Juan Manuel Uría a propósito de ‘Las huellas del límite’, su último trabajo

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«Ante todo el grito. Cierta rabia y cierto llanto que se arrojan. Ante todo la náusea, el alma abismándose, ciega. Ante todo el rostro esculpido a navaja y enfrentado a su mueca; el espejo en el que nos miramos, temblando. Todo y huesos, también, y el rastro de voces pasadas que repercuten, de rutas equivocadas y de muertos que llevan nuestro nombre en el ojal».

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Las huellas del límite, de Juan Manuel Uría.

Juan Manuel Uría (Rentería, 1976) es licenciado en Pedagogía y ha publicado ya diversos libros de poesía: Puerta de Coral (2005), ¿Quién es Werther? (2009), Transformaciones (2009), Manzana de vaho (2012) y Hablar porque la muerte (2014) y este su último trabajo, Las huellas del límite, donde recoge los pasos del ser humano que conformando su historia, se convierten en poemas. Fue miembro del mítico grupo GATZA.

Las huellas del límite. Juan Manuel Uría. Editorial Baile del Sol. 92 páginas. 8,00 €

Cuando la huella del ser humano, su propia historia, se hace conciencia, el paso trasciende al hecho para transformarse en poema. El hombre se convierte, así, en creador, en poeta. Su huella se desdobla, es la misma y otra, es la verdad y el espejo. La vida, una tesela de su misterio, en ese paso, queda desvelada. Huella límite de investigador puro, de curiosidad, de niñez sin tacha. Así, por ejemplo, la huella del pintor de Altamira, de Rodin, de Van Gogh, de Lorca, de Chopin, de Cervantes… Huellas que abren trocha ahí donde no había nada, conquistando el vacío… en el límite donde, a decir del poeta, “la luz y la oscuridad nos son madres”, donde la existencia se viste y desviste de sí misma.

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P.- ¿Cómo nació y se gestó Las huellas del límite? ¿Una manera quizá de cómo bien dices, conquistar el vacío, dejar un recuerdo vivido de nuestro paso?

Las huellas nace como nace un poema: sin permiso y para contarnos cosas que no sabíamos de nosotros mismos, que diría Gamoneda. Al final, en todo caso, todo responde, cada libro que uno escribe, a las obsesiones que le rondan. Ahí están las huellas, esas huellas que son como hitos en el silencio, que nos han dejado poetas, artistas, hombres en definitiva que ha dado sentido y música al mundo, con la palabra, con la pintura, que han tratado de dar un significado a la vida. Yo sigo a una tradición de poetas que podríamos llamar del espíritu, que trataban de aflorar eso que nos forma en lo profundo y nos define y que es transversal a las épocas, a las culturas, a cualquier frontera. Eso que por ser indefinible e inexpresable (como lo es el alma) es poético. Tratar de expresar lo indecible será entonces el trabajo del poeta.

P.- Tu relación con el arte (amén de ser poeta) es notable. Las series “Seis cuadros” y “Nostalgias” así lo atestiguan.

Sí. “Seis cuadros” son seis poemas que escribí para acompañar a sendos cuadros del pintor Detritus, y en Nostalgias hay una selección de poemas escritos para una exposición de fotografía de Aitor Lazkano. No creo en los departamentos estancos. La interdisciplinariedad, la contaminación y el mestizaje entre las artes y los lenguajes son imprescindibles para un creador. Juan Ramón Jiménez dijo que la poesía puede estar en cualquier disciplina artística siempre que hunda su raíz en la esencia poética. Y dijo bien. No importa qué medio de expresión se use, al final se trata de lo mismo: darle un sentido al silencio, al vacío, al mundo, a ti. He de decir, además, que mi primera vocación, si podemos llamarlo así, fue la pintura; luego, por causas borrosas, pasé a la palabra. Y, por supuesto, la pintura es para mí una fuente de inspiración permanente.

P.- ¿Es quizás el temor al paso del tiempo lo que condiciona más al ser humano? ¿Igualmente a Uría como poeta?

El temor al paso del tiempo no es otra cosa que el temor a la muerte. Tenemos noción del tiempo porque podemos proyectarnos al futuro y al pasado desde un presente esquivo y frágil. Esa proyección nos lleva a la conciencia de nuestra vulnerabilidad, de nuestra mortalidad. Y esto es lo que causa ese vértigo y ese temor. Para un poeta, para cualquier creador, el tiempo y la muerte son temas centrales. Dan definición al ser, al hombre, a lo que somos. Desde el principio, desde que tomamos conciencia de que existimos (o sea, de la muerte) está esa obsesión en nosotros.

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Juan Manuel Uría.

P.- En esa búsqueda de las raíces y las huellas, ¿qué resulta más duro transmitir los momentos compartidos o los silencios arrumbados?

Van de la mano. La memoria necesita de todas sus teselas. Los silencios son los intersticios necesarios, la articulación que permite que el pensamiento flexione y el corazón siga latiendo a intervalos. Sin silencio todo sería un continuo de ruido insoportable. La huella, la raíz, se hunde en una esencia colectiva y atávica donde está la fuente del mito, la fuente oscura de donde mana la poesía. Aquí viene el poeta a beber, aquí baja, para luego ascender y tratar de contárnoslo entre balbuceos.

P.- El acercamiento que haces al propio yo, ¿tiene más de reflexión literaria que de ejercicio liberador, o en la poesía ambos se complementan?

La poesía además de aquello que dijo Machado de que es palabra en el tiempo, es sentido y música. La palabra poética es sonido y sentido. La poesía no es literatura (o sólo literatura), sino ciencia, un método de conocimiento, con su epistemología y sus métodos. No me descabalgo de esta idea que ya positivaron las vanguardias. Y es una ciencia de liberación, de liberación del Yo lábil y multiforme, de la subjetividad e inconsciente presos, y de transformación del otro a través de la palabra transustanciada, elevada a categoría de potencia. Aquí, claro, entra también el factor estético, el oficio: aprender a escribir bien. Y el ético: siempre con la verdad, “yo escribo sólo la verdad” que dijo Blas de Otero. Sin imposturas. Vertiéndose el poeta en el papel. En cualquier caso, si la poesía tiene alguna virtud es la de buscar siempre la unidad de los contrarios, complementar planos, unir, casar lo imposible.

P.- ¿Cuáles son las palabras que consideras innecesarias y a las que aludes en alguno de tus poemas?

Las que actúan como lastre. Como esos adjetivos innecesarios que sobran. En un poema debe quedar lo imprescindible. Todo lo demás sobra. Creo que la vida es igual. Uno con lo años aprende a saber qué cosas son necesarias y cuáles nos impiden caminar. La retórica existencial o poética es una traba para llegar al conocimiento y transformación de lo que somos. La retórica es barroquismo. Esto no tiene que ver (porque a veces se confunde) con ser más claro o más oscuro. O con la poesía clara o hermética. Hay poetas realistas, claros, directos, que son huecos, que mienten. Y poetas herméticos (ah, Celan) que son puro tuétano, verdad, y nos hablan desde un estado poético. Entonces, hay que usar las palabras precisas, las necesarias, para objetivar lo que queremos decir. Y el poeta, si es honesto, sólo lo podrá hacerlo con esas palabras y no otras, sea claro u oscuro, realista o no. Es un trabajo, por lo tanto, arduo, de análisis, de corrección, de cincelar la piedra de la poesía como una escultura (así lo visualizo yo). Sin esta labor de corrección y análisis casi científica de la obra no hay un resultado bueno. A la intuición y al corazón ha de sumarse la razón y el modelado. Si no es pura arbitrariedad sin objetivo.

P.- Dices en uno de tus poemas que la felicidad es un desmayo de luz… ¿sin resquicios quizás para otros caminos?

No en ese instante. En ese poema. Pero este mismo poema, si se sigue leyendo, se abre a otros caminos, amplía el marco y dice luego que la felicidad es “la simpleza de un niño jugando en la calle. Su risa pura”; o “No el lenguaje sino el gruñido. No la libertad sino palpar cuidadosamente la celda interior”. Entonces, en el mismo poema hay un perímetro de espejos que nos muestra horizontes de felicidad posibles y propios que han sido y que, con suerte, serán.

P.- ¿Qué queda hoy de ese diario del vértigo que te acompañó durante un tiempo?

Sigue ahí, en paralelo a todo lo que escribo. Son vasos comunicantes. No soy, sin embargo, de los que están todo el rato anotando. Sí soy observador, curioso, y mantenga esa actitud, supongo que infantil, de “mirar debajo de la cama y detrás de las cortinas”. Desvelar y velar es tarea de poetas, sabiendo que la realidad es más de lo que vemos, mucho más. Traducir eso en el poema es su tarea, presentárselo al lector para que se produzca el pequeño estallido, la conmoción, la epifanía.

P.- Textos breves cargados de belleza y profundidad. El origen, dios, alma, amor, el tiempo, el límite, la huella… ¿es la poesía el mejor camino para esa búsqueda?

Sí. La poesía es una tarea de indagación y búsqueda. Estética y de conocimiento. La Belleza con mayúscula.

P.- ¿De qué fuentes poéticas bebe Juan Manuel Uría?

De muchas. De la tradición, de donde hay que beber hasta hartarse, porque ahí está la huella primera, segunda y tercera, que llega hasta nosotros. De las vanguardias, que liberaron las formas y el lenguaje de algunas de sus ataduras. En definitiva, bebo de todas las fuentes, porque de todas mana poesía. Luego, evidentemente, hay algunas fuentes de las que abuso más, y otras de las que bebí y ya no bebo. Pero esto es lo habitual, o debería serlo, en quien forma un criterio y va quedándose con unos y descartando a otros, según una poética propia que debe ir formando.

P.- ¿Tienes ya algún nuevo proyecto entre manos?

Estoy con varias cosas que irán publicándose. O no.

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Por Benito Garrido (@benitogarridog).

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