La Filosofía acomodada y Diógenes el Cínico

Por Ignacio G. Barbero.

800px-Gerome_-_DiogenesA medida que pasan los años, crecen mis dudas sobre la autenticidad de la vida que llevo y la honestidad de mis creaciones intelectuales, aquí publicadas. Esta preocupación no es fruto de las incoherencias lógicas que en mis reflexiones puedan darse, sino consecuencia de la cada vez más abismal diferencia entre una existencia filosóficamente entendida, tal y como la he estudiado, y mi existencia cotidiana. La primera, que ancla sus raíces en la puesta en crisis de los valores heredados/impuestos, exige un compromiso ético diario y una violencia conceptual que soy incapaz de mantener de manera constante y fiel. Mi facultad crítica ha quedado entumecida, enferma, asustada y sin vigor; lo que produzco en mi trato con las ideas es sólo un entretenimiento cultural a veces interesante para algunos, pero sin valor crítico destacable.

Y noto también esta aletargada actitud en mi entorno profesional. Nos hemos acostumbrado a vivir tal y como nos dicen que hay que hacerlo, a producir dentro de los límites que nos han marcado. Evidentemente, las presiones externas, hijas de las virulentas y despiadadas dinámicas económicas, están deshaciendo con prisa y sin pausa las Humanidades (y la humanidad), forzándonos a encontrar huecos tranquilos, dentro del sistema, en los que nos dejen vivir y trabajar en paz. Pura y comprensible supervivencia.

Sin embargo, la dolorosa consecuencia de esa dinámica es que nos estamos conformando con crear un denso y sumiso hábitat cultural y filosófico que no es más que una evasión permitida y sostenida por el statu quo. No hay virulencia en ella, no hay trauma, no son perturbados los valores asimilados; sólo hay una cómoda producción de contenidos digeribles, con los que quedamos satisfechos, pues trabajamos en “lo nuestro” y, en algunas ocasiones, cobramos por ello. No sentimos la necesidad de “hacer” nada más. Ahora bien, ¿no traicionamos, actuando así, los principios básicos de nuestra disciplina? ¿No estamos ayudando a desprestigiar la labor filosófica comportándonos como se nos ha pedido/ordenado? En definitiva: ¿nos podemos seguir denominando “filósofos”?

La filosofía es intempestiva por definición; no encaja en su época ni en su cultura, pues pone en paréntesis lo aceptado como “normal”, como “moral”, como “necesario”. Es incómoda y no se somete a los designios de una instancia extrínseca, sólo sirve a la Razón. Comprendiendo en toda su dificultad y grandeza esta realidad, podemos contestar a las preguntas planteadas en el párrafo anterior: no estamos haciendo filosofía, no somos filósofos, pues hemos inclinado, amedrentados, nuestra cabeza ante lo “normal”, lo “moral” y lo “que manda el mercado”. Somos hombres voluntariamente encadenados en una pequeña -y platónica- caverna.

Un ejemplo paradigmático de filósofo libre y emancipado de la sociedad que le ha tocado en suerte, coherentemente iconoclasta e incómodo para su tiempo, fue, es y será siempre Diógenes de Sínope, pensador de la escuela cínica cuyo modo de actuar expone una lúcida reflexión sobre las absurdas y estúpidas convenciones y costumbres a las que muchas veces nos aboca la vida social. Todo lo que sabemos de él se reduce a las jugosas y divertidas anécdotas transmitidas por Diógenes Laercio en su “Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres”. Acercándonos a ellas, contemplamos a un ser humano que no admite ningún tipo de autoridad impuesta, sea política, religiosa, económica o filosófica, que desprecia las “buenas maneras” tradicionales y los valores heredados: vive en la calle, come y se masturba en público, mendiga, escupe a los ricos, califica de ladrones a los sacerdotes y de ridículos a los fieles, desprecia a Alejandro Magno…En definitiva, predica con el ejemplo, con la insobornable autonomía del que se sabe plenamente libre. ¿Podremos todos aprender, compañeros filósofos, de este comportamiento, de esta ética pura y radical, o nos conformaremos/me conformaré con reseñarlo y analizarlo en una revista cultural? Leamos:

-Se decía que Diógenes iba por la calle en pleno día, con la lámpara encendida, diciendo “busco un hombre”. Y así se refería a que en realidad ninguno nos comportamos enteramente como seres humanos.

 

-En otra ocasión, gritó: « ¡Hombres a mí!» Al acudir una gran multitud les despachó golpeándolos con el bastón: «Hombres he dicho, no basura».

 

-Habiéndole uno invitado a entrar en su lujosa mansión, le advirtió que no escupiese en ella, tras lo cual Diógenes arrancó una buena flema y la escupió a la cara del dueño, para decirle después que no le había sido posible hallar lugar más inmundo en toda la casa

 

-Viendo en cierta ocasión cómo los sacerdotes custodios del templo conducían a uno que había robado una vasija perteneciente al tesoro del templo, comentó: «Los ladrones grandes llevan preso al pequeño.»”

 

-Cierto día observó a una mujer postrada ante los dioses en actitud ridícula y, queriendo liberarla de su superstición, se le acercó y, de acuerdo con la narración de Zoilo de Perga, le dijo: « ¿No temes, buena mujer, que el dios esté detrás de ti (pues todo está lleno de su presencia) y tu postura resulte entonces irreverente? »”

 

– Solía hacerlo todo en público, las obras de Deméter y las de Afrodita. Y lo justificaba argumentando que si comer no es un absurdo, no es absurdo hacerlo en la plaza pública; y como resulta que comer es natural, también lo es hacerlo en la plaza pública. Se masturbaba en público y lamentaba que no fuera tan sencillo verse libre de la otra comezón del hambre frotándose las tripas.

 

– Observando cierta vez un niño que bebía con las manos, arrojó el cuenco que llevaba en la alforja, diciendo: « Un niño me superó en sencillez.» Asimismo se deshizo de diogenessu escudilla cuando vio que otro niño, al que le se había roto el plato, recogía sus lentejas en la cavidad de un pedazo de pan.

 

– A uno que le manifestó el deseo de filosofar junto a él, Diógenes le entregó un atún y le ordenó seguirle. Aquél, avergonzado de llevarlo, se deshizo del atún y se alejó. Diógenes se encontró con él al cabo de un tiempo y, riéndose, exclamó: «Un atún ha echado a perder nuestra amistad. »

 

– Se comportaba de modo terriblemente mordaz: echaba pestes de la escuela de Euclides, llamaba a los diálogos platónicos pérdidas de tiempo; a los juegos atléticos dionisíacos, gran espectáculo para estúpidos; a los líderes políticos, esclavos del populacho. Solía también decir que, cuando observaba a los pilotos, a los médicos y a los filósofos, debía admitir que el hombre era el más inteligente de los animales; pero que, cuando veía a intérpretes de sueños, adivinos y a la muchedumbre que les hacía caso, o a los codiciosos de fama y dinero, pensaba que no había ser viviente más necio que el hombre. Repetía de continuo que hay que tener cordura para vivir o cuerda para ahorcarse”.

 

-Reprochaba asimismo a los que elogiaban a los virtuosos por su desprecio del dinero, pero envidiaban a los ricos. Le irritaba que se sacrificase a los dioses en demanda de salud y, en el curso del sacrificio, se celebrara un festín perjudicial a la salud misma. Se sorprendía de que los esclavos, viendo a sus dueños devorar manjares sin tregua, no les sustrajeran algunos.”

 

– Diógenes, el filósofo griego se encontró con Alejandro Magno cuando este se dirigía a la India. Era una mañana de invierno y Diógenes descansaba a la orilla del río, sobre la arena, tomando el sol desnudo…Era un hombre hermoso. Alejandro no podía creer la belleza y gracia del hombre que veía. Estaba maravillado y dijo: -Señor, me ha impresionado inmensamente. Me gustaría hacer algo por usted. ¿Hay algo que pueda hacer? Diógenes dijo: “Muévete un poco hacia un lado porque me estás tapando el sol, esto es todo. No necesito nada más”.

 

-Pedía limosna a un individuo de mal carácter. Este le dijo: «Te daré, si logras convencerme.» «Si yo fuera capaz de persuadirte –contestó Diógenes- te persuadiría para que te ahorcaras».”

 

– ¿Por qué –se le preguntó- la gente da dinero a los mendigos y no a los filósofos? «Porque –repuso- piensan que, algún día, pueden llegar a ser inválidos o ciegos, pero filósofos, jamás.»”

 

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Una respuesta a La Filosofía acomodada y Diógenes el Cínico

  1. Grandísimo artículo. Gracias por la reflexión. Totalmente de acuerdo con la finalidad del mismo. Comparto en las redes, aun temiendo el poco eco que pueda conseguir.

    Saludos,

    Ivan Serra
    2 junio 2014 at 15:07 pm

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