de cómo se acercan a ella.

Yo creo que actualmente necesitamos ver y conocer las situaciones que se están produciendo, pero queremos verlas a través de sus protagonista. Por otro lado, en referencia a la prensa, creo que hay un exceso de morbo en el periodismo y, sinceramente, con el mayor de los respetos a los medios de comunicación, sí debo decir que en ocasiones ciertas preguntas me han resultado incómodas. Recuerdo, por ejemplo,  que en una radio lo primero que me dijeron, ya no como pregunta sino como afirmación, fue que yo no tenía casa. Había el morbo de preguntar constantemente cuánto cobraba, dónde y cómo vivía, y de detenerse especialmente en el hecho de que, en un momento del libro, relato que me doy cuenta de que una indigente gana más que yo pidiendo que yo trabajando.

Junto al de la chocolatina, este fue otro episodio muy comentado

Tiene que ver con la nota de prensa

¿Sólo la nota de prensa? ¿No se trata también de quedarse en los detalles aparentemente más llamativos?

El problema es que el mundo periodístico es un mundo muy desigual; están quienes ocupan posiciones muy buenas, que tienen altos sueldos, y la gran mayoría que trabajan en condiciones muy precarias, con sueldo extremadamente bajos. A mí, de hecho, me han entrevistado becarios que cobraban por una jornada de ocho horas tan sólo doscientos euros. Ellos se identificaban con lo que yo les explicaba, se veían reflejados en la narración, mostraban una empatía que, luego, era muy beneficiosa para la entrevista; por el contrario, hubo determinados periodistas de renombre que se mostraban escépticos hacia la realidad que describía, me preguntaban si era verdaderamente así. Yo sólo les podía decir, una vez tras otra, que la realidad era esa; basta con salir a la calle para encontrarse a un joven que trabaja en empresas en las que debe vender productos y/o conseguir clientes nuevos, y donde el  sueldo depende precisamente de ello.

Además, para vender muchas veces hay que mentir en cuanto a lo que se ofrece y se vende; el trabajador se enfrenta a un conflicto ético: entre la necesidad del trabajo y lo inaceptable del engaño

Si, es verdad lo que cuentas, pero creo que no vale trabajar a toda costa, hay límites y, de hecho, en el libro, reflexiono precisamente sobre este tema, me pregunto qué estoy dispuesto a hacer para poder trabajar. Para mí todo no vale, engañar no vale, como no vale todo aquello que vaya en contra de unos determinados principios éticos.

Sin embargo, tú y yo, que no tenemos familia ni hijos que mantener, podemos permitirnos decir que no, pero cuando tienes hijos, una hipoteca no puedes. De ahí que algunos jueguen con la desesperación de la gente

Siempre que he hablado acerca de este tema, he comentado que yo, al fin y al cabo, tenía la posibilidad de elegir, pues no tenía una familia que mantener ni nadie a mi cargo. En una ocasión, durante una de las presentaciones que hicimos, un hombre comentó que, al final, mi discurso no era del todo veraz, puesto que yo tenía una familia detrás y era verdad, yo nunca me hubiera quedado en la calle, en cualquier momento podía regresar a casa de mis padres y ellos me recibirían sin problemas. Sin embargo, si bien era cierto lo que comentaba aquel hombre, también hay otro aspecto para tener en cuenta: el poderse mantener a uno mismo es una cuestión de autoestima, de inserción social, es la manera en la cual el individuo puede desarrollarse autónomamente, sentirse útil.  

La situación ha empeorado, antes se creía que a las espaldas de un joven precario había una familia que lo podía respaldar; ahora el precariado no es exclusivo de los jóvenes, las familias han caído en la misma situación de desamparo

La precariedad va en aumento y la sociedad va cada día peor, esto es indiscutible. Ya no sólo afecta a la persona que está en situación de precariedad, sino a todo el entorno que debe hacerse cargo de él y que, en muchas situaciones, no puede. Precisamente por esto, no tenemos que resignarnos, debemos poner esta realidad sobre la mesa y hacer ruido, hacer mucho ruido; la única manera de reivindicar los derechos laborales, los derechos en la educación o en la sanidad es haciendo ruido y, por tanto, utilizando los medios de comunicación, que son el gran poder de nuestra sociedad. Precisamente por esto los políticos tienen tanto interés en controlar los medios de comunicación y por esto lo primero que hizo Rajoy al llegar al gobierno fue desmantelar RTE.

Javier López Menacho

Javier López Menacho

 

Hay un sentimiento de decepción con respecto a los medios tradicionales, públicos y privados, la sensación que no han estado a la altura, que los intereses han vencido al periodismo

Hay medios que han decepcionado mucho, pero esta decepción tiene su origen en cuestiones macroeconómicas, es decir, por las relaciones empresariales que se esconden detrás. La defensa de El País a Rato, tras la intervención de David Fernández de las CUP, se explica porque Bankia prorrogó una deuda que este periódico tenía con dicho banco. Por otro lado, la repercusión en los medios es esencial, pues si no tiene eco mediático lo que sucede en la sociedad no existe. Recuerda el 15M, los grandes medios no dijeron nada hasta casi transcurridos cinco días, fueron los medios independientes quienes empezaron a contar lo que estaba ocurriendo en la Puerta del Sol. Por eso, creo que es esencial el acompañamiento mediático, hoy más que nunca.

Sin embargo, una cosa son las redes sociales o los medios utilizados individualmente y otra cosa los medios de comunicación en tanto que holdings empresariales

Es verdad, pero tenemos que tener en cuenta que Twitter es un medio de comunicación, un medio muy potente; sin embargo, si hablamos de medios como prensa, como empresas consolidadas y, por tanto, pensamos a los medios periodísticos tradicionales, creo que podemos decir que su actitud y el papel que han jugado hasta ahora ha sido completamente decepcionante. En este último año, la información que se nos ha ofrecido ha sido tendenciosa, parcial y sobre todo vinculada a la gran empresa y a los grandes poderes corporativos.

Por ello la cuestión es cuáles son las noticias que se dan en los medios y además de cómo algunos medios se acercan a ciertas realidades con tonos paternalísticos, desde una distancia incómoda

Si, como te decía antes, ha habido momentos en los que ciertos medios de comunicación me han hecho sentir incómodo, me han tratado con paternalismo, pero también, y es todavía peor, con superioridad moral. Desde una posición económica superior, algunos me han mirado de arriba a bajo y han considerado mi precariedad económica, como una precariedad total, como si en mi vida careciera de todo, no sólo de trabajo. El hecho de no tener trabajo no significaba una falta de preparación, no implicaba que yo no pudiera discutir al mismo nivel de otros y sí, en este sentido, ha habido un tono paternalista por parte de algunos periodistas en el momento de entrevistarme.

Es el reflejo de la ruptura social que se está viviendo actualmente; en los medios de comunicación se hace muy patente la fractura social, la existencia de dos realidades antitéticas y alejadas la una de la otra

A parte de la fractura social, en los medios estamos asistiendo a una mercantilización de las historias. A Cristina Fallarás, a mí y seguramente a otros, tras haber aparecido en los medios, nos hemos convertido en producto. A mi me han ofrecido en más de una ocasión el ir a la televisión para hablar de la precariedad, pero siempre me he negado, pues sabía que en verdad yo no iba a hablar del tema, sino que iba un producto para participar en un circo. Yo me negaba y me niego a ir a televisión para que pongan allí, como ejemplo de precariedad, frente a un tertuliano que me lleve la contraria y que, además, se busque el morbo para conseguir audiencia. Yo por allí no paso.

En el fondo muchos de esos debates dejan de ser constructivos, y la discusión resulta estéril como estéril son los debates de parlamento. Se trata de criticar y oponerse, pero no de proponer.

Al fin de cuentas de lo que se trata es de construir. Mi libro, como el de Cristina Fallarás o el trabajo de Ada Colau buscan construir algo nuevo, proponer y cambiar la realidad. En el fondo la literatura busca precisamente esto, hacer avanzar la sociedad a través de la reflexión entorno al ser humano. La literatura responde a las famosas preguntas de quiénes somos, de dónde somos y adónde vamos; nosotros tendríamos que tratar de responder a estas preguntas y para hacerlo debemos fomentar un mayor grado de empatía y de comprensión hacia el otro, y dejar de lado los juicios, muchas veces injustos.

 

 

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