Dos amigos inseparables: el alcohol y la literatura

Por Sergi Escudero

La relación entre la bebida y la escritura procede de tiempos tan lejanos como antes de Cristo. Publio Ovidio Nasón, por ejemplo, ya tuvo un idilio con el alcohol

Durante la historia de la literatura escritores como Charles Bukowski, Ernest Hemingway, Martin Amis, Dorothy Parker, Truman Capote o Quim Monzó siguieron los pasos de Ovidio.

Intentamos descubrir los porqués de esta relación con tres escritores actuales que también han tonteado con el alcohol como Juan Tallón, Cristina Fallarás y Ainhoa Rebolledo

¿Por qué la literatura y el alcohol son tan amigos?

Alcohol y literatura son dos sustantivos que combinan tan bien como sofá y televisión. Son como una camisa blanca a unos tejanos; puedes ir con ellos donde quieras, que sabes que no te fallarán. Quizá por eso tantos escritores decidieron tener una botella de alcohol cerca, al alcance de la mano, para inspirar su creatividad. Otros prefirieron refugiarse en él para hacerlo servir de carburante para sus textos igual que el jardinero usa el agua para alimentar sus plantas.

“A qué novelista no le gusta narrar cómo un personaje, desarbolado por la realidad, enciende un cigarro con un mechero o llena un vaso de vodka y lo descarga de un trago, para dotarse de aplomo. El alcohol, después de citarlo entra las cosas más horribles que existen, y que nos haría lamentar que no existiese, es profundamente literario. Siempre abre nuevas vías narrativas”, explica Juan Tallón, escritor gallego, autor del recién publicado ‘Libros Peligrosos’. El alcohol es un elemento tan básico en sus textos como lo pueden ser las palabras. Por su parte, Cristina Fallarás, periodista y escritora zaragozana, autora de ‘Las niñas perdidas’ o ‘Últimos días en el Puesto del Este’, reflexiona que “la literatura menciona tanto al alcohol porque la vida está llena de alcohol por todas partes y porque con él suceden historias que dan más de sí que con la declaración de la renta o la limpieza de cutis”. Sería complicado llegar a una conclusión sobre si hay más alcohol en los textos de Fallarás o en los de Tallón. Si alguien tiene ganas de descubrirlo puede abrir sus libros y ponerse a contar; no quedará defraudado. “La literatura que nos gusta está llena de alcohol porque para escribir una buena novela se necesitan diez meses, unos diez mil cigarrillos, diez litros de whisky y vivir a más de mil kilómetros de tu familia”, es otro argumento para justificar el uso desmesurado que la literatura ha hecho del alcohol. Lo da Ainhoa Rebolledo, autora de la novela ‘Tricot’ y del blog ‘Let’s pretend we were drunk’ –el título del cual ya deja claras las intenciones de la autora-, que escribe igual que se compone el rock’n roll, tal como sale.

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La lista de escritores que se han dejado abrazar con cariño –a veces desmesurado y peligroso- por el alcohol daría para llenar todas las páginas de una publicación generosa en ellas. Pero algunos captaron mejor y con más precisión las sutilezas de sus efectos. Los nombres que vienen a continuación serán familiares para los lectores, prácticamente más que sus padres y hermanos: Charles Bukowski, Martin Amis, Ernest Hemingway, Marguerite Duras, Dostoievski, Truman Capote, Dorothy Parker, Scott Fitzgerald, Edgar Allan Poe, Charles Baudelaire, el cual dijo que “hay que estar siempre borracho. Para no sentir el horrible fardo del Tiempo hay que emborracharse sin tregua. Pero ¿de qué? De vino, de poesía o de virtud, a vuestro gusto. Pero emborrachaos” – ¿y quiénes somos nosotros, ruines y simples ciudadanos, para contradecir a Charles Baudelaire? -, Jack Kerouac, Arthur Rimbaud, Victor Hugo. Pero se podrían hacer otras decenas de listas durante algunas tardes muertas, tan comunes en muchos,con nombres diferentes que también consiguieron provocar el clic en el cerebro del lector con sus textos sobre, con o gracias al alcohol.

¿Qué escritor ha contado mejor todo lo que rodea al alcohol? Rebolledo, que es gallega, explica que según su opinión “Bukowski es quien mejor ha explicado todo lo que rodea al alcohol. Me da mucha envidia porque estaba siempre borracho y escribía como los ángeles.” Bukowski, quizá el escritor maldito por excelencia y autor de libros de relatos como ‘La máquina de follar’, ‘Escritos de un viejo indecente’ o ‘Mujeres’, soltó precisamente en uno de los cuentos de esta última obra mencionada que “el problema de la bebida es que si te pasa algo malo, bebes para olvidar. Si te pasa algo bueno, bebes para celebrar. Y si no sucede nada, bebes para provocar que suceda”. Quizá este párrafo sea el que defina con más precisión lo que todos pensamos sobre los motivos por los que nos abocamos a las bebidas alcohólicas. Tallón, colaborador en diferentes medios de comunicación como Jot Down Magazine o El Progreso y autor del blog ‘Descartemos el revólver’, menciona, por su parte, autores diferentes aunque explica “estar en contra del concepto mejor. Sólo puedo aspirar a decir qué autores han hecho a mis ojos más verosímil la necesidad de beber, o dado relevancia literaria al gesto de llevarse el vaso a los labios. Y ahí citaría a Onetti, a Martin Amis, a JuanGarcía Hortelano o Brendan Behan o Malcolm Lowry”. Onetti, uno de los escritores favoritos de Tallón y el cual inspira el título de una de sus novelas, ‘El váter de Onetti’, tenía junto a su cama un alambique dotado de un sistema de tubos y serpentinas que le permitían beber vino, casi siempre tinto y casi siempre ordinario, según explicaba Eduardo Galeano. Aunque también tenía especial predilección por el whisky. ¿Y quién no?

En todo reportaje sobre el alcohol y la literatura se deben mencionar con sumo cuidado Ernest Hemingway y Martin Amis, prácticamente como si fuesen los profesores que avaluarán en el futuro tus conocimientos sobre el alcoholismo. El segundo ya dejó escrito un texto que casi es una biblia para los bebedores: ‘Sobreber’. En él recomienda a los lectores, entre otras cosas, que instalen dos neveras en casa. Una exclusivamente para la bebida, y otra, menos relevante, para la comida y esas cosas superfluas. Además, argumenta que la sociedad del siglo XX, después de tantas guerras, conflictos y miserias, si por algo consiguió seguir adelante es por el alcohol. Hemingway, por su parte, hasta colaboró en la historia alcohólica creando el Daiquiri Papa Doble cuando un día en La Habana le pidió al barman añadir licor de marrasquino y jugo de toronja a su daiquiri. Tampoco hay que olvidar a William Burroughs, quien aparte de ser un adicto a la heroína, también lo era al ron con cola. Quizá esto es decepcionante viniendo de un hombre rodeado de leyenda, ya que el ron con cola no suena demasiado legendario. Pero lo aprovechó para pontificar un poco. Dijo, refiriéndose a los Estados Unidos, que su droga nacional era el alcohol. Sin embargo, todo el mundo tendía a considerar el uso de cualquier otra droga con especial horror.

Foto: Faulkner.

Foto: Faulkner.

Fallarás, ganadora de premios como el Hammet en la edición del 2012, no se decanta por ningún autor en particular como el que mejor explicó lo que conlleva el alcohol, pero sí recuerda una historia que contó Paul Auster sobre una familia disfuncional en la que los padres son alcohólicos, luego beben los hijos adolescentes y acaban dándoles de beber también a los niños pequeños. Y todos se sientan entonces en el sillón a ver la tele, como si fuesen los Simpsons. Hay costumbres familiares muy arraigadas, la verdad.

El romance entre alcohol y literatura nació antes de Cristo

Si retrocedemos en el tiempo, nos encontramos con Publio Ovidio Nasón, más conocido como Ovidio. Un tipo nacido antes de Cristo, lo cual no es poco. Cuarenta y tres años antes, concretamente. Y ya le daba a la bebida y hablaba del alcohol en sus textos. Ovidio, autor de ‘Metamorfosis’, epopeya de quince volúmenes que recoge gran parte de la mitología grecorromana, toma ahí, es la demostración que el idilio de la literatura con el alcohol procede desde que la primera era prácticamente un bebé. Como si fuesen un matrimonio de conveniencia de ésos que los padres deciden en edades muy tempranas.

Yendo al presente, por contraste, tenemos un escritor contemporáneo como Quim Monzó, el chamán de la ironía mezclada con la inteligencia; un cóctel no tan habitual como puede parecer a primera vista. El catalán se encuentra actualmente en un periodo de ley seca por recomendación de su médico, el cual le debió ver colgando de un hilo si seguía con sus costumbres alcohólicas. Lo explicó Monzó mismo en La Vanguardia en una columna titulada ‘Qué complicada que es la vida’. En ella cuenta cómo buscó alternativas no alcohólicas para sustituir su tradicional vaso de whisky. Probó todos los tipos de té, zumos, bitter Kas o las cervezas sin alcohol, pero ninguno le sirvió demasiado, como el que prueba el baloncesto porque le han prohibido jugar al fútbol, que es lo que realmente le apasiona. No es lo mismo, ni mucho menos.

Pero si existe un periodo de la literatura que ha tenido una compenetración especialmente pasional con el alcohol, prácticamente de amantes, es el París de finales del XIX y principios del XX: el París del mágico Montmartre y de los cafés literarios. Cualquier escritor actual ha soñado alguna vez con teletransportarse a ese París y meterse unos tragos de Fée Verte, es decir, de absenta, como elucubró el magnífico Woody Allen en la película ‘Midnight in Paris’. Los que pudieron disfrutar de este periodo de la literatura en la realidad fueron escritores como Oscar Wilde, Álvares de Azevedo, o los ya mencionados Charles Baudelaire y Ernest Hemingway. Estos dos últimos también se dejaron caer por Barcelona para enamorarse de la absenta del Marsella. Oscar Wilde explicó que después del primer vaso de absenta “uno ve las cosas como le gustaría que fuesen. Después del segundo, uno ve las cosas que no existen. Finalmente, uno acaba viendo las cosas tal y como son, y eso es lo más horrible que puede ocurrir”.

Beber no es únicamente cosa de hombres

A estas alturas de la Historia parece claro que el bebercio es un tema que incluye por igual a hombres y mujeres, aunque las estadísticas indiquen que es un asunto más predominante en los hombres. Pero como decíamos en la lista de escritores borrachos, dos escritoras como Marguerite Duras y Dorothy Parker capitanean el grupo de juntaletras ebrias. La primera soltó lo siguiente en forma de crítica en su libro Practicalities en 1987: “Cuando una mujer bebe es como si un animal o un niño estuvieran bebiendo. El alcoholismo es escandaloso en una mujer, y una mujer alcohólica es rara, es un asunto serio. Es un insulto a lo divino en nuestra naturaleza”. La segunda prefirió dejarnos una explicación sobre los efectos del alcohol en su cuerpo que se tendría que enmarcar en cualquier bar que lo sirvan, es decir, en todos, para que los clientes sean conscientes de sus elecciones, las cuales a veces consisten en seguir para adelante sin mirar a los lados, por si acaso. Ella quería beber como una dama, pero la mayoría de las veces le resultaba imposible, por lo menos a partir de la tercera copa, que ya le hacía estar debajo de la mesa. La cuarta le llevaba a estar debajo del invitado haciendo malabarismos sexuales. Su bebida solía ser el whisky sour. En todo caso, la lista de escritoras bebedoras es larga: Anne Sexton, Shirley Jackson, Jane Bowles, Patricia Higsmith, Jean Rhys

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El alcohol como forma de inspiración

Ante la pregunta de si tomar alcohol le sirve para inspirarse, Fallarás es contundente: “el alcohol es una mierda”. Rebolledo explica que “yo si bebo me quedo dormida automáticamente o, como mucho, escribo whatsapps inapropiados. Pero nunca he conseguido hacer literatura con ayuda de alcohol. Además, últimamente percibo que cuanto más bebe un escritor, peor es su narrativa. ¡Un escritor debe estar encerrado en su torre de marfil escribiendo textos que me rompan el corazón! No quiero que se diviertan demasiado”. Otro que se decanta por un razonamiento similar es Tallón, quien admite que personalmente no le da ese uso. Pero recuerda una anécdota de Gabriel Ferrater, poeta y alcohólico, con Baltasar Porcel. El primero le preguntó al segundo si creía en la leyenda del alcohol para hacer literatura. Porcel respondió lo siguiente: “Nunca, nunca el alcohol me ha sugerido ni medio verso. Ni dos palabras. Cuando bebo, con solo que sea una copa, soy incapaz de escribir. No diré, sin embargo, que un día de bebida ésta no provoque unas asociaciones mentales extraordinarias, las cuales otro día, estando sobrio, puedes aprovechar si las recuerdas”. Así nuestros tres escritores entrevistados dan la razón al húngaro Vincenzey, quien aconsejó lo siguiente: “no escribas bajo los efectos de la droga y el alcohol, la lucidez es esencial en un escritor”. Vincent Levant, por su parte, también dio sus argumentos para no beber: “No bebo alcohol. No me gusta. Me hace sentir bien”. Cada uno tiene los suyos.

Pero volviendo a Onetti, porque siempre apetece volver a Onetti, éste se soltó en una entrevista en la que explicó que “el escritor es un ser perverso. Yo soy perverso. Tomo porque me gusta;fumo porque me gusta. El alcohol me ayuda a escribir. Todavía no he escrito borracho como Faulkner, mi maestro. Este es mi maestro en lo literario, no en lo alcohólico. Hubo un tiempoque tomaba pastillas, recetadas por un médico, para escribir. Ahora escribo en ‘pelo’, como dicen los gauchos que montan a caballo; o, si quiere, a ‘capella’.

¿Queda algo por contar del alcohol?

Ante tanta bibliografía que menciona, se inspira, se desarrolla o se nutre del alcohol, surge la pregunta de si ya está todo contado sobre esta temática, probablemente una de las tres más explicadas de la historia. Augusto Monterroso dijo que solo había tres temas en la literatura, y hasta en la vida: el amor, la muerte y las moscas. Parece que se dejó el alcohol, el bueno de Monterroso, como cuando coges el móvil, la cartera y la chaqueta, pero te dejas las llaves y luego tienes que picar el timbre de casa de tus padres a las seis de la madrugada. Fallarás argumenta que “el alcohol no es nada. El alcohol participa de la narración. Se puede contar todo lo nuevo que quieras. En realidad no hay muchas historias sobre el alcohol, hay muchas historias con alcohol”. Rebolledo, por su parte, cuenta con ironía que “seguro que ahora es tendencia escribir sobre lo malo que es el alcohol”. Tallón, en cambio, sentencia que “se pueden seguir narrando grandes historias de individuos abocados a beber, en trámites de autodestruirse, tal y como ocurre en la vida real”.

La prueba definitiva, prácticamente nacida del algodón, de que aún hay cosas por contar relacionadas con el alcohol se encuentra en el hecho que las librerías no paran de dejar asomar títulos bañados en él. Aunque algunos no lo pongan en evidencia en sus portadas o en sus sinopsis, el alcohol se acaba convirtiendo en el personaje secundario más importante, porque hace deslizar con sutileza las historias hasta llevarlas a la catástrofe o el triunfo. Vas a tu librería de confianza, donde el librero ya se conoce tus gustos hasta el punto de recomendarte novedades de autores desconocidos y quizá sin familia, y escoge un libro al azar; si quieres, sin mirar, como Laudrup daba los pases a Romario. Es muy probable que vuelvas a encontrarte con un viejo conocido.

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5 respuestas a Dos amigos inseparables: el alcohol y la literatura

  1. Interesante artículo… y lamentable que el alcohol sea un compañero inseparable para tantos escritores… Es evidente que, a algunos, lo que la naturaleza no les da, el alcohol se lo presta. Me parece triste esta afirmación: “La literatura que nos gusta está llena de alcohol porque para escribir una buena novela se necesitan diez meses, unos diez mil cigarrillos, diez litros de whisky y vivir a más de mil kilómetros de tu familia”. Y no puedo estar más en desacuerdo con ella. Vivimos en una sociedad en que se hace gala de beber… como si fuera una panacea o una necesidad. Sinceramente no creo que haga falta el tabaco y el alcohol para escribir una buena novela. Hace falta talento y conocimiento literario. Y eso, sinceramente, no creo que lo den el whisky ni la absenta. Vivimos en un mundo lleno de dependencias… y la dependencia del alcohol no es un timbre de honor, sino un hándicap. Las esquinas están llenas de gente alcoholizada, incapaz de afrontar su vida. Las penas se ahogan con alcohol, dice el refrán… y yo creo que hay que buscar un mayor equilibrio entre las alegrías y las penas, pero en base a afrontarlo todo sin ayuda de cosas que destrozan muchas existencias, eso sin contar las consecuencias que tiene en casos de violencia, etc. Estoy bastante cansado de escuchar la misma monserga del valor “literario” del alcohol. Lo que empieza siendo una costumbre que, de forma tópica, se considera un rito iniciático en la vida adulta, se convierte, por parte de los que no pueden prescindir de él, en un valor. Y no solo es un valor, sino que es una carga, social e individualmente. Ya puestos, me quedo con la marihuana. No soy un defensor de ningún tipo de drogas… pero me parece que ya es hora de devolver a su sitio a elementos que alienan más que liberan, y el alcohol y el tabaco son dos de ellos. En fin, sé que lo que estoy escribiendo no es “políticamente correcto” en el mundo del Arte y las Letras… pero las cosas están cambiando. Porque la Literatura de verdad no es solo un escape, sino un trabajo en el que se utiliza el pensamiento, el lenguaje, la información… el saber. El saber, que es mucho más importante que el alcohol. Saludos… y espero que muchos de mis amigos escritores que beben no se molesten por este comentario. Pero es que ya está bien de deificar lo que no deja de ser un problema. Y grave para muchos.

    Emilio Porta
    22 noviembre 2014 at 13:54 pm

  2. Excelente articulo me sorprendió. las citas y la historia que narran imperdible.

    Pablo Márquez.S.
    22 noviembre 2014 at 20:11 pm

  3. Estimado Sergi:

    Me ha parecido un excelente trabajo recopilatorio. Os recomiendo la lectura de El desencantado (http://www.acantilado.es/catalogo/el-desencantado-227.htm), de Budd Schulberg. El proceso de destrucción de un talentoso escritor y guionista (un trasunto de Scott Fitzgerald) es terrible.

    Estoy de acuerdo con lo expresado por Emilio Porta, ni el alcohol ni otras “muletas” pueden servir para paliar ni la falta de talento literario ni la desazón ante la vida. Entiendo que no deben ensalzarse sus virtudes sin más, sino que hay que evidenciar sin tapujos las consecuencias de su consumo.

    Charo Onieva
    23 noviembre 2014 at 13:00 pm

  4. Pingback: Libros y vinos | Entretantomagazine

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