La decadencia de Wong Kar Wai

 

Por José Luis Muñoz.

the grandmasterParecía cuestión de tiempo que el director de Chungking Exprés cayera en la tentación del cine coreográfico de artes marciales en el que han sucumbido anteriormente colegas exquisitos como Ang Lee (Tigre y Dragón) o Zhang Yimou (Hero, La casa de las dagas voladoras, Una mujer, una pistola y una tienda de fideos chinos), y más habiendo rodado un film muy anterior a todos por los que ha sido considerado un director de culto en 1994 llamado Ashes of Time. Su retorno a la madre patria, tras el desaguisado cromático que supuso My Blueberry Nights rodada en Estados Unidos, es The Grandmaster, la historia más o menos fiel del maestro de Kung Fu de Bruce Lee Ip Man (Tony Leung, su actor fetiche), un homenaje a ese tipo de cine Z que causó furor en la excolonia británica, un experimento tan arriesgado como el de Ang Lee en Hulk, pero el director de La tormenta perfecta optó por ceñirse a los parámetros populares para llevar a la pantalla el cómic mientras Wong Kar Wai convierte en arte estilizado el género cine de Kung Fu, casi un oxímoron.

Pero Wong Kar Wai (Shanghai, 1958, aunque se crió en Hong Kong) no engaña a nadie, marca el tono declaradamente esteticista que va a tener su film desde el minuto uno con esa espectacular pelea bajo la lluvia, puro ballet acrobático que puede parecer un homenaje a Cantando bajo la lluvia a mamporros. Lo triste es que a la última película de Wong Kar Wai, si se la desposee de su extraordinaria fotografía, de sus primerísimos planos a lo Sergio Leone—¡qué oriental resultó ser siempre el maestro del espagueti-western—, o de las acrobacias ralentizadas, es que se queda literalmente en nada, porque cuando el director intenta introducir en su film algo más de historia, alguna cosa que contar, como las distintas escuelas de Kung Fu y la rivalidad entre ellas, entre Ip Man y Yisiantian (Chang Chen); las disertaciones filosóficas acerca del equilibrio espiritual y emocional a través de las artes marciales; la leve relación sentimental con la bella competidora Gong Er (Zhang Ziyi, descubierta en 2046) con quien Ip Man se marca extraordinarios números de Kung Fu amoroso mezclado con la disciplina femenina Bagua que ella domina—no sólo en el fandango y  el flamenco hay seducción hombre mujer—con los que el director chino ahonda en las relaciones sentimentales descruzadas tan queridas por él y presentes en toda su filmografía, o quiere retratar la invasión japonesa durante la guerra mundial que enfrentó a las dos potencias orientales, ilustrada con imágenes de documental, bastante torpeza narrativa y olvidándose por completo del tempo—ese tramo tiene la sensación el espectador que Wong Kar Wai lo ha cometido con tanta rapidez como apatía—, The Grandmaster navega y desea el espectador que vuelva con sus bellas imágenes de artes marciales de diseño para placer de sus pupilas.

La última película de Wong Kar Wai es superficial, tanto o más que su anterior. Parece que al realizador de Hong Kong, después de haber rodado esa obra maestra del cine amoroso que fue Deseando amar en estado absoluto de gracia—su continuación 2046 ya no fue lo mismo—le falte inspiración y buenos guiones. Centenares de golpes, paredes perforadas por manos que taladran, ruido de huesos que crujen por el impacto preciso de las patadas, pero ningún hematoma, ni una sola gota de sangre sino es que ha de jugar un papel estético en un fotograma. Bellísimamente vacía The Grandmaster, sin sangre ni por sus venas ni por sus fotogramas.

Dice Wong Kar Wai a raíz del estreno de su último film que es una sinfonía, el más ambicioso—tardó seis años en prepararlo y tres en rodarlo—, también el más malogrado.

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