La vigencia de los clásicos nihilistas de los 90

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Por David Blanco.

No son las únicas, ni siquiera las mejores, pero El club de la lucha y Trainspotting representan los mayores éxitos del cine nihilista de los años 90. Coincidiendo con el estreno de Trainspotting 2, el reencuentro y continuación de la cinta dirigida en 1996 por Danny Boyle, revisamos dos películas de culto que han trascendido más allá de su generación, alcanzando nuestros días con la misma validez que entonces. Es precisamente la vigencia, dos décadas después, del materialismo del que Mark Renton y Tyler Durden querían escapar, la que sirve como justificación sociológica –que no necesariamente artística o comercial– de la secuela que ha visto la luz hace unas semanas.

Trainspotting, dirigida por Danny Boyle, adapta la novela homónima que Irvine Welsh escribió en 1993. En ella, Ewan McGregor, Robert Carlyle, Jonny Lee Miller y Ewen Bremner interpretan a un grupo de amigos escoceses adictos a la heroína. Sus reflexiones sobre la vida, el sexo, la violencia y las drogas, así como su lucha por desengancharse y reincorporarse a la sociedad, son retratadas con diálogos frenéticos, una banda sonora que acentúa cada plano e imágenes tan repugnantes como psicodélicas. Heredera en gran medida de La naranja mecánica de Kubrick, se convirtió en un clásico instantáneo gracias a su apelación constante al espectador, su divertido humor negro y su retrato ácido de una realidad invisible, ignorada e incómoda.

En 1996, el mismo año que se estrenaba Trainspotting, veía la luz Fight Club, la primera novela de Chuck Palahniuk. Tres años después David Fincher llevaba a la gran pantalla una adaptación con Edward Norton, Brad Pitt y Helena Bonham Carter en los papeles principales. A pesar de que la recepción inicial por parte del público no fue la esperada, pronto acabó considerándose una obra de culto. Narra cómo un joven aparentemente normal, torturado por su insomnio, conoce en uno de sus frecuentes viajes en avión a Tyler Durden, un peculiar vendedor de jabones. Juntos fundan un club de lucha clandestino como método de escape de una existencia anodina y material. La extrema violencia, los distintos niveles narrativos y la rotundidad del mensaje despertaron amor y odio casi a partes iguales, dividieron a la crítica y aumentaron el mito de la película.

Más intensa y discutida que Trainspotting, Fight Club cuenta con su mayor atractivo en su condición de Mindgame Movie, según la clasificación de Thomas Elsaesser. Este profesor alemán considera como tales a aquellas cintas que establecen un juego de percepciones en dos posibles niveles: el de los personajes y/o el del espectador. El club de la lucha –quienes la hayan visto saben de qué hablo– es uno de los ejemplos más claros de esta teoría y es posible que esa estrategia narrativa eclipse en parte el contenido de la película. No obstante, las Mindgame Movies se enmarcan en un contexto de crisis existencialista y de búsqueda de sentido, por lo que, en realidad, el discurso nihilista no hace sino reproducirse.

Ese discurso es muy similar en las dos cintas que estamos analizando, pues la trascendencia casi religiosa y poética de Danny Boyle no choca, sino que se complementa con la crudeza y fuerza de David Fincher. Y aunque el camino para llegar a ella sea parcialmente distinto, la conclusión en ambos casos es la misma; tanto los yonquis escoceses como los violentos americanos acaban descubriendo que escapar del tedio y del conformismo materialista conduce al caos.

Ni Trainspotting ni Fight Club consiguieron ofrecer alternativas viables frente a unos modelos de sociedad que todavía hoy generan hastío entre muchos jóvenes. Y por eso mismo, Trainspotting 2 sigue teniendo cabida en la actualidad. Como en los 90, seguimos idolatrando las televisiones grandes y los muebles de IKEA. Y también como entonces, escapar de las convenciones sociales continúa resultando casi imposible sin recurrir a una sobredosis de violencia o de la droga del momento.

Así se explican el éxito y la fascinación que estas dos obras siguen gozando en nuestros días. Así se explica que, más allá de las cifras de taquilla o del entusiasmo de los fans, este discurso siga teniendo adeptos y sentido en el presente. Y seguramente lo seguirá teniendo dentro de otros veinte años. Quizá llegue entonces Trainspotting 3. Quizá nada cambie, porque, como afirma Renton, la única opción posible es escoger la vida, por muy deprimente e insatisfactoria que pueda resultar. Esa es la decisión que llevamos tomando desde hace más de veinte años.

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