“Rodelinda”, pesadilla doméstica de poder

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Por: JB Rodríguez Aguilar

De gran acontecimiento debería calificarse el estreno en España, en el escenario del Teatro Real, y casi trescientos años después de su première londinense (1725), de la ópera Rodelinda de Händel, una de las más significadas de su autor. Ambientada en el reino medieval de la Lombardía, según el libreto de Antonio Salvi, basado a su vez en una obrita del dramaturgo francés Corneille, Rodelinda es la historia de luchas intestinas y de poder entre los miembros de una misma familia, los herederos al trono lombardo Gundeberto y Bertarido, en las cuales se ven envueltas la hermana y la consorte del segundo, así como los pretendientes de una y otra. Como no puede ser de otro modo, es una lucha en la que se suceden los crímenes, traiciones y asechanzas, todos ellos en el seno de una familia-casta de herederos.

En esa vorágine, destaca la figura de la principal protagonista, Rodelinda, esposa de Bertarido, quien, ante la supuesta muerte de su amado a manos del tirano usurpador Grimoaldo, sufre el acoso de este, así como del resto de sus compinches, para que acceda a casarse con él. Pero ella, con una determinación rayana a veces en la impiedad, se mantiene firme al recuerdo de su marido, hasta que este reaparezca finalmente. No obstante, el testigo y víctima de todo el entuerto realmente es Flavio, el hijo preadolescente de ambos, que no tiene papel cantado en la función, pero que, con su presencia continua en calidad de notario ocular, va registrando en su cuaderno de dibujos las pesadillas que los giros de los acontecimientos le provocan.

Muy acertadamente plantean Claus Guth, director de escena, y Christian Schmidt, escenógrafo, toda la acción como un drama doméstico que tiene lugar en una casa. Una mansión victoriana que ocupa el centro del escenario de principio a fin y que va girando para mostrar sus diferentes espacios: la solemne y sencilla fachada; la amplia escalera, concebida como metáfora del ansia de poder; y las dos principales estancias de la casa, el salón social en la planta baja y el dormitorio de Rodelinda en el piso superior, el cual todos aspiran a habitar… Sobre la blancura absoluta del edificio, rodeada de oscuridad por doquier, se proyectan los garabatos traumáticos de Flavio, poblados de extraños y sombras, a la manera de pinturas negras infantiles.

En el plano musical, Rodelinda es un gran drama barroco en tres actos, de tres horas y media de duración. Los entendidos musicales lo tienen entre los más consistentes y logrados de la producción descomunal de Händel, junto a Rinaldo, Alcina o Gulio Cesare. Las diferentes arias y voces se van sucediendo una tras otra con la vibrante orquestación handeliana de fondo, de modo que los protagonistas no hallan descanso a lo largo de la partitura. El más exigente de todos, el papel de Rodelinda, con ocho intervenciones individuales en las que ha de desplegar toda suerte de cualidades canoras y psicológicas: desde la dulzura, al enfado o a la más incisiva fiereza. Un rol exigente donde los haya del que sale bien parada, aunque sin alcanzar el brillo, la soprano Lucy Crowe. Le sigue Bertarido, con alternancia de arias rápidas y melancólicas, en la voz del contratenor Bejun Mehta, quizá la voz más destacada del plantel. Correctos, por lo demás, el tenor Jeremy Ovenden en el papel de Gimoaldo, el bajo Umberto Chiummo en el de Garibaldo, la contralto Eduige en el de Eduige, y el contratenor Lawrence Zazzo en de Unulfo, quienes se lucen casi más en su dimensión interpretativa que en la vocal. Todos acompañados por la orquesta del Real, dirigida por Ivor Bolton, que se desempeñó más que acertadamente en el microuniverso propuesto por Händel.

Fotografías tomadas de la producción del Teatro Real de Madrid, del 24 de marzo al 5 de abril de 2017

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