El ser humano contemporáneo ante la ley (a propósito de un relato de Kafka)

Por Ignacio G. Barbero.

ante-la-leyEl ser humano contemporáneo nace y crece en un mundo social y político ya construido, ya ordenado, ya legislado. Su influencia en él ha sido anulada sin su consentimiento y los posibles matices e intensidades de su comportamiento y sus actos han sido previamente establecidos y regulados. Su libertad de elección, de la que se siente muy orgulloso, no es nada más que la ignorancia de las múltiples causas que le determinan. Este ser humano somos tú y yo; somos -casi- todos. La sala de máquinas de la realidad sociopolítica que se cierne sobre nuestras cervices no está al alcance de la mano, no podemos participar en sus decisiones y no nos está permitido, por lógica, poner en tela de juicio la fuente de legitimidad de su fuerza, la cual es tan “lejana” a nosotros que parece inexistente (y, por tanto, puede hacerse pasar por natural). En consecuencia, la necesidad de comprender los entresijos del poder, que nos permitiría poseer la capacidad de aceptarlo o contrarrestarlo real y eficazmente, nunca se ve colmada. La letra de lo normalizado nos esquiva, pero nos controla. Somos empujados al desasosiego y a la espera de una respuesta que, posiblemente, nunca va a llegar.

Ante la ley”, un breve relato de Franz Kafka, ayuda a comprender con suma claridad el lacerante estado en que vivimos. Empieza contándonos que “ante la ley hay un guardián”. Un campesino se presenta a él y le pide que le deje entrar, pero el guardián contesta que no puede, quizá más tarde: “Tal vez, pero no por ahora”. El campesino se asoma a la puerta de la ley, que está siempre abierta. El guardián, al verlo, se ríe y le dice que puede probar a entrar si quiere, que puede saltarse la prohibición, pero que recuerde que él, aun siendo poderoso, es sólo el ultimo de los guardianes; entre estancia y estancia de esta fortaleza hay más. La censura de la ley no se radica en un momento determinado, por tanto, sino en una estructura que reduce las posibilidades de réplica de un individuo cuyas intenciones no son posibles ni adecuadas.

El tercer guardián, según el centinela, es tan terrible que ni él mismo puede soportar su aspecto. El campesino no había previsto estos problemas, él creía que la ley debía estar siempre abierta para todos. Pero observa el porte temible del guardián y se persuade de que conviene más esperar. Esto es, conviene mantenerse en el margen de la ley (no “al margen”) para que, realmente, pueda observar su origen y, por lo menos, tener el contento de conocer su existencia. El guardián le deja un taburete para que se siente. Allí espera el campesino días, meses y años, a menudo conversa con el guardián, sobre temas sin importancia, y también intenta sobornarle. El guardián acepta las dádivas, para que el campesino no crea haber pasado nada por alto, dice, pero no cambia su actitud: ”Lo acepto para que no creas que has omitido ningún esfuerzo”. Es valorado el esfuerzo inútil que no obtiene recompensa. Toda protesta es contenida y, posteriormente, subsumida, bajo la tela de araña del mismo sistema. Puede gritar, puede amonestar, puede censurar, puede sobornar, pero no puede.

Durante muchos años, el hombre observa casi continuamente al guardián, maldice su mala suerte, al principio alzando la voz, mas poco a poco va perdiendo esa intensidad y acaba “murmurando para sí” (reflexionando) . En medio de la oscuridad distingue un resplandor que surge de la puerta de la ley. Poco a poco va perdiendo la vida y se a cuenta de que va a morir. El sujeto decae y el tiempo no refuerza la posibilidad de que pueda llegar realmente a conocer la ley, sino que la espera es infructífera; es sólo la espera de la muerte propia.

Llama al guardián, y le formula una sola pregunta, la más importante: “Todos se esfuerzan por llegar a la ley (…) ¿cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar?”. El guardián comprende que el hombre está expirando, y para que pueda oírle bien le dice con voz poderosa: “Nadie podía pretenderlo, porque esta entrada era solamente para ti. Ahora voy a cerrarla”. El campesino había pensado que la ley debe estar abierta para todos, pero la experiencia le demuestra que no es así. Realmente la puerta era sólo para él.  El sujeto se queda sólo: no hay respuestas comunitarias, sólo el fomento de la separación de los individuos con la intención de rendirlos, agotarlos y dejar que desaparezcan. Una sociedad atomizada es una sociedad profundamente maleable.

La pretensión del individuo protagonista es que algo le debe ser concedido (en cierto modo lo denota el que la puerta de la ley esté físicamente abierta, aunque luego no resulte esto más que una apariencia engañosa), es decir, reclama el derecho a conocer la fuente legitimidad del poder. Sin embargo, la ley, por mediación de uno de sus ejecutores, y de la estructura misma, se lo niega. La ley aparece como una sucesión de guardianes de aspecto crecientemente temible, de obstáculos que desprecian al individuo y ante los que éste no puede responder sino con la resignación y la espera. La ley se rodea de todos los ornamentos del poder y el individuo se convierte en un campesino, en puro y despreciado vulgo. El individuo común, por tanto, es presentado frente a la Ley -por la ley misma- como algo insignificante, subordinado, desprovisto de eso en lo que el mismo orden establecido, supuestamente, está fundado: el derecho subjetivo. No posee capacidad relevante de acción ni de palabra y no puede poseerla.

La única salida radicaría en la adquisición de un intercesor que nos solucione la papeleta en nuestra relación con la estructura de poder. ¿Dónde estamos en ese macroedificio que nos contiene? ¿Nos puede ayudar alguien? No, parece que la ley misma es autosuficiente; no es posible influenciar en la enorme complejidad soberana: “en la ley misma se encuentra todo: acusación, defensa y sentencia; el que una persona independientemente se metiera aquí sería un delito”.

Dos más dos es igual a cinco: esto va a misa, a saber, va a ley. El ciudadano debe más que asentir a las proclamas que vienen de las más altas instancias, ya que adquieren un valor sagrado en su misma forma de expresión y manifestación. Uno es parte de todo, pero no participa: su papel es asignado, nunca adoptado voluntariamente. Camina y camina para llegar a algún lugar en la vida y sólo acaba cubierto de una piel impuesta, de una aparente protección ante las inclemencias del tiempo, que, en realidad, sólo le protege para moldearle.

Related Posts with Thumbnails

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *