Traduciendo ‘La Mujer de Sombra’

Por Michael McDevitt

Maquetaci—n 1¿Eres Escrupuloso? Pregunta desconcertante donde las haya, sobre todo cuando de una oferta laboral se trata. Quien lo formula es Gregorio Doval, cofundador del flamante editorial Hispabooks, que nace con el loable y algo quijotesco objetivo de hacerse un nombre en el endogámico mundo editorial anglosajón, siempre tan reacio a abrir sus puertas a autores no angloparlantes.

Después de responder con un titubeante “no mucho…creo”, me aclara que se trata de traducir La Mujer de Sombra, de Luisgé Martín. Me hace llegar un ejemplar un par de semanas después y basta con abrir el libro al azar para entender el porqué de tan peculiar pregunta. La página 29, sin ir más lejos: …le obliga a arrodillarse y a apoyar la cabeza sobre el suelo. Separa sus nalgas y lubrica el ano con una pomada fría: introduce en él un consolador negro de forma cónica, casi ovoide, que se queda encajado dentro como un tapón.  ¡Recórcholis! O, por poner otro ejemplo, la página 37, donde nos encontramos con esta perla: Guillermo, con la vista turbia, comprobó que las emociones del espíritu tienen a veces manifestaciones fisiológicas: eyaculó de cuajo, impetuoso, y el cuerpo se le dobló serpenteando como si lo atravesara electricidad o fuego. Quedó caído sobre el suelo de madera: el rostro manchado del semen desaguado, la respiración ronca, los ojos idos… ¡Cáspita! (Todo lo cual, habría que matizar, parece un cuento de hadas comparado con lo que viene después.)

En ocasiones anteriores, a la hora de dar el último repaso a un texto, he recurrido a la ayuda mis padres, ajenos al mundillo editorial pero lectores voraces de toda la vida. Esta vez, sin embargo, me temo que esa vía quedaba definitivamente descartada. Por muy librepensadores hijos-del-sesenta-y-ocho que sean, debatir que giro darles a frases como esta: El muchacho fuerza a Alfonso a darse la vuelta, le separa las piernas, le abre las nalgas y escupe en ellas para lubricar el ano. Después le embiste como que apetece más bien poco la verdad (A ver, le embiste: ¿Rams him from behind? ¿Impales him? ¿Cómo lo ves Mamá? Por cierto, ya que te tengo, ¿Cuál sería la traducción de bombas rectales para enemas? o, ya que estamos, ¿para qué sirve una cánula?).

Desconcertante todo ello, máxime cuando el traductor empieza a encontrar ciertos paralelismos perturbadores entre su propia vida y el momento vital de uno de los protagonistas de la novela. Guillermo frota el vientre panzudo en el que está su hijo – lee nuestro traductor. Acto seguido, levanta la vista y se encuentra a escasos metros del vientre panzudo en el que está el suyo. Meses más tarde, ya en plena fase de revisión y (como dijo el poeta) flipando en colores por la falta de sueño y las noches en vela, se topa con la siguiente descripción: Desde que nació [su hijo], Guillermo tiene la sensación de ser incorpóreo, de no tener materialidad ni deberes con la naturaleza….Los únicos signos fisiológicos que tiene Guillermo ahora son los escalofríos: cuando mira a Erasmo en la cuna o lo levanta en vilo, siente dentro de la carne la heladura de la piel de un pez, y los brazos le tiemblan tanto que enseguida tumba de nuevo al niño para que no se le escurra. Lecturas nada reconfortantes para padres primerizos con los nervios a flor de piel.

Si la política, como decía Churchill, hace extraños compañeros de cama, ¿qué decir de la traducción? Entre una biografía algo anodina del Papa Francisco y el brutal descenso a los infiernos del amor sadomasoquista en la novela de Martín hay un buen trecho, pero puede ocurrir que esa distancia se mide simplemente en fechas de entrega que son, en realidad, bastante cercanas. Así las cosas, nuestro traductor puede verse en la obligación de dar un salto desasosegante desde el discurso bonachón del beato bonaerense a la escritura transgresora y  morbosa del autor madrileño en cuestión de días. Desde las anécdotas entrañables protagonizadas por la Abuela Rosa del pontífice y la  afición de Bergoglio por el tango y la milonga a los pormenores, con todo lujo de detalle, de la ritual del bondage y los impulsos pedófilos del protagonista de La Mujer de Sombra. Un desdoblamiento mental o un ejercicio de malabarismo psicológico que fácilmente puede convertir a nuestro pobre traductor en carne de diván.

En fin, ahora solamente queda por ver cómo reaccionan los lectores de la Perfidia Albión ante semejante barbaridad. ¿Estarán preparados, acostumbrados como están a los amores recatados de Jane Austen y los sentimientos reprimidos de Lo Que Queda del Día, para escenas como esta: Después del dolor de las primeras veces, aprendió a adiestrar las maneras brutales de su padre y a gozar de él? (¡Caramba!). ¿Podrá La Mujer de Sombra hacer sombra a Las Cincuenta Sombras de Grey? El tiempo lo dirá.

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