El largo camino de tus piernas, de Elena Marqués Núñez

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Por David Martínez Garrido.@dmgarri.

portada-piernas-+lomocopia“A quién no le interesan los recovecos y los escollos de las vidas ajenas”, sentencia Alice Duchamps, protagonista de este libro, en uno de sus muchos momentos de diáfana lucidez. Desde luego, a todos nos interesan las historias, las vidas, sean reales o inventadas, siempre y cuando estén tan bien narradas como las de este libro.

Alice Duchamps, a pesar de su precoz sabiduría (sólo tiene dieciocho años) ya ha adquirido la obsesión nítida de convertirse en una destacada mujer. Su aventura comienza tras sentirse atraída por una oferta para modelo de pintura y decidir “perder el miedo a perderse” para trasladarse a París. Allí le aguarda Philipe Satie, un artista en decadencia que ronda los sesenta, pero que aún mantiene ciertos encantos aún intactos. Con él se produce su glorioso despertar sexual, que nos enreda, nos atrapa y nos envuelve irremisiblemente.

Mientras Philipe parece quedar totalmente enganchado por la juventud e imperfección de su musa, pues él mismo admite, a pesar de su dilatada trayectoria amorosa, que tiene “sentimientos puros y desconocidos hasta entonces”, ella desea conocer otras personas y medrar en el gran París bohemio para alcanzar sus objetivos.

En una de las cartas a su hermana parece confirmar su carácter antojadizo y encantadoramente byroniano: “Ya sabes que me enamoro con facilidad, aunque también que mis sentimientos suelen ser poco profundos. No es mi intención ser tan superficial, es algo inevitable.”

Y es que Alice se sacude muy pronto su inocencia e ingenuidad para convertirse en “una caprichosa que consigue lo que quiere lloriqueando un poco y haciendo algunas cosas con las que los hombres se quedan tan contentos”.

La personalidad inquieta de la musa es una fuente inagotable de sufrimiento para los celos exagerados del pintor, que intenta aumentar sus ansias de posesión con la entrada en escena de Gaston, el charcutero.

Philip, según Alice, “se siente algo apocado por la juventud y la frescura del otro”. A partir de ese momento, la relación se convierte en un triángulo de aristas afiladas, que sólo la dulce Alice será capaz de dominar con naturalidad.

Las cartas de Alice a su hermana, entre ingenuas y maliciosas, junto con los reflexivos fragmentos del diario de Philip, permiten ver la historia desde varias ópticas, lo que otorga al lector una perspectiva extraordinaria. Y contribuye, definitivamente, al despliegue de todo un repertorio de técnicas literarias. De esta forma, la escritora sorprende con el lenguaje múltiple de varias maneras de hablar, hinchando la realidad.  Este ejercicio de audacia, recompensa al lector con  un entretenimiento elevado e intrincado que le lleva muy lejos.

Esta novela es  capaz de incitar y excitar cuando en realidad eso no es nada corriente. Seguramente, el secreto esté en la manera en que Elena exprime la última gota en cada situación con una inventiva arrolladora.

El elegante estilo con el que embauca es arte en sí mismo. El libro sabe de estilo, tiene estilo, es estilo. La forma con la que juega con el lenguaje, hace al amor con el lenguaje, la naturalidad y fluidez con la que entrelaza las palabras, que revolotean perfumadas desde el principio hasta el final, pero sin adornos ni florituras innecesarias. Esa forma de escribir que el destino sólo otorga a unos pocos.

Creo que Elena posee un excelente sentido de la palabra: dónde ubicarla y cómo. Y cómo, y cómo.

En esencia, todo lo que tengo que decir es: El largo camino de tus piernas sí.

Sí, sí, sí, sí, sí y sí.

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