Creatividad y literatura: el último negocio

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Por Miguel Ángel Montanaro. El mundo no es sino una inmensa plaza de abastos donde todo se compra y se vende y en nuestros días, la creatividad, es una mercancía más.
La podemos encontrar por kilos, en filetes, congelada, o ya pre cocinada y lista para ser servida, porque como saben muy bien los que comercian con ella, hay clientes con todo tipo de necesidades.
No nos debe de extrañar, si algo produce dinero, es porque alguien está dispuesto a pagarlo y alguien, desde luego, está dispuesto a vendérnoslo.
De esta manera, la creatividad, que es una cualidad innata en algunos individuos, se vende últimamente como una técnica. Lo ha dicho un tipo que tiene el título de sir, y eso nos basta, porque un título nobiliario parece que siempre le infiere solvencia a un negocio… Ejem.
Este mercader, asegura que la creatividad se puede aprender como se puede aprender a leer.
Así, sin anestesia.
Hoy, muy pocos –por no decir nadie–, nos atrevemos a rebatir la teoría-patochada que nos largue el ilustre de turno. Podemos crearnos problemas y además, se está muy calentito al calor del rebaño.
Y así nos va.
Sin embargo, la realidad es muy distinta. Cualquier especialista en psicología y en sociología –que son las disciplinas científicas que estudian el concepto de la creatividad–, que no esté emponzoñado por el lelismo actual, ni espere pillar un fajo con este negociete, le revelará, como no puede ser de otra manera, que la creatividad es una capacidad que está anclada en la carga genética y si bien se puede potenciar o desarrollar, tiene que existir una base previa.
Lo que viene siendo el resumen del refrán español: “Donde no hay mata, no hay patata”.
Es decir, esas afirmaciones que ustedes leen y escuchan de un tiempo a esta parte de que: todos podemos ser creativos, son una caca envuelta en celofán.
Todas las personas no son iguales –esto es una evidencia empírica–, y por lo tanto, es imposible que todas las personas por igual, posean las mismas capacidades. Esto se estudia en Fundamentos biológicos de la persona, en primero de algunas carreras universitarias, no me lo he inventado yo.
Otra cosa muy diferente es que aquellas personas que tengan esa facultad, se preocupen o tengan la oportunidad de desarrollarla.
La creatividad está relacionada directamente con la imaginación y a priori, todos los seres humanos tienen esa facultad de fabular, pero no todos, están dotados del siguiente elemento necesario que encadena la imaginación con la puesta en marcha de una obra, concepto o proyecto.
Ese elemento, se llama: talento.
Y ustedes y yo sabemos, que el talento, no se puede desarrollar si no se tiene y lo que es peor aún, no se puede comprar, ni transferir, ni heredar, ni aprender.
Ahora, llegados a este punto, daré una voltereta con tirabuzón y triple salto mortal para hablarles del talento y la literatura, que es lo que me pone.
Hace unos meses lancé una pregunta al patio de las redes sociales al hilo de un anuncio en las mismas que rezaba así: “Cualquiera puede escribir”.
Interrogué al personal sobre la opinión que le merecía tal afirmación y nadie me respondió. La peña, en un silencio clamoroso, parecía haberse nacionalizado sueca.
Y yo, como Juan Palomo, me contestaré, interrogándome previamente a mí mismo.Me pregunto:¿todos los profesores de literatura pueden escribir? No.
El que dominen la literatura como una asignatura, su historia, autores y obras principales etcétera, no les faculta necesariamente como autores.
¿Todos los semiólogos pueden escribir? Umberto Eco, sí.
¿Todos los semiólogos tienen el talento de Umberto Eco? Evidentemente, no.
¿Todos los agentes literarios, editores y demás profesionales relacionados con la literatura pueden escribir? No.
Éstos últimos pueden y deben conocer las técnicas de escritura, la calidad de una obra y la demanda del mercado. Algunos, estoy seguro, escriben mejor que muchos autores, pero también no pocos entre ellos, no llegarán a ser escritores por mil motivos que no vamos a analizar aquí. Lo que queda claro, es que son los que tienen la última palabra sobre una obra y de sus análisis dependerá el que ésta se edite o no; sin embargo, tampoco tienen por qué saber escribir y vendrían a ser, si me permiten la expresión, los entrenadores y consejeros de los escritores.
Ahora viene la perogrullada: para escribir están los autores y por eso, cada uno tiene su cometido.
Por lo tanto, ¿es cierta la afirmación de que cualquiera puede escribir? No.
Cuando nos sumergimos en la lectura de una obra escrita, entramos en un mundo que no todos hemos sido capaces de imaginar y mucho menos, de escribir y no me vale el que en España vendan más libros los cocineros mediáticos que los verdaderos escritores, porque en España pasan tantas cosas inexplicables…
Pero sigamos con las preguntas.
¿Sirven de algo entonces los talleres y escuelas de escritura? ¿Se puede aprender a escribir…? Por supuesto que sí.
Hay escuelas de escritura serias y con autores solventes que si encuentran una base en los aspirantes a escritores, les ayudarán a potenciar sus facultades, les enseñarán los rudimentos básicos para adentrarse en este mundo duro y maravilloso y les descubrirán las técnicas necesarias para dar el salto de autor novel a escritor profesional; pero les garantizo que ninguno de estos hombres y mujeres, honestos maestros de la escritura –pues escribir es un oficio–, les dirá nunca eso de: cualquiera puede escribir.
Y es conveniente no olvidar lo más importante. Escribir no consiste solamente en dominar el uso de figuras retóricas y recursos literarios.
Escribir no es eso.
El escritor sabe que escribir no es teclear, sino respirar a través de las yemas de los dedos.
El escritor no descansa. Si no está escribiendo, está imaginando o tomando notas. Su presencia entre los demás es puramente formal.
Su mundo es otro y su realidad se desdobla. Es víctima de su talento.
Aún así –y valga la redundancia–, reconozco el talento que tienen algunos escritores para escribir cientos de páginas y conseguir no decir absolutamente nada en ellas…
Aunque la verdad sea dicha, prefiero tres renglones de genialidad a quinientas páginas de mediocridad.
El autor profesional, por lo tanto, no es aquel que se autoadjudica la etiqueta de escritor, sino el que vive de escribir y diría aún más, es: el que vive para escribir.
Y eso, no hay Dios que te lo enseñe. Con eso vienes al mundo y con eso te vas.

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2 respuestas a Creatividad y literatura: el último negocio

  1. Muy cierto, amigo, estudié Filología, y me consta que los estudiosos de la literatura muchas veces estamos tan obsesionado con las reglas y las estructuras que no podemos escribir algo vivo. Es, ciertamente, un don, aunque suene cursi.

    iris
    29 noviembre 2013 at 2:34 am

  2. Muy de acuerdo. Pero ¿ha de vivir el escritor de su escritura? No se…. ¿podrias aclarar este concepto? Gracias.

    Laura
    29 noviembre 2013 at 15:06 pm

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