Mariana Torres a propósito de ‘El cuerpo secreto’, su reciente libro

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«Atravesaron los huesos de mis piernas con clavos de titanio. Tenían el grosor del dedo de un niño, pero eran largos, plateados, suaves al tacto y perfectamente pulidos. Me los quitaron uno a uno cuando lo pedí. Salieron limpios y sin dolor, como si el interior de mi cuerpo en lugar de carne y vísceras lo formara una masa compacta de espuma de poliuretano».

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El cuerpo secreto, de Mariana Torres.

Mariana Torres nació en Angra dos Reis (Brasil) en 1981. Escribe desde siempre, pero sobre todo a partir del Taller de Escritura de Madrid al que llegó en 2001. Estudió guion en la Escuela de Cine de Madrid, tras lo cual dirigió un cortometraje, Rascacielos (2009). Empezó a impartir clases de escritura en 2004 y continúa haciéndolo en la Escuela de Escritores, de la que forma parte desde su fundación. El cuerpo secreto es su primer libro de cuentos, historias donde muchos de los personajes son niños que sienten dolor, ese pesar más íntimamente ligado a la existencia.

El cuerpo secreto. Mariana Torres. Editorial Páginas de Espuma, 2015. 136 páginas. 14,00 €

La inocencia, la crueldad y el dolor conviven juntos en un solo cuerpo. Los protagonistas de este libro de cuentos son niños que se mueven entre cajas, cascarones y algún que otro ataúd. ¿Cuánto queda de nosotros en estos niños que sienten? Treinta y cuatro relatos, cada uno de los cuales busca provocar una emoción concreta.

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P.- En su libro conviven una inocencia con tinte, en ocasiones, infantil, y un mundo lleno de dolor y adversidad.

Supongo que esa convivencia está producida por mi manera de percibir el mundo. O más bien está relacionado con el lugar desde el que lo percibo, que es desde el cuerpo. El dolor que trata el libro está relacionado con el sentimiento de lo físico, del dolor intrínseco asociado a la vida. Si algo duele es porque el cuerpo está vivo. No es un acercamiento al dolor desde otro lugar, es más bien parecido a eso que dicen de los sueños de “pellizcarme para comprobar que estoy soñando”. Si el cuerpo duele es porque existe. Las zonas que rodean las cicatrices en la piel no duelen de la misma manera porque ahí se ha cortado una conexión. Y normalmente donde hay dolor hay una historia, en la aceptación o el rechazo de esa circunstancia no deseada, en el manejo de la misma.

Y por otro lado están los niños, el libro está poblado de personajes infantiles. El niño vive en un mundo mucho más desnudo que el adulto, mucho menos domesticado y manipulado. Para mí es natural contar este tipo de historias con niños, muchas no hubieran funcionado desde un adulto, que es siempre más racional, más cerebral. Los niños tienen una mejor conexión con su cuerpo, con todo lo que significa eso, viven tanto el dolor como lo contrario (éxtasis, alegría).

P.- En tus cuentos hay cierto margen a la ensoñación, a lo onírico. ¿Hasta qué punto los sueños determinan su literatura?

Para mí los sueños son una forma de trabajo, un baúl lleno de imágenes potentes que utilizo para escribir. Es más, 11 de los 34 cuentos del libro proceden, al menos conscientemente, de un sueño que tuve. Y digo conscientemente porque estoy segura de que muchas otras imágenes nacen también de fragmentos de sueños. Desde hace años acostumbro a tomar nota de todos aquellos que recuerdo. Me fascinan como herramienta creativa porque es algo que hago “sin querer”. Además funcionan como disparadores de otras ideas, al recordarlos y tomar nota de ellos se deja espacio libre para que aparezcan historias; es como despejar la mesa de un manotazo.

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Mariana Torres.

P.- El libro está cargado de imágenes de gran belleza, algunas muy sinestésicas, otras plenas de imaginación cercana al surrealismo. ¿Qué poética hay detrás de todo ello?

Mi poética está muy en relación con el título del libro, la expresión del cuerpo secreto o el cuerpo sutil, esa parte de uno mismo que uno no conoce de manera directa, que no entiende. Y una de las vías para llegar ahí son los sueños, de hecho es la vía más inmediata, la más sencilla y la menos contaminada. Los sueños son una puerta de acceso que me permite explorar ese mundo, las historias que nacen de ahí. Que mis sueños tengan imágenes surrealistas no significa necesariamente que sea el objetivo, no considero mis cuentos surrealistas. De hecho creo que incumplo la norma surrealista de respetar el sueño tal cual fue; del sueño original al cuento que sale hay un largo camino. Son cuentos muy trabajados. Por eso también utilizo la mirada del niño, porque es una mirada mucho más juguetona y no racional sobre el mundo, es un punto de vista relacionado con el aspecto simbólico y arquetípico de las historias, con el aspecto menos manipulado, más físico, y por tanto, más sinestésico.

P.- La literatura como metamorfosis, ¿dónde se sitúa esa interacción de sus personajes y sus historias?

Esa interacción está relacionada con el límite y las fronteras. En todos los cuentos del libro hay una zona límite, una línea hasta la cual los personajes se estiran, algunos llegan a atravesarla y, en ese paso, aparece el dolor o la muerte. Las fronteras del cuerpo físico y humano pueden de la misma manera desenfocarse, hasta mezclarse con el mundo que rodea a los personajes; que suele ser un mundo natural –hay un niño al que le crece un árbol dentro, otro con una piedra en lugar de corazón, madres que son tierra y son barro además de piel, cuerpos que son ceniza o brazas–. El cuerpo está muy identificado con la tierra, como generadora y tumba, como parte de un proceso natural. Y como eso que nos sostiene y nos permite estar en el mundo, accionar, sentir dentro lo que nos rodea (y por tanto, nos produce dolor). También abundan los personajes cáscara, que se protegen del mundo gracias a una especie de armadura, cascarón o antifaz.

P.- ¿Cómo se equilibra la escritura y la enseñanza de la escritura?

Creo que es una sinergia perfecta, al menos para mí lo es porque me encanta escribir y me encanta enseñar, creo que no podría ser feliz si tuviera que prescindir de una de las dos cosas. Gracias a mi trabajo he encontrado muchos escritores capaces de enseñar, pero no he encontrado ningún buen profesor que no escriba. Tendría algo falso dedicarse a enseñar a escribir cuando uno mismo no escribe con todas sus consecuencias, es como intentar explicar a qué sabe una manzana sin haber comido una antes.

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