El corazón, la nada

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Eduardo Moga

Eduardo Moga

EL CORAZÓN, LA NADA

Antología poética (1994-2014) de Eduardo Moga

Amargord Ediciones. 2014. Prólogo de Jordi Doce. 240 págs. 17€

 

Por Bruno Marcos

 

La poesía de Eduardo Moga se presentó en el panorama nacional a mediados de los años noventa a contracorriente en medio de una  operación general de retracción.

Olvidadas las diversas cabriolas de casi todos los novísimos y postnovísimos y en el baldío de una postmodernidad con mirada de corto alcance, todo parecía apuntar a una vuelta a lo convencional y a un discurso íntimo de bajo vuelo.

Antivanguardismo y, más que ironía, cinismo era lo que tocaba entonces pero Moga, al margen de todo, como un adolescente tardío que empezaba a escribir con casi treinta años, se lanzó a redactar un libro trepidante, un libro río, quizás uno de los más utópicos de cuantos se hayan escrito en los últimos años y del cual la poesía entera sale vencedora. Moga ganó el premio Adonáis con él, La luz oída, un libro que desde la sinestesia de su título nos remite a una abstracción que, en aquellos momentos, no estaba precisamente de moda. Él mismo asegura: “Quizás fuese un propósito anacrónico, cuando todo parecía sumido en una contemporaneidad líquida, que descreía de los grandes relatos y aun de las narraciones discretas, y que recelaba, hasta el malestar, de la herramienta con que se habían fabricado, pero yo sentí que era lo que debía decir, aunque no encajara en su tiempo.” Pero La luz oída es un libro riquísimo, de sorprendente energía verbal que permanece encendido casi veinte años después de su nacimiento.

Precisamente Eduardo Moga, con otros, vino a romper en aquella década el monolítico ecosistema poético español que vivía enquistado en guerras intestinas por hacerse con la vara del pastor de las manadas literarias. La poesía que venía lo hacía marcada por un eclecticismo imparable propio de un país en el que la contemporaneidad penetraba totalmente. Su labor como editor, con Sergio Gaspar en DVD, vino a romper esa monotonía editorial de los hiperiones y los visores que monopolizaban la visibilidad y que llegaron, al final, a convertirse más en un tapón que en un vehículo difundiendo la idea de que la poesía era lo que algunos querían que fuese.

Esta antología, El corazón, la nada, recoge una selección de su poesía escrita durante estos últimos veinte años y plasma la ambición fundamental de Eduardo Moga: intensidad y utopía de la palabra poética, que se extiende con exuberancia y horror vacui colonizando la realidad. En algún momento nos puede parecer un impulso ingenuo u obsesivo, una patología gafómana, como la de un pintor realista que dedicase su vida entera a pintar todo lo que ve, pero qué otra cosa es la escritura sino un acto de ingenuidad y de fe en que las palabras sirvan de algo.

No es raro que, a medida que el poeta ha ido publicando libros y cumpliendo años, su ánimo haya decaído, principalmente porque ha visto que el mundo no está a la altura del arte, sin embargo no ha cejado en su empeño de escribir, de poetizar a pesar de que su mirada se nuble. La inteligencia del poeta busca sentido en lo que no lo tiene, belleza en lo que no la posee. “Una lengua –escribe en algún lugar– que carece de mundo al que nombrar”. No debemos perder de vista el hecho de que la poesía de Eduardo Moga partió de una utopía colosal y estaba destinada a toparse de bruces con la realidad.

Escribe: “El cielo ha muerto –su cadáver/ vagabundea por entre los plátanos,/ arañado por humos y vencejos-,/ pero aún abriga/ poder”. Más adelante añade que ese resto de poder queda porque se resiste a la oscuridad con la confianza en la palabra.

 

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