Todo es de color (2016), de Gonzalo García Pelayo

 

Por Miguel Martín Maestro.

todo es de color cartelEl cine de Gonzalo García Pelayo tiene ese punto de exceso que, en cualquier otro, me haría renunciar a seguir viendo sus historias y, sin embargo, cuando llega el momento justo, el exceso se contiene, se convierte en poesía, o en arte visual, o en emoción, y entonces se transforma en una gran historia, como ocurre en Todo es de color. Cualquier película de Gonzalo, a excepción, quizás, de Niñas, su película más intimista, más delicada, más “francesa” en lo rohmeriano, puede pecar de exceso, de sentimientos desbordados y arrebatados, de pasiones un tanto exageradas, al borde de entonarse una saeta laica en cualquier momento, pero siempre medidas, ajustadas, pensadas para que el desborde no se derrame y se convierta en folletín, calculadas para retratar a hombres y mujeres sin caer en el ridículo (quizás por eso no me gusten Copla y Amo que te amen, porque ahí el desborde era , quizás, necesario, pero a mí no me convenció porque pecaba de exagerado sin freno).

Suele saber Gonzalo, además, unir actores inexpertos con otros que bordan su inesperado amateurismo. En Todo es de color puede haber personajes limitados en su concepción, o interpretaciones probablemente muy malas (no voy a señalar, cualquiera que vea la película va a saber a lo que me refiero en los interludios del camping), pero en su conjunto, cuando la película se recuerda, dos actores van a sobresalir sobre el resto y proporcionan todo el sentido profundo al relato, el de la joven Mar (Natalia Rodríguez, prometedora presencia) que va liberándose de tabúes, miedos, convenciones, a lo largo del viaje, y el de Javier, a la sazón, Javier García Pelayo, en quien se adivina el alma de la historia, el verdadero motor de un homenaje que trasciende al del propio grupo musical Triana y se extiende sobre toda una generación, no sé si perdida, o nunca encontrada, que en los años 70, en los años en que todo el mundo pensaba que la libertad existía, la ejercieron y la utilizaron hasta sus últimas consecuencias. Inexperiencia y madurez en dos personajes que se complementan, el que sabe qué va buscando porque ya lo vivió casi todo y el que nada sabe porque empieza a vivir desde el lugar en que todo acaba, como es el cementerio donde se inicia el viaje.

Todo es de color hace referencia a una canción de Triana, y en particular Javier García Pelayo, y por extensión su familia, saben de sobra quiénes fueron Triana. No en vano fue su productor y compañero, como el de muchos otros grupos de aquellos años, una familia a la que la historia de la copla, el flamenco y el rock español deben mucho. Pero la película, siendo Triana, sobrepasa al recuerdo del grupo para transformarse en un retrato generacional y en un fresco sobre una serie de personas que creyeron que el sur también existía, que era posible crear paraísos artificiales donde refugiarse y huir de la podredumbre cotidiana. Si para eso se necesitan cigarrillos de colores, o antes se necesitaron sustancias más fuertes; si para eso había que estar en permanente estado de levitación inducida para asumir la existencia de mundos paralelos o inventados, daba lo mismo, mientras no se afectara a la libertad de los otros, todo estaba permitido. A ese mundo y a esas personas de hace cuatro décadas está dedicada la película, la historia y su desarrollo, pero como bien sabe hacer Gonzalo, el retrato generacional no queda limitado a aquellos que han sobrevivido al exceso de vida, sino que al recuerdo se les unen nuevas generaciones, los hijos y los nietos de quienes componían Triana, sus seguidores de entonces, los grupos que formaron aquello que se conoció como el rock andaluz y que tanto debe a los García Pelayo (el ejemplo de homenaje catártico se encuentra en la escena de los jardines sevillanos y esa concentración de cantantes y músicos dispuestos a recordar).

Si la historia (creada por Javier García Pelayo, Paco Millán y Carlos Molinero) se hubiera limitado a una biografía de Triana es posible que todo hubiera patinado o se hubiera convertido en mero reportaje. El gran acierto se encuentra en compatibilizar las canciones de Triana con un peregrinaje, con una historia de conocimiento personal y de revelación absoluta. Como si estuviéramos en una romería laica, destino Caños de Meca, el santuario del sur, el lugar del que los vientos del sur me traen a mi tu voz, llena de recuerdos y de calor; haciendo del viaje motero una experiencia insólita y emocionante, un viaje con destino cuyo resultado final conocemos, cuyas etapas intermedias nos van a ir llevando desde el cementerio en el que reposan los restos de dos de los tres componentes del grupo, a los lugares de Sevilla por donde sus fantasmas perviven, a una noche de luz y de calor donde la revelación de la música consigue transformar a una persona para unirla a la causa, hasta llegar a ese Sangri-la final compuesto como una representación donde la emoción y el dolor se unen para recrear la permanencia del mito en el recuerdo de muchos seguidores con la presencia del último de sus componentes. Con los años, y los medios técnicos, la imagen de Gonzalo va alcanzando preciosismo y armonía, hasta el uso del inevitable dron aporta a los viajes en moto, o a la escena de los molinos, un sentido etéreo y elevado, incluso cuando parece que se está empezando a abusar del todo es de colorexperimento, las imágenes aéreas desaparecen. Se atreve, o eso creo entender, a bailar con la cámara (la escena del concierto en el lago, uniendo música y hasta revelación religiosa en la joven que se ha unido al grupo, semeja una especie de ritmo al son de la música, como si las imágenes se dejaran llevar por el ritmo de Triana), a hacer uso de la sombra (esas siluetas de amantes a mitad de camino con  las marionetas del sudeste asiático y el erotismo sin mostrar), a jugar con la iluminación sobre el personaje de la joven dándonos a entender sus cambios a lo largo del camino.

Tampoco rehúye el director la autorreferencia, los rótulos tan presentes en otras de sus películas aquí desaparecen, se transforman en imágenes o en frases sueltas aparentemente inconexas, “todo es de color” ya fue un rótulo en una de sus primeras películas, ahora se convierte en una película entera, la luminosa mañana procede de una noche llena de luz y de calor, una pinza en una boca de mujer, 40 años después pasa a ser una referencia sobre el paso del tiempo, de Charo López a la joven que, ahora despojada de todo lo que sobra, se muestra desnuda sin prejuicio y sin vergüenza alguna, liberada por el espíritu de una música y de una época que, por mucho que se recuerde, no va a volver. Un atraco en una farmacia pone el punto canalla y la autorreferencia paródica nuevamente, al tiempo que muestra los estragos del tiempo en quien no duda en enseñarlos, como es Javier García Pelayo. Saber lo que es verdad y lo que es mentira en el cine de García Pelayo no es fácil, dónde está lo serio y lo prescindible tampoco, pero si viene precedido de un entorno como la plaza que enmarca la Giralda, nos da lo mismo. Seguro que cualquiera de sus espectadores creeríamos saber dónde debería meter tijera y eliminar y dónde poner más empeño, pero quizás, entonces, su cine sería menos libertario, estaría más encorsetado. Los personajes de sus películas trastabillean, tartamudean, se equivocan al hablar, como cualquier persona diariamente; porque en el fondo García Pelayo quiere retratar la vida tal y como es, como es según su forma de ver y de pensar, y entonces nadie declama cuando habla en un bar, cuando cuenta un chiste o cuando intenta exponer principios de filosofía budista ante un auditorio profano. Lo importante es lo que se dice y el sentimiento puesto en ello, no el cómo se dice.

Todo es de color transmite alegría, emoción, sentimiento, solidaridad y camaradería. No imagino la película sin Javier García Pelayo al frente de ese grupo motero, canalla y entregado, y la película tampoco sería lo mismo sin el acompañamiento furtivo y acoplado de esa joven que, sin saber lo que quiere, sabe que tiene que buscar y experimentar para vivir. Cuando la película concluya, unos habrán reafirmado sus creencias, otros se irán habiendo rellenado el depósito con el recuerdo suficiente hasta el siguiente viaje a ese sur casi místico e imposible. Una persona habrá sufrido tal transformación que, quizás, no encuentre otro lugar, de momento, en el que vivir, que en el recuerdo de unas canciones que le hablan directamente, que le hablan del amor como motor del comportamiento y del miedo como el freno necesario para no exponerse sin control. La revelación que sufre Mar en la noche del lago tiene el contrapunto en ese mal viaje de Javier con sus hijos del agobio y del dolor, no sólo Hitchcock rodó pesadillas, y no todo lo que es de color tiene por qué relucir permanentemente. Las noches de amor pueden ser desenfrenadas, pero también pueden ser, al mismo tiempo, desesperadas, se puede amar a varias personas al mismo tiempo, o simultáneamente, o sucesivamente, no hay más que una vida donde las noches son de color y dan paso a una luminosa mañana en la que se ha perdido el miedo a vivir. No todo el mundo tendrá la suerte de vivirlo, pero Gonzalo García Pelayo nos lo ofrece maravillosamente en su última película, en la que, si las escenas del camping a la espera del grupo motero hubieran pasado por una mayor selección, el estupendo resultado final habría pasado a ser excepcional para mi gusto, pero los gustos, como los cristales, son de todos los colores. Absolutamente recomendable historia, sin necesidad de ser incondicional del grupo al que se dedica este viaje más emocional que físico.

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