Roland Barthes. La redención del lector

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Por Cesar Alen.

Roland Barthes nació en 1915 en París. Estudió filología clásica  y más tarde gramática. En la Escuela Práctica de Altos Estudios desarrolló una sociología de los símbolos, los signos y las representaciones.

A partir de entonces, además de dedicarse a la docencia, se da a conocer a través de numerosos artículos criticando los conceptos positivistas en literatura de los años cincuenta. Debido a la tuberculosis tuvo que interrumpir sus estudios académicos, lo que repercutió posteriormente en el desarrollo de su carrera. Al no poder doctorarse, sufrió cierta marginación por parte de la rígida institución académica. Se fraguo así, una polémica fricción con los profesores de la Sorbona, que representaban la tendencia dominante.

Intentar abarcar la obra y el pensamiento de Barthes es una misión compleja. El desarrollo de su pensamiento y análisis da otro significado a la interpretación literaria. En todo caso destacaría el papel que otorga al lector, situándolo en una posición de privilegio. Para  el filólogo francés, el acto de leer no es en absoluto pasivo. El lector además de la práctica placentera como principio  del acercamiento a la experiencia estética,tiene la posibilidad de aportar significado, como dice el propio Barthes: “una donación silenciosa de sentido”.

Esa consideración rompe, en cierto modo,  la insalvable distancia que se establece de una forma apriorística entre el autor y el lector o entre la obra y el lector. Según este nuevo planeamiento, el lector puede establecer una nueva relación con la obra, hacerla suya, intentar un ejercicio eutrapélico.

Así mismo otorga al crítico literario un nuevo poder, un nuevo rol, paralelo al del autor: “el libro es un mundo y el crítico experimenta ante este mundo la misma sensación que el escritor ante el mundo real”. Por supuesto el escritor es un generador de realidad, un demiurgo que reinventa la existencia. El propio Harold Bloom creía que Shakespeare reinventaba la humanidad. Por supuesto no debemos olvidar que es el autor quien nos proporciona la materia prima, con un esfuerzo y mérito incuestionable. A partir de esa materia, de esta nueva realidad, la reinterpretación pertenece al lector y en su caso al crítico. De esta manera se puede alcanzar una nueva dimensión creativa, un redescubrimiento de la mismidad, para Bloom alteridad. Un nuevo nacimiento. Se produce entonces la magia, la alquimia. Así el acto de leer adquiere singularidad, aporta valor.

Barthes forma parte de la escuela estructuralista, influenciado por lingüistas como Sausurre o Jakobson. Se interesa, así mismo, por los escritos del antropólogo Levi-strauss.

Sorprende con uno de sus primeros ensayos, escrito alrededor de 1953: “El grado cero de la escritura”, en el que se aleja del enfoque clásico de estudio literario, a través de un canon, para profundizar en el estudio de la propia escritura literaria. Establece tres realidades de las que dispone el escritor: “lengua, estilo y escritura”.

Escribe sus Essais critiques,  sobre crítica literaria estructural, en los que sintetiza y culmina su pensamiento acerca de la crítica y la verdad.  Para Barthes es el lenguaje intermediario el que da sentido a la obra de arte.  De la misma manera que es el lector, que a pesar de no disponer de ese lenguaje, puede crear su propia etopeya. El lector es un ente activo, dinámico, con capacidad de análisis ,  que aporta  significado a la obra. La lectura como apertura de sentido. El lector descodifica el mensaje escrito, lo interpreta, hay un movimiento recíproco. Añade Barthes “Hacer del lector, no ya un consumidor, sino un productor del texto”.

En El placer del texto desarrolla esta vertiente hedonista de la lectura, una interpretación erótica de la experiencia lectora. Resulta muy interesante  este enfoque que huye de las doctrinas clásicas y de los planteamientos dogmáticos:  “el texto caduca las actividades gramaticales,  es un objeto fetiche y ese fetiche me desea”. La palabra puede ser erótica bajo dos condiciones: “si es repetida hasta el cansancio o por el contrario, si es inesperada, suculenta por su novedad.” Con estas teorías va más allá de cualquier otro crítico hasta la fecha. Supera el campo exclusivamente cognitivo donde parecía sumergirse el mundo de la literatura y de la escritura, para desplazarlo al mundo de los sentidos, a la experiencia kinestésica, a la integración de aspectos aparentemente antagónicos. El reencuentro con la pulsión oculta bajo la profusa estructura del lenguaje. En esta línea escribió un ensayo sobre Sade  al que consideraba un filósofo  del placer.

En 1966 escribe Crítica y verdad,  explicando sus nuevos conceptos de crítica literaria.  Del mismo modo que el crítico se convierte en creador, la labor crítica no es un mero reconocimiento de generalidades, de formas textuales, de organizaciones de elementos lingüísticos, sino que busca un producto individual, subjetivo, una necesidad  de coherencia. Por supuesto sin agotar el significado de la obra. Las bases de la crítica se entienden como una actividad centrada en el análisis y valoración de la obra concreta.

En esa dirección, es pertinente aportar una cita de un curso de literatura  de Vladimir Nabokov en el que escribía lo siguiente: “Si uno empieza con una generalización prefabricada, lo que hace es empezar desde el otro extremo, alejándose del libro antes de haber empezado a comprenderlo”.    Ciertas opiniones de Barthes pueden parecer confusas o contradictorias, contradicciones que sin embargo resultan productivas y de las que se pueden extraer acertadas e interesantes conclusiones. Por eso  cree que  hay que tener en cuenta que demasiados juicios valorativos individuales pueden abocar a un excesivo relativismo.  Para superar este relativismo,  propone practicar una crítica consciente del carácter de elección entre los diferentes métodos y  de los valores de sus juicios acerca de las obras.

Aun con todo este desconcierto, la crítica se presenta como una labor imprescindible para el desarrollo de la teoría. La finalidad última de la teoría es el conocimiento de las obras concretas.   Barthes desarrolla más adelante aspectos poco tratados de la semiótica en el libro Elementos de semiología. Desenvuelve su investigación semiológica centrándose en el campo textual. Considera la obra literaria desde distintos enfoques, nunca unilateralmente. Incide en la filosofía piscoanalítica y marxista.  Su producción literaria avanza desde unas premisas sartrianas y bretchianas. En 1970 escribe un análisis extenso de una historia breve, el Sarrasine de Balzac, donde descifra otras fuentes de significado y relevancia. Establece a través de unos códigos que las historias tienen la capacidad de ofrecer una pluralidad de significados. Para el crítico francés “los códigos que cada lector pondrá en juego serán los de su propia enciclopedia o los de su propia cultura en un momento determinado y no todos los idealmente posibles.”

El excesivo sometimiento a las líneas argumentales clásicas que establecen secuencias lineales de la escritura, limitan al lector en su libertad analítica e interpretativa.  Acuñó, en este sentido, dos conceptos para definir un texto: “escribible”, en el cual el lector reinterpreta con autonomía y libertad, de forma activa el proceso de la creación, y “legible”, donde no existe esta posibilidad y la experiencia se reduce a un simple ejercicio de prosaísmo. Este proyecto, culminó de algún modo, su búsqueda sobre las cuestiones literarias, al mismo tiempo que nos coloca a los lectores en un nuevo escenario, donde la posición del lector toma una dimensión reveladora.

Con el tiempo intentó desarrollar una carrera de escritor paralela a la de ensayista, siguiendo los pasos de su admirado André Gide. Casi al final de sus días escribió una    heterodoxa  autobiografía, plagada de aforismos y sentencias. Dos años más tarde en 1977 escribió el que fue su libro más famoso, con tal repercusión mediática que desbordó al autor: Fragmentos de un discurso amoroso.    De forma póstuma, en los años ochenta se publicaron diversas libros de ensayos en los que se constaba su calidad como crítico y ensayista. El grano de la voz, Lo obvio y lo obtuso, La aventura semiológica, El susurro del lenguaje e Incidentes, en donde se mezclan aspectos personales y literarios.

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3 respuestas a Roland Barthes. La redención del lector

  1. BARTHES SE EQUIVOCA COMO TODOS LOS QUE HAN TEORIZADO LA LITERATURA. NO ES LA HISTORIA INVENTADA LO FUNDAMENTAL DE LA LITERATURA, SINO, COMO ELLA SE CUENTA. ES DECIR EL CONSTRUCTO SINTÁCTICO Y GRAMATICAL CON LO QUE SE TRABAJA. SIENDO ASÍ, LA HISTORIA CONTADA PASA A SER UN PRETEXTO(una justificación) PARA EL CONSTRUCTO LITERARIO.

    Ariel
    9 marzo 2017 at 1:02 am

  2. Ya he comentado. Qué más debo hacer?

    Ariel Meneses
    9 marzo 2017 at 1:05 am

  3. Muy bien trabajado,tecnico e inteligente.Enhorabuena

    juan
    13 marzo 2017 at 14:07 pm

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