El Greenwich Village, la ficción parisina de Anatole Broyard

Categoría: + Comunicación |

 

Por Anna Maria Iglesia

@AnnaMIglesia

Dos ciudades y dos momentos históricos distintos: aparentemente nada podría unir el Greenwich Village de Anatole Broyard y el París de los años veinte, sin embargo, la lectura de las memorias del que, seguramente, fue uno de los críticos literarios con más influencia en los medios durante la segunda mitad del siglo XX trenza una inesperada trama entre estas dos ciudades, convirtiendo Nueva York en heredera privilegiada de la lección parisina. No se trata de lo que éstos dos encuadres urbanos y, a la vez, profundamente literario, puedan tener en común, sino de cómo a partir de estos dos lugares y, sobre todo, en el recuerdo y reescritura de la experiencia allí vivida, Anatole Broyard consigue construir un relato que, si bien presentado bajo el epígrafe de recuerdo autobiográfico, puede definirse en contemporáneo como un relato de formación  y como la reconstrucción socio-cultural de dos tiempos y de dos lugares claves, a pesar de las diferencias, en la configuración de un campo literario nuevo.

greenwich

Cuando Kafka hacía furor, publicado por La uña rota, quien ha decidido incluir el ya antológico –o al menos así debería serlo visto el uso y abuso que se hace del término hípster- artículo de Broyard Retrato del hípster, es el relato en primera persona de Anatole Broyard que, cuarenta años más tarde y convertido ya en uno de los críticos de referencia del New York Times, reconstruye su llegada al Greenwich Village en 1946 de la mano de Sheri Donatti (Sheri Martinelli era su nombre verdadero),  una figura de referencia en el Greenwich de aquellos años. “Era aquella una época en la que Kafka hacía furor, y lo mismo ocurría con el expresionismo abstracto o con el revisionismo en el terreno del psicoanálisis”, escribe Broyard en la primera página del libro, donde define a Sheri como “vanguardia de sí misma”, alguien que “tenía ese tipo de personalidad que empezaba a estar en boga en Greenwich Village por 1946”. Era la protegida de Anaïs Nin,  a quien Broyard conocerá gracias a las varias visitas que la joven Sheri realizaba a la escritora norteamericana de origen cubano que, tras transcurrir algunos años en París, había regresado a los Estados Unidos. En aquellos años, Nin ya había comenzado a escribir sus diarios, en los que Sheri Donatti será citada en más en una ocasión, teniendo en los volúmenes cuarto y quinto un especial protagonismo. Junto a Anaïs Nin, Donatti se codea con los principales poetas y artistas de la segunda mitad del siglo XX norteamericana, en especial con Ezra Pound, de quien se convertirá en Musa, apareciendo no siempre explícitamente en sus Cantos, y con William Gaddis, quien la utilizará como modelo para la construcción del personaje de Esmes en Los reconocimientos. En Cuando Kafka hacía furor Broyard relata su complicada y tormentosa relación sentimental con Donatti, una mujer que le abre las puertas a una realidad cultural de la que el joven crítico, hasta entonces, tenía solamente referencias lejanas; son años de lectura intensa, Kafka se había convertido en un autor indispensable, los jóvenes poetas y narradores acababan de descubrir la obra del escritor de Praga, hasta entonces desconocido, convirtiéndolo en uno de sus referentes. Junto a Kafka, Broyard descubre a Wallaces Steven, D. H. Lawrence y Céline; asimismo se inscribe  a las clases que impartía por entonces Erich Fromm, se adentra en la psicología Gestalt y se aproxima, desde una lectura revisionista, a las tesis freudianas que, algunos años más tarde, serán una vez más revisadas, en esta ocasión de la mano de Jacques Lacan. “El village, en 1946, era lo más parecido a París en los años veinte”, recuerda Broyard: en el imaginario norteamericano, París ocupa un lugar distinguido. Casi toda la generación anterior a Broyard ha vivido sus años de juventud y de formación literaria en París; Anaïs Nin ha regresado, como también lo habían hecho Scott FitzgeraldHemingway o Ezra Pound; en aquel mismo año 1946 morirá, a pocos quilómetros de la capital francesa, Gertrude Stein, autora de la Autobiografía de Alice B. Toklas, símbolo y maestra de todos aquellos jóvenes norteamericanos –Djuna Barnes, Robert McAlmon, Natalie Barney, Peggy Guggenheim, …- que buscaban realizarse literaria y artísticamente en la capital francesa. En aquellos años veinte parisinos que Broyard revive, dos décadas después en Nueva York, una joven norteamericana, Sylvia Beach habría en la capital francesa Shakespeare and Co., una librería especializada en literatura anglosajona y que de inmediato se convirtió en centro neurálgico de la vida cultural de la rîve gauche. Pocos años después de su cierre, durante la ocupación nazi de París, en el Greenwich Village, un joven Anatole Broyard abre una pequeña librería de segunda mano especializada en literatura del siglo XX. La apertura de aquella librería, cuya vida fue más bien corta, significó para Broyard un punto y aparte: poco después su la relación con Sheri llegaría a su fin, él comenzaría a colaborar con distintos medios y en 1948 publicaría en el Partisan Review Retrato del hípster. Los años entorno a la librería fueron, además, años de búsqueda absoluta de libertad intelectual y de hábitos: el sexo dejaba de ser tabú a la vez que las mujeres se independizaba intelectualmente, convirtiéndose en interlocutoras autónomas y no sólo en objeto de deseo (“En Lamento de Portnoy, Portnoy dice que debajo de las faldas todas las chicas tenían coño. Lo que no decía –y éste era su problema, su verdadera queja- era que debajo de las faldas también tenían almas”).  Greenwich Village estaba llamado a ser, algunos años después, en el centro neurálgico del movimiento hippie: la cultura perdería toda inhibición, se buscaba leer y experimentar lo hasta entonces ignoto o prohibido, parecían no importar los obstáculos: en 1956, paradójicamente justo un siglo después de que Flaubert hubiera sido procesado –y al final absuelto- por su “amoral” novela Madame Bovary y que Baudelaire, procesado y condenado, fuera obligado a suprimir algunos versos de sus “moralmente irreverentes” Flores del mal, Allen Ginsberg es procesado tras publicar su poemario Howl, llamado a convertirse en el auténtico aullido de una generación descontenta. El poemario, publicado en San Francisco, estuvo prohibido hasta que el juez  Clayton W. Horn, recalcando la necesaria independencia del arte de cuestiones ético-morales así como viendo en los versos de Ginsberg un poder redentor ante aquellas mentes brillantes que iban muriéndose adormecidas por la obstruyente sociedad norteamericana, todavía extremadamente encorsetada, levantó la prohibición.

cuandoBroyard construye un Greenwich Village a imagen y semejanza del París de los años veinte: describe un Village que en 1946 estaba comenzando a recorrer ese mismo camino de libertad creativa, de intercambio cultural, de innovación estilística y, sobre todo, de liberación de corsés morales y de experimentación física e intelectual que unos años antes había recorrido París que, si bien nunca volvería –a pesar de la mistificación que todavía hoy le acompaña- a experimentar aquel aullido de libertad, volvería a convertirse en centro de referencia en los años sesenta, convirtiéndose en 1968 en destino casi obligado para todo joven universitario europeo. Como bien indicaba Patricio Pron, Cuando Kafka hacia furor es una carta de amor a una ciudad y a unos años, una carta, que como todas aquellas teñidas por tintes románticos e impregnadas de añoranza, pecan de ingenuo idealismo: los recuerdos de Broyard no son el texto más interesante del crítico norteamericano; sus recuerdos devuelven al lector a un Greenwich Village que sin duda existió, como también existió el París que, a nivel de estrategias narrativas, se convierte en referente literario y narrativo de Broyard. Y, si bien, los recuerdos, en tanto que memoria subjetiva, no pueden negarse así como tampoco puede negarse el París de los veinte o el Greenwich Village de finales de los cuarenta y de los años cincuenta, es necesario aproximarse a estos dos encuadres urbanos de la misma manera que se aproxima uno a un texto literario: consciente de estar frente a una recreación retórica, a un artefacto que, en su literariedad, se aleja inevitablemente de todo posible referente, convirtiéndose, como dirían los teóricos de los géneros literarios, en un mundo otro. Cuando Kafka hacia furor es una carta de amor, un canto elegiaco, un recuerdo que el tiempo ha modificado y que las lecturas han convertido en literatura.

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