Buero Vallejo, visionario y mártir

Por Salomé Guadalupe Ingelmo

 

 A cien años de su nacimiento, Buero Vallejo, uno de los mejores analistas de nuestro turbio tiempo, sigue ofreciendo un teatro más actual que nunca. Su lectura, dado que la degradación moral desvelada en sus tramas no ha dejado de persistir y agravarse, sigue siendo muy necesaria. Su representación en los escenarios contribuiría a la formación ciudadana, a lograr individuos más responsables y conscientes. Quizá precisamente por eso el poder nunca ha mostrado predilección por sus obras.

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Buero denunció insistentemente la corrupción moral, que engendra y alimenta a esa otra corrupción tan indignantemente familiar. La denunció en el marco de la guerra, porque en su teatro los bandos se definen más por su autoridad moral que por sus colores políticos[1]; pero también, con más preocupación si cabe, en el marco de la transición y la nueva –y frágil– democracia. Buero retrata –en Las trampas del azar, La llegada de los dioses, Música Cercana, Las cartas boca abajo, Caimán… – una clase privilegiada, al tiempo casta dirigente estrechamente ligada al ámbito político, que sin escrúpulos ni pudor cambia de chaqueta con tal de medrar en cualquier circunstancia; que en realidad carece de ideario político alguno y de cualquier vestigio de moral ni ética; cuyo único credo es el dinero, amasado a través de las actividades de sus turbias empresas.

Curiosamente, este abominable patrón de conducta encuentra antecedentes en las obras históricas del autor. Como si esos malos hábitos de nuestra sociedad, lejos de haber sido fruto únicamente del franquismo ‒que en efecto los exacerbó‒, viniesen de muy lejos. Así, en La detonación, Larra, al comprobar que algunos absolutistas que ven peligrar su causa comienzan a mostrarse inusualmente tolerantes con la causa liberal, comenta irónico: “[Se comprende] Todo absolutista [en la superficie] debe ser liberal en el fondo si quiere un mañana rentable”.

Porque para Buero esa perversión del juego político, la manipulación de las instituciones por el poder económico, que denuncia una y otra vez mediante el crudo retrato de esa casta nacida de la Guerra Civil y el sucesivo régimen, hunde sus raíces en una España aún más vieja y rancia. Una que, por lo que parece, todavía no hemos conseguido dejar atrás.

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“La detonación”, de Antonio Buero Vallejo, por la compañía Lope de Vega, dirigida por José Tamayo. (Teatro Bellas Artes, 1977).

Buero Vallejo fue un autor de auténtica vocación social. No logro recordar ni siquiera una obra suya que no persiguiese fines colectivos; que no manifestase, aunque fuese a través de conflictos –y traumas– personales, deficiencias de la comunidad y de las normas que ésta había decidido darse.

Sin embargo, incomprensiblemente, poco parece el interés que la obra de Buero suscita hoy en día. No obstante Buero Vallejo fue un visionario. Su perspicaz mirada supo advertir como nadie la semilla de la degradación social que sólo recientemente hemos descubierto en toda su crudeza. Quizá por eso el autor se convirtió en la primera víctima de su propia honestidad intelectual; de su enorme capacidad de análisis y de su sinceridad a la hora de expresarse. Buero fue y sigue siendo injustamente relegado. Quienes se sentían incómodos con sus reflexiones nos enseñaron a olvidarlo, y nosotros, dócilmente, aprendimos bien la lección: en lugar de reclamar y conquistar un patrimonio que era legítimamente nuestro, lo dejamos caer en el olvido.

En vida Buero Vallejo hubo de sufrir la persecución encarnizada de determinados medios, cuyas críticas fueron a menudo virulentas y la mayor parte de las veces injustas y marcadamente malintencionadas, pues perseguían el fin concreto de desacreditar a una de nuestras mentes más lúcidas, a un verdadero intelectual, un hombre íntegro y equilibrado que denostó la vía de la venganza y el rencor a través de sus obras. Sin embargo hubo quienes se sumaron gustosos a esa compaña de desprestigio. Medios, por otro lado, de orientación política manifiesta, que ya desde que el autor comenzase su andadura le habían dedicado, sistemáticamente, críticas cuando menos corrosivas y a menudo en absoluto argumentadas. Así, por ejemplo, el ABC publicó en 1979 un artículo titulado “A Buero le iba mejor con la censura”[2], que aparentemente pretendía lanzar el mensaje subliminal ‒bastante burdamente por otro lado‒ de que en realidad Buero y su obra habían sido afines al régimen y privilegiados por éste. Cualquiera que haya leído su teatro, conozca su historia personal o no, advierte inmediatamente la falacia.

En contra de lo que la controversia posibilista pudiera hacer pensar[3], el lenguaje simbólico de Buero, sus metáforas y alegorías, se revelan poderosamente elocuentes: no ocultan ni desvirtúan el comprometido y comprometedor mensaje, sino que lo enriquecen y magnifican. Buero, el escritor cuya obra reclamó incansablemente el respeto por la dignidad humana, no traiciona ningún principio ‒ni bajo el franquismo ni en democracia‒; es el autor de los principios.

Buero encarna la antítesis del conformismo. Porque para él la verdadera revolución consiste en alcanzar la meta de una humanidad mejor, y eso supone un trabajo constante. Por este motivo el autor sostiene que la revolución habría de ser realizada por los individuos más cultos y ponderados, no por los más exaltados, en cuyas manos a menudo se deja. Porque de lo contrario se continuará cayendo sistemáticamente en los mismos errores, en las mismas venganzas y en las mismas justificaciones de la violencia, que siempre ha de considerarse gratuita y evitable, pues desvirtúa la ocasional nobleza de los fines. “Son las masas las que han de imponer el cambio cuando les llegue su hora y estén preparadas, legalizando a la fuerza nuevas instituciones y sistemas, no mediante crímenes. Sólo a eso le llamo yo verdadera violencia revolucionaria”, asegura Plácido en Misión al pueblo desierto.

Hoy, en la muerte, uno de nuestros mayores dramaturgos, muy probablemente el mayor contemporáneo, puntuales homenajes aparte, sigue relegado al injusto olvido al que algunos decidieron desterrarle. Y sin embargo esto hace un flaco favor a la sociedad española, que en sus obras encontraría una explicación a muchos de sus males actuales. Y también aliento, porque Buero, tan fascinado por la ‒alegórica‒ ceguera y la oscuridad, fue siempre un autor de luz y esperanza, un verdadero creyente en el ser humano. Él, como ningún otro, supo plasmar nuestros peores defectos; pero también lo más sublime y redentor de la naturaleza humana.

El ostracismo de Buero, su ausencia de los escenarios y las lecturas cotidianas, no deja de significar el triunfo de la faceta más perversa de nuestra sociedad: de quienes nos han estafado y lo seguirán haciendo mientras no aprendamos a rebelarnos y a salir de la caverna desde la que con tan poca claridad se ve el mundo; mientras no aprendamos a escuchar a quienes, con su mejor intención, desde la literatura como desde otros ámbitos, se esfuerzan por abrirnos los ojos y hacer de nosotros mentes críticas y libres.

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Retrato de Buero Vallejo por Alejandro Cabeza (óleo sobre lienzo). Colección del Museo Nacional el Teatro.

El veintinueve de septiembre se cumplen cien años del nacimiento de Buero Vallejo. De la escasa repercusión de tan señalada fecha, especialmente si la comparamos con otras celebraciones similares en el ámbito literario, se hacen eco los medios. Cierto es que algunas instituciones han programado actividades para recordar al dramaturgo, pero en su conjunto las iniciativas se pueden considerar modestas. Llama la atención, además, que algunas de ellas, como la exposición organizada por la Biblioteca Nacional bajo el título “Del dibujo a la palabra. Centenario de Antonio Buero Vallejo” o  la organizada por la Diputación de Guadalajara con el título “Antonio Buero Vallejo. Antes del Teatro. La Pintura en la Vida de Buero Vallejo”, hayan decidido poner el acento en la faceta como artista plástico del autor ‒o al menos utilizar este original reclamo‒. No porque el talento de Buero se revelase escaso, pues en efecto su nivel como pintor, a pesar de las consecuencias negativas que para su formación tuvieron las tribulaciones impuestas por la guerra y posguerra, se puede considerar superior al de muchos profesionales que se dedican exclusivamente a esta disciplina. Llama la atención, digo, no por falta de calidad en sus pinturas y dibujos; sino porque su obra literaria, sobre todo su teatro, es de tal hondura y ofrece, desde el conocimiento profundo de la historia y la idiosincrasia española, una aportación tan rica a nuestra cultura, demostrándose al tiempo de tan poderosa actualidad, que por sí sola, sin aderezo alguno, debería constituir un atractivo irresistible para el público lector y espectador.

 [1] Como sostiene Plácido, el protagonista de Misión al pueblo desierto, su última obra, que se ambienta en plena Guerra Civil: “Pues si no aprendemos a evitarla [la violencia que el feroz Damián considera inevitable] ni a condenar cualquier asesinato, aunque el (paseado) sea un fascista, quizá no sepamos edificar una España mejor, ni aun ganando la guerra […] Si los revolucionarios no saben ser más humanos que los opresores, la revolución fracasará”.

[2] Antonio Buero Vallejo, Obra completa, Luis Iglesias Feijoo y Mariano de Paco (eds.), vol. 2, Madrid: Espasa-Calpe, 1994, p. 502.

[3] Buero mantuvo ásperas polémicas también con algunos autores, en concreto con Sastre (Antonio Buero Vallejo, Op. Cit., p. 668-680) y con Arrabal (Antonio Buero Vallejo, Op. Cit., p. 804-814 y 816-822), que continúo como causa propia el debate comenzado por el primero sobre los conceptos de “posibilismo” e “imposibilismo” aplicados al teatro español.

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