El vigilante, de Peter Terrin

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Peter terrin

Editorial Rayo Verde presentará el próximo trimestre una novedad de la literatura belga flamenca y ganadora del Premio de Literatura Europea.

El vigilante
1

—Tiene que salir bien.

Harry, nervioso por el aprovisionamiento, despliega el plano del sótano sobre la mesilla, aunque nos lo sabemos
de memoria: ciento veinte plazas de aparcamiento, divididas en cuarenta garajes vigilados, uno para cada apartamento de lujo de mil metros cuadrados. Lástima que no lo construyeran simplemente rectangular; tal vez lo impedían la estructura y los cimientos del edificio. No soy ingeniero. Pero una planta rectangular con las plazas de aparcamiento dispuestas a lo largo habría facilitado en gran medida las labores de vigilancia. Harry sospecha que este diseño tan caprichoso se hizo a instancias de los clientes, que se dio prioridad a su comodidad y privacidad.

—Ya sabes cómo van estas cosas —dice.
Huelo su inquietud. Huele a nuez, a nuez verde recién caída del árbol, con una cáscara durísima, húmeda. Estudiamos el plano. Le pongo una mano en el hombro; decido que no es buena idea y la retiro. No hablamos. Sin mirar, tanteo el arma que llevo en la cadera; por costumbre, porque no hay ningún peligro inminente. Doy un paso a un lado para que la bombilla ilumine todo el plano.

—Entrará por aquí —su dedo señala la puerta, que mide cuatro metros de ancho y está diseñada para resistir un ataque con misiles. Es la única entrada al edificio: según parece, la planta baja está cerrada herméticamente; no hay ventanas ni puertas. Por motivos de seguridad, no disponemos de pase digital ni de mandos de infrarrojos, y los escáneres no reconocen nuestras huellas dactilares. Nuestro único cometido es vigilar en todo momento el acceso al sótano. Fuera, aun cerca de la puerta, nuestra licencia ya no es válida—. Abrirá la puerta y entrará con la furgoneta. Tú te pones al lado del garaje 3, que te vea, y le apuntas en todo momento con el arma. ¿De acuerdo?

Asiento con la cabeza.

—Sí.
—Yo le pediré la identificación y los documentos. A mi señal, te colocas detrás de la furgoneta. Llegamos al punto crítico, tenemos que estar muy alerta. En cuanto abra las puertas, dispondremos de una fracción de segundo para valorar la situación.
—No habrá tiempo para deliberar —añado—. Cada uno deberá decidir por sí mismo si abre fuego; pero si uno de nosotros lo hace, el otro se le suma sin reservas.
Harry se pone las manos en los costados y se inclina hacia atrás para liberar la tensión de su espalda.
—Exacto.

Cuando vuelve a inclinarse hacia delante, veo un hilo suelto en su uniforme: un tirabuzón que cuelga alegremente de la costura recta de su chaqueta, unos veinte centímetros por debajo de la axila. Por ahora no le digo nada, ya habrá tiempo cuando acabemos de repasar el plan. Lo primero es lo primero. Sólo faltan dos días para el aprovisionamiento.

2
Estoy tumbado en la cama de abajo de la litera, la funda de mi almohada desprende un aroma fresco, de detergente; tengo la sensación de que me dormiré enseguida. Nuestro cuarto está al lado del primer ascensor. Sólo hay tres ascensores para cuarenta pisos: uno muy rápido para los residentes, otro muy rápido para el servicio, y otro de velocidad media para las visitas. Nuestro cuarto es pequeño, pero eso casi nunca o nunca nos supone un problema; al fin y al cabo, siempre estamos trabajando. Dormimos cinco horas por turnos; con eso nos basta, estamos acostumbrados. Además, si uno de nosotros está cansado, puede tumbarse quince minutos; que yo recuerde, nunca se ha dado el caso, pero es reconfortante saber que la organización ha previsto esa posibilidad.

La puerta está entreabierta, y en el suelo de la habitación se ve la luz del alumbrado de emergencia, que empieza a cinco metros de aquí. Fuera, más allá de los gruesos muros del edificio, reinan el silencio y la tranquilidad, o al menos yo no oigo nada: ni ruidos, ni explosiones, ni disturbios. Absolutamente nada. Tampoco noto temblores en el suelo. Desde aquí dentro no nos hacemos la idea de lo que ocurre; nos es imposible imaginar cómo están las cosas realmente en el exterior. Y en realidad no importa. Nuestro trabajo está aquí, en el sótano, en la entrada.

Harry monta guardia en la silla de al lado de la puerta. Cada tanto se levanta y camina trazando un pequeño círculo.
Cuando pasa por delante de la puerta, su sombra oscurece toda la habitación. Comprueba el peine de cartuchos de su arma y lo introduce en el cargador con un clic seco. Aunque no le veo, sé que alarga el brazo y sujeta la pistola delante de sí; tal vez apoya una mano en la otra. Su ojo derecho mira a lo largo del alza y la muesca, su índice se tensa alrededor
del gatillo.

3
Dejo el pan humeante en un plato, sobre una servilleta de cuadros, para que se enfríe. Hago pan casi todos los días; es muy fácil y queda delicioso, vale la pena. Nos quedamos la panificadora del apartamento de la familia Olano, que estaba destinada a la basura.

Le digo a Harry que tenga paciencia.

Sale de mala gana de la habitación y vuelve a la silla que flanquea la puerta. Poco más tarde, saca la cabeza para decir:

—Se huele hasta detrás del garaje 4 —el garaje 4 es el más alejado de nuestra habitación—. El olor de hormigón ha desaparecido de toda la planta, es como caminar por un
pan gigante.

Recuerdo que de niño soñaba que me sumergía en una bañera llena de batido de chocolate hasta el borde, y que no salía hasta que me lo había bebido todo. En clase, me relamía los dedos porque todavía intuía el sabor a chocolate debajo
de las uñas.

Me doy cuenta de que no sé si contarle este sueño, aunque de buenas a primeras no sabría decir por qué. Quizás porque aquí, por supuesto, no tenemos chocolate.

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Peter Terrin (Tielt, Flandes, Bélgica, 1968) representa una voz única en la literatura contemporánea en lengua neerlandesa, tratando temas universales y a la vez de gran actualidad.
Ha sido descrito como “un maestro del detalle ominoso”, es considerado por la crítica como un inconformista literario, un escritor clásico que no sigue las tendencias y un estilista magistral. También ha escrito teatro y participa activamente como columnista en distintos medios.

Ha sido galardonado con varios premios literarios como el Premio de Literatura AKO y el Premio de Literatura de la Unión Europea.

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Una respuesta a El vigilante, de Peter Terrin

  1. ENHORABUENA por el trabajo!!! 🙂

    Educa

    Francisco
    13 abril 2015 at 11:13 am

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